Es muy difícil de nombrar, como todo lo íntimo. Y es, en verdad, muy íntimo.
La Eucaristía se concentra en la Palabra y en la Consagración. No digo que lo demás no importa, sino que a mí es esto lo que más me llega. Dios me dirige su Palabra y luego, se entrega en la Consagración. Podría decir muchas cosas de esto, pero es tan enorme que las palabras se quedan cortas. En cambio, mi silencio al acoger esto enorme es más que todas las palabras que puedo decir.
También está el lugar en el que me sitúo en la Eucaristía. Por fuera no se nota nada. Por dentro, me inquieta de gozo, que me resulta enorme, que me desborda, que me lleva a un rincón discreto, sobrecogida, e invitada al mismo tiempo. Desde ahí, vivo como un privilegio el poder estar, el estar presente.
La Eucaristía es algo grande a lo que me entrego sin palabras. Dios sabe de mi pequeñez y de mi amor, mejor que yo. Diría que creo que eso es adorar… Dios lo sabe.
Imagen: Ante Samarzija, Unsplash
