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Preguntarnos sobre lo importante

[1] El reino de Dios es como diez muchachas que salieron con sus candiles a recibir al novio. [2] Cinco eran necias y cinco prudentes. [3] Las necias tomaron sus candiles pero no llevaron aceite. [4] Las prudentes llevaban frascos de aceite con sus candiles. [5] Como el novio tardaba, les entró el sueño y se durmieron. [6] A media noche se oyó un clamor: ¡Aquí está el novio, salid a recibirlo! [7] Todas las muchachas se despertaron y se pusieron a preparar sus candiles. [8] Las necias pidieron a las prudentes: Dadnos algo de vuestro aceite porque se nos apagan los candiles. [9] Contestaron las prudentes: A ver si no basta para todas; es mejor que vayáis a comprarlo a la tienda. [10] Mientras iban a comprarlo, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con él en la sala de bodas y la puerta se cerró. [11] Más tarde llegaron las otras muchachas diciendo: Señor, Señor, ábrenos. [12] Él respondió: Os aseguro que no os conozco. [13] Por tanto, vigilad, porque no conocéis ni el día ni la hora. Mt 25, 1-13

Cuestiones que afectan al modo como nos situamos de fondo ante la vida, como esta parábola de las diez vírgenes o la de los talentos que veremos a continuación (25, 13-30), nos hablan de la actitud con que nos hemos de disponer para vivirla.

Primero, nos preguntamos: ¿cuál es el sentido de mi vida? ¿Para qué estoy viviendo? ¿Qué me ocupa, qué me preocupa, qué me llena? ¿A qué doy más tiempo de todas estas cosas, a qué no doy ninguno, a pesar de reconocerlo tan importante?

La de las diez vírgenes habla de nuestra vida como de una espera del Esposo, una espera de Dios: ¡cuántas veces dice esto Mateo, cuánto insiste en ello! El apunta a lo esencial, las necias ven lo accidental. Lo esencial es que se nos ha hecho una promesa –la comunión con el Esposo- y se nos ha encargado un modo de vivir dicha promesa, gestionando nosotros los medios con que mantener ese fuego de fondo, esa espera. Y he aquí que eso único que hemos de hacer en la vida –todo lo demás es sólo ocasión, medio para esa espera[1]-, a la mayoría de nosotros se nos olvida o se nos desdibuja del horizonte. Y llegará un día en que por fin llegará el Esposo, al que llevábamos esperando toda la vida, del que todo en nuestro corazón (si no lo hemos apagado), habla, que es el sentido de la realidad –pues nada se entiende sin Él-. Somos referencia a Dios, que nos ha creado para Él y todo recibe su sentido desde la referencia a Él. Eso es lo que ven las prudentes –que no son morigeradas ni templadas, sino aquellas mujeres sabias que han mantenido el fuego del amor a lo largo de su vida-, que nos den de su fuego, y ya no se podrá: nuestro corazón se habrá entibiado, y en la preocupación por alentarlo nos volveremos a ir, nos volveremos a distraer, y nos perderemos aquello por lo que la vida se nos dio, lo que en verdad es el sentido de la vida.

Es significativo que en lo que nos solemos fijar de esta parábola sea el “egoísmo” de las vírgenes prudentes, la rotundidad del juicio, la “dureza” del Esposo. Si nos fijamos en estas cosas, si nos ponemos a discutir esto, quedará claro que no nos hemos enterado del fondo de la parábola, y quedará claro que lo que me duele es el juicio como realidad que me amenaza: mirar así dice de mí, y no de la situación “en sí”.

La imagen de las diez muchachas puede ilustrar también el lado femenino que todos tenemos… todos hemos sido creados para la comunión con Dios. Puedes explorar esta vía que es una de los aspectos de buena noticia de la parábola.

¿Y Jesús, cómo mira Jesús? Jesús sabe que el horizonte de la vida es él. Que su amor llena todo, y merecería la pena estarse toda la vida esperando para encontrarse con él. Nosotros, en cambio, nos olvidamos del fuego que alguna vez ardió en nuestro interior, nos vamos a buscar “fueguitos”, nos dejamos arder por cosas que no traen vida sino muerte… y nos olvidamos que estamos hechas para la comunión con Dios, para el amor. Nos olvidamos que estamos hechas para vivir vinculándonos, y en vez de eso, vivimos haciendo pactos, tejiendo complicidades, maquinando entre amigos y enemigos, cuando nuestro corazón, nuestro fondo, sólo se sacia esperando un único amor… la parábola denuncia que la infidelidad radical de nuestro corazón que nos puede hacer perder la vida.

Jesús, en cambio, que nos enseña en qué consiste la vida, nos llama a vivir desde el fondo, a vincularnos a Jesús y esperar en él, que aunque tarde o nos parezca que tarda, llegará.

 

[1] Todos los anhelos de la realidad, hasta los más desnortados, son signo y prenda  de este único anhelo.

Imagen: John Forson, Unsplash

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