
De nuevo, Jesús nos explica la parábola, como antes había hecho con la del sembrador. Al hacerlo nos revela la hondura de la realidad. Igual nosotros nos habíamos quedado en la historia, o nos habíamos sobrecogido con la reacción del señor o nos habíamos escandalizado con que deje crecer juntos al bien y al mal… elementos que sin duda nos ayudan a mirar de otro modo, que nos retan y nos llevan a más, pero que no llegan a abrirnos la mirada como lo hace el mismo Jesús, sin duda alguna.
Aquí, al explicar la parábola dándonos un rasgo de cada uno de los elementos, Jesús nos coloca en otra perspectiva: en la perspectiva de quien lo conoce todo porque todo es suyo… y entonces, caemos en la cuenta: ¡es que esta parábola -seguramente sucede con todas las que nos cuenta Jesús- nos está contando la realidad tal como es! Jesús nos está contando una historia de la vida real, pero no de esa realidad de superficie a la que llamamos “vida real”, “un caso auténtico” (aunque lo sea), sino que nos está diciendo qué pasa en el mundo en realidad. Cómo son las cosas.
Nos dice que el que siembra la semilla buena es Jesús, y la ha sembrado en este mundo que habitamos. Ha sembrado semilla buena, que se reconoce en las gentes del Reino de las que ya nos ha hablado. Y luego, en medio de esa semilla buena, hay cizaña, que ha sido sembrada por el diablo. Todo está presente en el mundo, y Dios es consciente de ello.
También interesa para ese modo de mirar que nos aporta Jesús caer en la cuenta de que cuando explica la parábola, Jesús se refiere a los elementos esenciales, y no a los relativos: por ejemplo, no habla en su explicación de la sorpresa que se llevan los criados al encontrar cizaña en medio del trigo. Esto también nos enseña a mirar…
Nos sigue diciendo que el tiempo significativo de cara a este trigo-cizaña que crecen juntos es el tiempo de la siega. De la siega se habla como un momento de juicio y de victoria. No hay sombra de duda acerca del juicio de Dios, de su señorío y de su victoria; ni sombra de duda en que el mal es vencido y destruido. El juicio determina cómo continúa la historia para los que se han enfrentado a Dios, y cómo brillan como el sol los que se han dejado iluminar por Dios.
Y repite este motivo: Quien tenga oídos que escuche. Los oídos son para esto. Los oídos son para escuchar a Jesús, para creerle, para vivir desde estas palabras que nos enseñan lo que de verdad es esencial en la vida del mundo.
¿Estás de acuerdo? ¿Qué le pasaría a tu vida si tomaras en serio, absolutamente en serio, el modo de mirar de Jesús?
Imagen: Robert Nyman, Unsplash
