Buena Noticia

Lectura del libro del Génesis (2,18-24)

Sal 127,1-2.3.4-5.6

Lectura de la carta a los Hebreos (2,9-11)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,2-16)

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»
Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»
Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»
Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación “Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.» De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Puedes descargarte el audio aquí.

Qué preciosidad el texto de la primera lectura, ¿no es cierto? Una forma mítica de relatar que contiene grandes verdades que podemos contemplar para conocer así a nuestro Dios y responderle:

La compasión de Dios que no nos quiere solos y busca, con ternura, alguien que colme nuestra soledad. La soledad de quienes han sido hechos para Dios y tienen que aprender, a través del encuentro con las realidades creadas, a relacionarse con Él. ¿No dice mucho esta ternura, esta compasión de Dios que trabaja en nuestro favor, acerca de cuánto y cómo nos quiere?

Y el Señor Dios se pone a modelar seres y se los presenta al hombre, a quien ha hecho capaz de ponerles nombre a todos ellos: a los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo. Siendo capaz de nombrarlos, no encuentra en ninguno de los seres ese “otro yo” que le permitirá encontrar, como dice el poeta, “su mitad mejorada”.

Y Dios, tiernamente, sigue creando, extrayendo del interior del ser humano esa “otra” criatura que le permitirá encontrarse a sí mismo: ¡Esta sí!, de tal manera que el ser humano experimenta, ante otro ser humano de su misma especie, esa comunión que le permite llegar a ser plenamente.

Qué precioso el relato, y qué maravilla que sea capaz de transmitirnos la ternura de Dios, su atención a lo nuestro: a las capacidades que nos ha dado, a nuestras ausencias y vacíos… realmente, un Dios con nosotros, que se ha implicado con su creación, con sus criaturas y con este ser creado a su imagen que somos cada un@ de nosotros. En el ser humano, así llamado a ser y así creado y completado para “ser con”-es hermoso también el que la creación se realice así, en el tiempo-, se realiza la obra de Dios, su Amor, en la historia.

Dios que se implica con nosotr@s, con todas sus criaturas. Qué poderoso ejemplo, qué poderosa imagen para saber cómo ser-prolongación de Dios, presencia suya en medio de la vida.

Jesús ha venido para vivir en comunión con nosotr@s: el santificador y los santificados proceden todos del mismo, acabamos de escuchar en la carta a los Hebreos.

Y sin embargo… qué lejos está nuestra mirada natural de ver las cosas así. Donde Dios dice comunión, presencia, cuidado, nosotros decimos separación, repudio, divorcio. Al gozoso reconocimiento del comienzo (¡Esta sí!), sucede la justificación y el “derecho” para separarse de aquella que un día fue comunión contigo. Y Moisés no ha podido hacer otra cosa, pero Jesús sí: al principio, no era así. Al principio fue la comunión entre Dios y nosotros, entre el hombre y la mujer. Luego, cuando el pecado nos hizo enemigos los unos de los otros, hubo que poner la ley para organizar la ruptura. Pero el origen era la comunión, el encuentro, el amor.

Tenemos tan metida la división que, cuando nos vamos al principio, nos vamos al principio de la ley. El pecado nos impide la vuelta al origen, la vuelta al amor. Tan metida tenemos la división -entre hombres y mujeres, entre pasado y presente, entre…- que cuando los niños quieren encontrarse con Jesús -nueva humanidad inocente que viene a reencontrarse con su Dios- los discípulos hacen de ley que impide, que prohíbe e institucionaliza la separación. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Con Jesús ha venido un tiempo nuevo, el tiempo definitivo. En él se realiza el reencuentro de Dios y la humanidad, de los humanos entre nosotros. La comunión que nunca se debió romper, porque estamos hechos para el encuentro, para el amor. Estamos en el tiempo definitivo: el tiempo en que Jesús mismo va a cargar con nuestro pecado y va a hacer posible la reconciliación.

Escucha la buena noticia que se nos anuncia hoy: Jesús ha realizado el deseo de Dios reuniéndonos de nuevo. Ahora puedes, por él, vivir en comunión con todos: también con los que te han hecho daño. Quizá sea prudente mantener la distancia visible -¡han pasado tantas cosas!-, pero que tu corazón crea en Jesús realizando la comunión que él mismo es.

¿Qué no puedes? Sin duda, no puedes. Pero por la fe en el Padre, que te creó y te renueva en su Amor cada día, es posible.

Imagen: Jon Tyson, Unsplash

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