Una vida enorme y humilde

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (1,1-11)

Sal 46,2-3.6-7.8-9

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,17-23)

Conclusión del santo evangelio según san Mateo (28,16-20)

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Puedes descargarte el audio aquí.

Comienzo este comentario repitiendo las palabras enormes de la segunda lectura, que nos desean llegar a recibir ese modo teologal de vivir que requerimos para entender esta realidad que lo abarca todo: que El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.

Y todo esto, dice, se lo dio a la Iglesia, que es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos. Se refiere con esto a la Iglesia como cuerpo de Cristo y a cada uno de nosotros que, unidos a ella, conformamos esta Iglesia. Ahora me gustaría que escucháramos estas palabras como dirigidas personalmente a nosotros, realizando así esta existencia que no se comprende individual, sino que se reconoce como un cuerpo.

Lo que nos desea el autor de la carta a los Efesios es que si Dios, el padre de la gloria nos da espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo, tendremos un conocimiento penetrante iluminado por Dios, una sabiduría capaz de contemplar el misterio; si ilumina los ojos de nuestro corazón para comprender la esperanza a la que hemos sido llamados, podremos contemplar la realidad a la luz de la esperanza que late como palabra última en todo,  incluso en el corazón del mal, del pecado y de la muerte; si nuestra mirada llega a poder reconocer la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, esto es, a los hombres y mujeres que han preferido a Dios sobre todo lo demás y desde él se entregan a todo; si esa mirada nuestra llega a contemplar su poder en favor de nosotros, que se ha manifestado en Cristo y si podemos descubrir su fuerza poderosa sosteniendo la vida verdadera en la tierra , y no solo en ella sino que es poderosa también por encima de todo poder celeste para este mundo y también para el mundo futuro, entonces sabremos, entonces nos entregaremos, entonces, de verdad, viviremos.

Vamos… que nos va mucho en que se nos conceda esta mirada magnífica que puede contemplar la realidad de Dios manifestándose de tantas maneras en el mundo, y es un gran deseo el que el autor de la carta nos desea.

A la vez, estas palabras enormes siempre nos producen emociones encontradas, lo que revela nuestra pequeñez. Vamos a detenernos un poco aquí. Cuando escuchamos palabras tan grandes, nuestra respuesta puede ser muy variada. Las emociones que se nos despiertan al escucharlas pueden ir desde el rechazo porque no sabemos cómo encajarlas en nuestra vida -pasando por el temor, el agobio- el desentendimiento o el hacer que no has oído porque no sabes dónde encajarlo…  hasta llegar al reconocimiento humilde, que es la única actitud en la que dicha vida se puede dar. Sólo si reconoces tu pequeñez, tu limitación y te abres en ella puedes recibir y vivir esa grandeza inmensa con la que Dios, que es así de grande e inmenso, quiere regalarnos.  Con este reconocimiento y el deseo de que se nos conceda lo que Pablo desea a los creyentes, vamos a abordar los otros textos de este día, que nos ayudan a ir reconociendo el modo como Dios nos habla y nos enseña a estar en la realidad.

Jesús ha muerto, ha resucitado y ha estado un tiempo preparando a los discípulos. Después de 40 días de estar con ellos e instruirles les da unas instrucciones, las mismas que recibimos nosotros hoy. Les dice que no se alejen de Jerusalén porque serán bautizados en el Espíritu Santo, con la fuerza del Espíritu les dice (y nos dice): seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra. Estas son las instrucciones que el Señor victorioso entrega a sus discípulos. Su deseo es que el Evangelio sea anunciado hasta el confín de la tierra, y se dirige para ello a nuestra pequeñez, pero dota a nuestra pequeñez de la fuerza de Dios, puesto que el Espíritu vendrá a nosotros y será entonces cuando empiece todo lo que ahora nos encarga.

Recuerda ahora a Jesús de Nazaret: el que ha vivido entre nosotros, ha curado enfermedades, ha consolado los corazones, ha llenado de alegría a las personas, se ha enfrentado al pecado y a la muerte, y los ha vencido. Hasta este punto, la vida de Jesús podría interpretarse como una vida humana excelente, pero una vida humana, al fin. En cambio, cuando esta vida así vivida es resucitada por el Padre, que al hacerlo lo reconoce como su Hijo, obediente hasta la muerte, podemos reconocer en él al Hijo de Dios los que antes no habíamos creído en él sino como un hombre, muy unido a Dios, pero un hombre. Cuando el Padre lo resucita, Jesús de Nazaret, el que caminaba por nuestros caminos, se ha revelado a la fe como el Hijo de Dios y se nos manifiesta en toda su grandeza. Por su obediencia, el Padre que lo ha resucitado le da todo poder en el cielo y en la tierra. Y Jesús, el Cristo, que no solo está unido al Padre sino que tiene una voluntad idéntica a la suya, nos ordena continuar, a nosotros sus discípulos, la misión que ha recibido del Padre: Id y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.

Jesús se nos revela como Rey del universo, poderoso por encima de todo: por encima de toda medida, más grande que la tierra, más alto que el cielo también. Y su voluntad, ahora como siempre, es nuestra salvación –de todas las cosas increíbles que estamos escuchando hoy, este Amor Infinito es la mayor de todas-. Igual que él ha vivido para nuestra salvación, a nosotros los discípulos nos envía a la historia como mensajeros de su salvación. Como mensajeros de una salvación a la que no somos enviados nosotros solos, sino con el poder del Espíritu, que como el Padre y el Hijo, vive en nuestro favor.

Este Dios inmenso que deslumbra nuestro corazón y nuestra mirada, que desborda absolutamente los mejores deseos de la humanidad, es un Dios infinitamente humilde que desea -y es el mayor de sus deseos- caminar a nuestro lado y darnos su vida. El que ha vencido sobre el mal, el pecado y la muerte, sigue venciendo sobre lo que nos destruye hasta el final de los tiempos. Dentro de la buena noticia, lo más consolador, lo más grande, es esta última palabra: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos.

La buena noticia, la única buena noticia para los pobres de la tierra, para los hombres y mujeres de corazón pobre,  para los hombres y mujeres que han recibido el espíritu de sabiduría y revelación que veíamos en la segunda lectura, para todos aquellos hombres y mujeres que han sido iluminados en su corazón para comprender la esperanza a la que Dios nos ha llamado, a todos aquellos a los que se les ha sido dado comprender -o barruntar, al menos- la extraordinaria riqueza de gloria que da en herencia a los santos y la extraordinaria grandeza de su poder en favor de los creyentes, esos hombres y mujeres que son dichosos por poder contemplar a su Dios, que ha sido elevado al cielo y que no quiere dejar en su victoria de caminar con nosotros ni un solo día… todos ellos recibirán y se llenarán de dicha porque la Buena Noticia es que nuestro Dios inmenso y absolutamente humilde desea unirnos a su salvación y caminará con nosotros con toda la fuerza de su poder: la fuerza del Padre de la gloria, la fuerza del Hijo victorioso, la fuerza del Espíritu Santo inspirador y consolador estarán a nuestro lado, en nuestro favor, por amor de nosotros todos los días de nuestra vida, para que el “nosotros” que somos hoy llegue a ser un “todos” por este fuego de salvación que atraviesa la tierra.

Imagen: Christopher Sardegna, Unsplash

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