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Aprendiendo a mirar la vida (I)

En esta nueva entrada de Café Evangelio seguimos aprendiendo cómo Jesús, la Palabra de Dios, mira la vida. En esta ocasión lo tenemos muy fácil, porque el propio Jesús nos va a enseñar a hacerlo de modo directo, a través de la parábola del sembrador.

Comenzamos por leer el texto que está en Lc 8, 1-15, y que nos va a guiar, como siempre, en nuestra lectura del texto.

El texto comienza hablando de las personas que siguen a Jesús. Los discípulos y una serie de mujeres que también le siguen. El texto nos dice por qué están vinculadas con Jesús, y este vínculo nos las presenta como personas que han encontrado en él lo que no han encontrado en otra parte. Esta constatación nos da ocasión para preguntarnos por qué seguimos nosotras a Jesús. Las personas que han experimentado la salvación de Jesús y le siguen nos dicen qué es importante para su vida, hasta el punto de dejar todo lo demás por él.

Se nos dice que Jesús les cuenta una parábola. En este caso nos vamos a fijar en el hecho de que Jesús se ha detenido a mirar la realidad, y en ella reconoce una figura de algo que él se está preguntando: ¿cómo está llegando mi Palabra a las personas? ¿Qué vida les estoy dando?

Jesús ha contemplado la realidad, y eso le ha llevado a contarnos esta parábola acerca del futuro de esta Palabra que él es en las personas que la recibimos.

Primero, aprendemos de las cosas que Jesús nos dice. De cómo esta semilla puede caer al borde del camino, allí donde hay tantos estímulos, y la voz que la semilla es, se pierde entre otras voces que quizá nos resulta más atractiva.

Jesús nos sigue hablando de que a veces la semilla, esa semilla que somos, cae entre piedras, y sucede entonces que esa semilla, que en principio hemos recibido con gozo, pero cuando han venido las pruebas de la vida, esas que siempre se dan, no hemos reaccionado desde esa semilla sino quizá desde el miedo, la duda, las resistencias de tantos tipos. Nos habla también Jesús de que podemos ser como la semilla que cae entre cardos, y también aquí podemos sentirnos reconocidos: es así cuando las preocupaciones o los placeres de la vida nos distraen de esta semilla que en principio había sido acogida gozosamente.

En último término están las personas que acogen la semilla con un corazón bien dispuesto y la acogen con perseverancia.

Ahora volvemos sobre esto…

Si volvemos a mirar a Jesús, caemos en la cuenta del regalo que es que Jesús y que Jesús contemple la realidad de este modo en el que la realidad le habla de nosotros, responde a sus preguntas, y nos enseña desde su contemplación.

Algo que nos ha dicho Jesús de cada una de esas personas, a las que también ha contemplado, es el modo como cada una de ellas recibe la Palabra:

De los primeros se nos dice que escuchan; de los siguientes, de los que son la semilla sembrada entre piedras, se nos dice que acogen con gozo; de las personas son como la semilla sembrada entre cardos se nos dice que la escuchan, pero que lo escuchado no madura, y de los últimos, de los que son como semilla sembrada en tierra buena, se nos dice que acogen con un corazón bien dispuesto. Se nos habla aquí de lo importante que es la escucha, y también de la importancia que tiene que esa escucha esté seguida de una actitud que alcanza a toda la vida. Por tanto, no solo escuchar, sino que también hace falta que el corazón esté bien dispuesto. Que veamos que la Palabra es una bendición, pero también que sea acogida como lo que es: como una palabra que merece ser albergada en tu corazón y ser acogida con toda tu vida, como hemos visto que se da, al principio de la perícopa, con los discípulos y las mujeres que siguen a Jesús con toda su vida. Han dejado lo que tuvieran en su vida para seguir a Jesús, para ponerle en el centro.

Todos los que estamos aquí, hemos escuchado la Palabra. Todos nosotros tenemos esa superficie, esas piedras y esas zarzas que se dice aquí, igual que todos nosotros somos tierra buena. Se trata de acoger lo que Jesús nos dice para responder con nuestra vida a esta palabra suya.

Para concretarlo, te propongo que hagas un ejercicio, en tu oración o en otro momento. El ejercicio es este: detente en la naturaleza, ante tus hijos o en alguna situación que has contemplado en este tiempo, tráela a la memoria, y desde la memoria, ábrete a contemplar esa realidad, a ver qué te dice Dios en ella. De este modo estás haciendo el mismo movimiento de Jesús, en quien se hace patente que Dios está presente en la realidad y que, cuando aprendemos de él, ponemos en el centro lo que él pone en el centro.

Este es también un modo de acoger su Palabra, a su persona que nos enseña a vivir.

Imagen: Fardad Mohamadi, Unsplash

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