Una semana Santa. Domingo de Ramos

Lectura del libro de Isaías (50,4-7)
Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11)

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (14, 1- 15,47)

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:
S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:
+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

Puedes descargarte el comentario de las lecturas aquí
  

Que yo sepa, solo leemos los textos de la pasión en este tiempo: Domingo de Ramos y Semana Santa. Es demasiado duro, decimos. Es demasiado fuerte, demasiado intenso, me sobrepasa… sin embargo, todo lo que hemos dicho a lo largo de este tiempo de cuaresma se puede resumir en una sola cosa: Cristo nos ha salvado entregándose hasta la muerte por nosotros. Por tanto, el modo de esta salvación, que dice tanto acerca de lo que nos mata, debería estar más presente en nuestra contemplación, si lo que queremos es ser cristianos, esto es, seguidores de Cristo.

Date hoy el tiempo de contemplar el relato de la pasión de Marcos que escucharemos en todas las eucaristías de la tierra, queriendo aprender del mal del mundo y de la respuesta que Jesús da a ese mal.

Hay muchas, muchísimas cosas en las que fijarse. Yo solo te voy a dejar algunas pistas, algunas actitudes de este modo de Jesús por el que nos ha venido la vida. Contemplándolas, se nos empieza a hacer claro que es así como hemos de vivir, nosotros también, la vida:

  • Jesús se identifica con los perseguidos, los abatidos, los vencidos, los pobres en todas sus formas, y nos enseña el modo de vivir desde abajo: con el oído abierto a escuchar a Dios, con el cuerpo dispuesto a acoger lo que viene, porque en ello, viene Dios.
  • El sufrimiento, el dolor, el mal o la muerte no son la última palabra. La última palabra, la verdad esencial, es que Dios no defrauda al que espera en él. 
  • Los que te rodean, los que no creen, eso que llamamos “el mundo” no te va a entender: incluso si son creyentes, es posible que conozcan de Dios solo su idea. El abandonarse en Dios te puede hacer sentir totalmente solo respecto de todos… mientras tú estás bendiciéndolos con esa entrega que no comprenden. Sólo en Dios te puedes apoyar en medio de lo oscuro. Incluso si eres llevado a la muerte, incluso si mueres, Él está contigo y te rescatará (tendrás que tirar toda otra certeza para apoyarte en esta, está claro…). Él no abandona al que se abandona a él.
  • La lógica de nuestra mirada natural, la lógica de nuestro mundo es “arriba-fuerte-imponer-destacarse-más de todo”. El modo como Jesús, el Hijo, ha vivido en nuestro mundo es “se despojó-tomó la condición de esclavo-un hombre cualquiera-obediencia-se rebajó-muerte de cruz-”. Es preciso renunciar a la lógica de nuestro mundo para abrirnos a la lógica de Dios, el modo de vivir en el mundo que hemos visto en Jesús.
  • Los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, los “expertos en Dios” nos revelan que no hay tales «expertos» en Dios en nuestro mundo. A Dios solo se le conoce si se le adora y sirve con toda la vida. Si no, el modo de reaccionar ante lo santo, cuando lo tengamos presente, será el de auténticos ciegos. Auténticos hipócritas y crueles verdugos.
  • Los jefes políticos creen y te hacen creer que tienen poder sobre la vida. Su no poder se manifiesta en su venalidad, capaz de entregar a la muerte a un inocente y soltar a un asesino reconocido. Aprendamos a conocer los corazones por lo que manifiestan las obras.
  • Los soldados podrían, como gentes sometidas, ser más sensibles a un caído. Sin embargo, se ensañan con Jesús como quien necesita saciar su ira, volcar sus frustraciones, vomitar humillaciones sobre los que están humillados… si arriba no encontrábamos algo que nos permitiera reconocer algún bien, en los que están abajo tampoco lo encontramos. Sus burlas, sus injurias nos muestran también lo que hay en su corazón.
  • La gente que pasaba, dice también, aquellos que no tenían nada con él, tampoco se compadecen, sino que se burlan tomando sus palabras como apoyo: «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.» Qué terrible este mundo en que todo se interpreta a la luz distorsionada del pecado: ¿qué esperanza hay…?
  • La tierra, la naturaleza se queda en tinieblas acompañando la oscuridad que se cierne sobre el mundo con la muerte de Jesús. Necesitamos aprender a leer los signos humildes que manifiestan la verdad.
  • Jesús gritará, en esta hora última: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, uniéndose así a la oscuridad que todos los pecadores experimentamos en nuestro rechazo de Dios. Al pronunciar este grito, nos salva, porque solo él lo grita, en medio del dolor, en medio del pecado, con la confianza intacta en Dios, el Padre.
  • El velo del templo se rasga, y la confesión del centurión romano, cuya fe es capaz de contemplar al Hijo de Dios en este hombre vencido y muerto, es la que nos abre paso al mundo nuevo, a la vida nueva.

Imagen: Adi Goldstein, Unsplash

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