Una mirada transfigurada

 

Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol, sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: —Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: —Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escuchadle. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces temblando de miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: —¡Levantaos, no temáis! Alzando la vista, no vieron más que a Jesús solo. Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: —No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que este Hombre resucite de la muerte. Los discípulos le preguntaron: —¿Por qué dicen los letrados que primero tiene que venir Elías? Jesús respondió: —Elías tiene que venir a restaurarlo todo. Pero os aseguro que Elías ya vino y no lo reconocieron y lo trataron a su antojo. Otro tanto ha de sufrir de ellos este Hombre. Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista. Mt 17, 1-13

Solemos referirnos a esta respuesta de Pedro, “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas…” como caso que ilustra cómo los humanos tendemos a detenernos en lo gozoso, ignorando o negando lo demás. Sin embargo, el texto no lo dice así. El texto dice que “estaban tan asustados que no sabía lo que decía”.

Y es que habían visto a Jesús transfigurarse delante de ellos. “su rostro resplandeció como el sol, sus vestidos se volvieron blancos como la luz.”.

Vivir con Jesús. Los discípulos han caminado junto a él, le han visto vencer a los demonios y enfrentarse a la ley ante los fariseos; le han visto compadecerse de las gentes y transmitirles su enseñanza. Han visto a tantos acudir en tropel con la esperanza de ser curados, y la sanación del cuerpo y del alma que salía de sus manos. Han escuchado cómo les increpaba por su falta de fe.

Y le han escuchado anunciar su muerte y su resurrección. No han entendido nada, porque ellos, como nosotros, a menudo tenían la mente embotada, no veían sino según su mirada ofuscada. Le veían vencer a los demonios, y se felicitaban por estar junto al taumaturgo victorioso; se ponían tras él cuando se enfrentaba a los fariseos, y procuraban gestionar el acercamiento de las gentes al Maestro… Jesús hacía de un modo, y ellos de otro. Seguro que les extrañaba su insistencia en la fe, y se habían sorprendido de que, si era el Mesías, fuera a terminar juzgado por los maestros de la ley… también se atemorizaron cuando increpó tan severamente a Pedro, llamándole Satanás. No entendían por qué les decía que tenían la mente embotada, cuando a ellos les estaba explicando más que a nadie… pero todo lo que iba pasando eran cosas, sí, un poco llamativas, pero perfectamente explicables dentro de la vida con él.

Si no miramos desde la mirada acostumbrada, vivir con Jesús nos abre a la realidad tal como es, con su esplendor y sus aristas. Nuestra mirada acostumbrada nos impide reconocer la realidad como es.

Hasta este momento. Hasta este momento, ellos habían visto a un hombre. Un hombre, sí, habitado por Dios. Un hombre que obraba maravillas, un hombre por quien valía la pena dejarlo todo y que hacía posible la esperanza de Israel. Sí que era más que ellos, pero también es verdad que los había elegido a ellos, lo cual los hacían también especiales.

Hasta que se transfigura, y se manifiesta en su esplendor.

Vivir con Jesús. Vivir junto a una persona en la que de repente descubres que está habitada, atravesada por Dios hasta el punto de irradiar su gloria. Experimenta el vértigo de reconocer que en Jesús habita la divinidad, habita Dios así.

El texto nos dice que hablaba con Moisés y Elías: la Ley y los Profetas han venido a encontrarse con él, en quien culmina la salvación, en quien culmina el plan de Dios, el tiempo.

Detente y contempla la escena: unos pobres humanos que han sido hechos testigos de una escena propia del cielo: el destino de Jesús, su pasión y su muerte aparecen como la expectativa a la que se dirigían la Ley y los Profetas, la culminación de todas las esperanzas de Israel. Jesús, el Obediente, se revela con la luminosidad de Dios, con su gloria, porque es quien lleva a cabo la glorificación de Dios.

Entendemos que Pedro, Santiago y Juan tuvieran miedo (Jesús les dice no temáis). Unos pobres humanos asistiendo a la revelación de Jesús.

