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Resonancias de Encarnación (III)

En este tiempo celebramos la Encarnación de Jesús. Que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, se ha hecho uno de nosotros, y nos ha mostrado así cómo se vive la vida humana. Por eso, una y otra vez venimos al evangelio a mirar cómo ha vivido Jesús para aprender cómo se vive al modo de Jesús. Nuestro modo de ser humanos ya lo conocemos bastante, en lo que da de sí y en lo que se queda corto. Jesús se ha hecho hombre y ha vivido entre nosotros para que veamos cómo se vive la vida humana cuando esta se deja conducir por el Espíritu de Dios.

Si te parece, con ocasión de este tiempo de Adviento vamos a venir a contemplar algunos flashes de la vida de Jesús para pedir después al Espíritu que haga en nuestra vida al modo de Jesús.

Hoy traemos otro aspecto de la vida de Jesús. Es la presentación sintética que de él nos hace Pablo de Tarso, que ha conocido a Jesús por la fe: cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de mujer, nacido bajo el régimen de la ley, para liberarnos de la sujeción a la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios. Gál 4, 4-5

En este contexto de encarnación traemos las palabras gozosas de Pablo y con ellas, la proclamación que para un creyente como él (y ojalá para ti), ha supuesto la encarnación de Jesús. Cómo nos dice que el Padre Dios nos ha enviado a su propio Hijo en la plenitud de los tiempos. Ya con esto sabemos muchas cosas de Jesús: que es el Hijo de Dios y que es el amor del Padre el que lo envía. Y que el tiempo en que él ha sido enviado es la plenitud de los tiempos, porque él viene a hacer pleno el tiempo, y la vida. En Jesús, todo ha conocido la plenitud. Dicho de otro modo: nuestro mundo ha alcanzado su plenitud al acoger en sí la Presencia del Hijo.

Y nos sigue diciendo Pablo que el Hijo de Dios, que es también nacido de mujer, ha entrado al mundo como uno de nosotros. Hasta aquí es lo que conocías, seguramente.

Lo que igual no tenías tan claro es que Jesús, sometido a nuestra condición humana y sin tener pecado, se ha sometido también al pecado que enturbia enteramente nuestra humanidad. Habría que referirse al capítulo 7 de Romanos para ver en qué relación están la ley y el pecado pero, dicho sintéticamente, el pecado nos hace esclavos y la ley nos mantiene en esta sumisión. Y Jesús ha venido a liberarnos de esa sujeción que nos oprime para llamarnos a la libertad, que es la condición de los hijos, pues hemos sido hechos, por la vinculación con él, hijos adoptivos de Dios.

De tal manera que la fe en Jesús nos hace libres del pecado con una libertad que nos dispone para amar a Dios.

Así, la libertad nos permite amar a Dios y ser quienes estamos llamados a ser: celebrar la Encarnación es celebrar la libertad que Cristo nos ha traído, que nos hace libres para amar, nos hace hijos en el Hijo y hermanos entre nosotros.

¡Cómo no desearnos feliz Encarnación, dichosa Navidad que nos ha traído a Jesús!

Imagen: Mads Schmidt Rasmussen, Unsplash

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