Lectura del libro de Isaías 25, 6-10a
Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 12-14. 19-20
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 22, 1-14
Vivimos en una sociedad de consumo. Valoramos enormemente los bienes materiales y hacemos de ellos el criterio de nuestra alegría o nuestra pena, de nuestro éxito o fracaso, de nuestra distracción, de nuestra diversión, de nuestro descanso, de la valoración con la que medimos o nos miden los demás, y tantos otros criterios que, en realidad, no pueden, no deberían ser medidos con este indicador tan limitado.
Y lo decimos hoy, precisamente hoy. El domingo en que las lecturas nos hablan de un festín por todo lo alto. Dios mismo, dice, será quien prepare este festín que desborda todo lo que pudiéramos desear.
Pero atiende: es Dios mismo quien preparará este festín. No es el festín entonces el objetivo, sino que es el amor de Dios quien lo prepara en este monte. Es el amor de Dios lo primero que vamos a reconocer. Y lo siguiente es lo que va a hacer: arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos… Aniquilará la muerte para siempre… las lágrimas… el oprobio… Por eso, en aquel día diremos: Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado… Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor.
Un monte, una realidad, ya lo ves, en la que lo que sucede es el amor del Señor. El amor que nos ama desde siempre y que un día descorrerá el velo que nos impide reconocerlo y reconocernos, la muerte que nos mata, y todo el sufrimiento de nuestro mundo. ¡Y será el mismo Señor quien nos invite a todos al banquete de la fiesta sin fin, de la victoria de Dios, del Amor, vencida ya la muerte para siempre!
¡Esto sí es para festejar, saltar y gritar de alegría, esta fiesta sí es la que nuestro corazón anhela!!
Entenderás entonces el dolor continuado que expresa Jesús, el dolor de Dios que se nos cuenta en la parábola. Primero, porque habiéndonos invitado Dios a su banquete, a reconocer a Jesús, el Hijo de Dios que viene a este mundo, después de haberlo preparado todo amorosamente, los invitados desoyen la invitación y se dedican a sus cosas, olvidados de que todo lo que llaman “sus cosas” es regalo recibido de Dios. No te extrañes de que Dios los llame asesinos, pues se revelan hijos de la muerte, y prenda fuego a la ciudad que tanto les ocupa, que tanto ciega sus ojos y su corazón.
Con dolor, asume que los invitados no merecían la boda tan magnífica que ha preparado, y envía a los criados (los profetas y todos los hombres y mujeres de Dios que han preparado el camino de Jesús) a que reúnan a todos los que encuentren, malos y buenos. Acuden todos a la boda, y el Rey de Todo repara en uno que no lleva traje de fiesta. Uno que viene solo a comer, uno que no se ha enterado que esta es la fiesta del amor, de la alegría; uno que va a la fiesta sin ir de fiesta… ha sido llamado, pero su corazón no se ha enterado o desprecia el don inmenso que Dios ha hecho al invitarle a las bodas del Amor, de la Entrega, de la Vida… y vuelve a la muerte, a la oscuridad.
Esta advertencia lo es para ti y para mí, también llamadas y llamados a vivir una relación de Amor con Dios, tal como se ha manifestado definitivamente en Jesús. Una vida que viva teniendo como Centro a Dios, que es el Creador y el Redentor de nuestra vida. Cualquier cosa que hagas que lo reconozca, te lleva a la vida. Cualquier cosa en la que lo ignores, te separa de ella, te separa de la Vida.
Esta es la pregunta importante que debes hacerte hoy. Una pregunta que es para el hoy, y que desde el hoy, nos lleva a la vida eterna.
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Imagen: Ben Rossett, Unsplash

Me detengo a contemplar