“Vino entonces una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: -Éste es mi hijo amado; escuchadlo”.

La revelación de Jesús los sobrecoge. ¿Qué hará en ellos la palabra del Padre? ¿Cómo le sonará a Pedro, que acaba de increpar a Jesús para que no diga lo que tiene que decir?

¿Cómo les sonará esta orden de escucharlo cuando Jesús sólo habla de su muerte y su resurrección?

¿Cómo nos suena a nosotros, acostumbrados a escuchar sólo lo que queremos oír, a transformar las palabras para que digan lo que podemos manejar, lo que entendemos, lo que nos conviene?

¿Cómo explicar que has escuchado una palabra que no se sostiene en la realidad visible, sino que resuena en tu corazón, aunque no sepas cómo la has oído? “De pronto, cuando miraron alrededor, vieron sólo a Jesús con ellos”.

La transfiguración de Jesús que te aterra.

La palabra del Padre que te estremece.

Y de nuevo Jesús, en el monte, como siempre. Tan duro es mirar al Dios deslumbrante, que resplandece como el sol, al Dios cuya voz resuena como el trueno… como ver al Maestro, como siempre, sabiendo que ha pasado algo y sin poderlo retener ante la vuelta a lo conocido.

Vivir con Jesús. Convivir con su atractivo y con su misterio, con su inmensidad y su cercanía, con su humanidad entrañable y su resplandor deslumbrante.

Vivir con Jesús. A su ritmo, al golpe de sus palabras y de sus acciones, de su invitación a la intimidad y de la orden de guardar silencio. Ser deslumbrado cuando él te introduce, guardar silencio hasta que él lo quiera. Preguntarle lo que no entiendes, y guardarlo en el corazón hasta que él quiera. Aceptar que la transfiguración y el padecer mucho tienen una íntima vinculación entre sí, puesto que él los asocia.

Vivir con Jesús. El privilegio de tu vida es que a ti también se te ha invitado, como a los discípulos, a vivir con él. No porque tengas mayores méritos que otros, ni mucho menos una más desarrollada capacidad de entenderle. Como ellos, tantas veces no entiendes su modo de manifestarse ni su lenguaje. No entiendes cuándo te promociona o cuándo te reconviene. No entiendes por qué privilegia a estos y no a ti, o porqué te privilegia a ti y no a estos. No entiendes, en realidad, si lo que tú llamas privilegio es un privilegio.

Y es que los discípulos de hoy somos tan ciegos y tan torpes como los de entonces. Pero eso no es excusa. Jesús nos ha llamado a caminar a su lado, y se nos revela y nos ilumina como preparación para la vida a la que nos llama, para vivir según la fe que nos exige. No se trata de otra cosa que de usar los ojos para ver, y los oídos para oír. Vivir en la historia, en nuestro mundo, con los ojos abiertos a lo que se va dando, y fiarnos de que esa trama que es nuestra vida es el lugar en el que el Señor nos va a enseñando a vivir… según su modo.

Vivir con Jesús, respondiendo a sus palabras y a sus acciones. Caminando cuando él camina, deteniéndote cuando se detiene. Pidiendo fe cuando te exige fe, entregándote cuando te lo pide.

No te confundas, como les pasa a ellos: vivir con Jesús no es vivir nuestra misma vida “con alguien más grande”. Es abrirse a la suya, en lo concreto que vamos reconociendo: en lo que te trae de inesperado, gozoso o doloroso para vivir, y que vivirás por la confianza en él. Cuando Jesús parezca no estar o cuando te hable de muerte. Vivir con él cuando se revela transfigurado.

Hay una vida, la que ya conocemos.

Y está esta otra vida. La que se vive, en medio de nuestra torpeza y nuestra ceguera, abierta a responder a Jesús, a vivir de lo que él nos da para vivir.

Imagen: Jessica Lewis, Unsplash

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