Lectura del libro de Isaías 5, 1-7
Salmo 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 6-9
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 21, 33-43
Qué doloroso suena el canto de amor a mi viña que se nos ha proclamado en Isaías. Y nosotros, que somos o queremos ser amigos de Dios, nos dolemos por él, por la ingratitud que el pueblo de Israel y tantas veces nuestro pueblo ha manifestado en relación a Dios. Tanto trabajo de su parte, tanto amor desde el comienzo, y cuánta ingratitud, cuanta falta de amor por nuestra parte, cuánto desinterés a los desvelos de Dios.
Este grito de amor es lo que podría ocupar el primer lugar en nuestro corazón, y no lo que llamamos “desvelos” y que no son ni valen nada, en realidad.
Más grave y doloroso aún es el modo como este desamor ha llegado a ser, cuando llega Jesús, enfrentamiento y rechazo patente hacia Jesús, el Hijo de Dios que manifiesta tanto amor y tanto deseo de darnos todo lo que es. Así es como el plan de Dios, sin dejar de denunciar el grave pecado de los fariseos, hasta el punto de que dejarán de ver la salvación de Dios (Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos), no va a impedir que el Amor de Dios logre su proyecto de vencer sobre el pecado que nos destruye y darnos su salvación, que hará posible que vivamos al modo de Jesús, en el maravilloso intercambio por el cual, el Hijo de Dios, a cambio de nuestra muerte que asume, nos entrega su maravillosa vida, la vida en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Así, el terrible desamor que lloraba Isaías, y que llega a su culminación en la parábola que acabamos de escuchar, no termina en muerte, como todo lo que está sometido al mal en nuestro mundo, sino que culmina en vida, y Vida que es Victoria del Amor, y que se abre para nosotros por la Victoria de Jesús que da lugar a una vida nueva que se vive por la fe, la esperanza, el amor.
Una Vida que arranca de esta victoria y que se vive como dice san Pablo a los Filipenses: una vida en que nada tiene que preocuparnos, pues Cristo ha vencido al mal y a la muerte para que tengamos vida. En adelante, nuestra vida ha de vivirse en la comunión con Dios que, en lugar de la preocupación nos otorga la paz, y la propia paz custodia nuestra vida en la fidelidad a Dios. Por tu parte, ocúpate de que tu corazón y tus pensamientos estén centrados en Cristo Jesús, que es la Fuente de la Vida.
En tu vivir cotidiano, sigue diciéndonos Pablo, ten en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, porque en ello estás buscando el querer de Dios, y así podrás permanecer en la vida de Dios.
Ahora, te propongo que dediques un tiempo a hablar con Dios de esta Vida nueva que te ofrece para vivir, y rechaces la antigua: la que no responde al Amor de Dios, la que lo desprecia o se preocupa, la que desconfía o se ha endurecido…
Y si no sabes cómo hacerlo…¡pídele a Dios, que te ama tanto, y te enseñará!
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: William Navarro, Unsplash

“Dejarse alcanzar por el dolor de Dios” Casi, casi, lo escribo entre signos de interrogación. ¡Tan ajeno me es!
Me parecía que esta ignorancia está en la base de las interpretaciones tan negativas que hacemos de la Historia y de la nuestra.
En cambio, ¡qué diferente acoger la Palabra en nuestro interior, dejándonos hacer, creyendo, por lo que dice!