Una vida que viene de otra parte

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Se reunió junto a él una gran multitud, así que él subió a una barca y se sentó, mientras la multitud estaba de pie en la orilla. Les explicó muchas cosas con parábolas: —Salió un sembrador a sembrar. Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino, vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad brotaron enseguida; pero, al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron. Otras cayeron entre cardos: crecieron los cardos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. Quien tenga oídos que escuche. Mt 13, 1-9

Como verás, este capítulo 13 que ahora comenzamos, y que es uno de los cinco grandes discursos que ritman el evangelio, contiene las enseñanzas acerca del Reino. Estas enseñanzas acerca del Reino se nos relatan en parábolas, y como leeremos a lo largo de este capítulo, toda la enseñanza de Jesús que aquí se relata se cuenta a través de parábolas, y sin parábolas no les exponía nada. ¿Cuál es el motivo? En primer lugar, que nos está hablando de realidades que, aun estando presentes en nuestro mundo, no podemos reconocer. Por ello, Jesús nos cuenta estos relatos que, por una parte, tienen elementos comunes con lo conocido, propios de nuestro mundo; a la vez, Jesús nos los presenta bajo una perspectiva diferente, o con un desarrollo diferente. Siempre llegan a resultados que en nuestro mundo no se dan jamás, y así nos hacen abrir la mirada a ese “Reino de los cielos”, el mundo en el que Dios reina. Es la misma realidad que conocemos y a la vez, enteramente diferente de la nuestra.

¿Quieres que lo veamos con un ejemplo?

Aquí tenemos la parábola del sembrador que habrás oído tantas veces. Luego, cuando los discípulos le pregunten qué ha querido decir, les explicará su significado, por el cual aplica la parábola a lo que sucede en nuestro mundo a la Palabra de Dios. Ahora vamos a leer la parábola sin asociarla a nada, y veamos qué nos enseña y dónde se dan esas características que hemos dicho.

Primero, imagínate a Jesús sentado junto al lago, y a toda esa gente que le sigue, deseando escucharle. Y he aquí que les cuenta esta parábola (puedes leerla ahora otra vez).

Lo primero que hace, quizá lo ha observado otras veces o se está fijando ahora en ello, nos habla de la imagen de ese sembrador que sale a sembrar y siembra a voleo, como se hacía entonces. El ejemplo sirve igual porque siempre que siembras pasa esto con las semillas: unas se quedan en el camino, otras caen en terreno pedregoso y no fructifican, y otras caen en tierra buena y dan fruto.

Esto lo vemos todos. Todos sabemos que pasa. Solo que nos solemos quedar ahí, en lo que se ve.

En cambio, Jesús mira más allá. Mira más allá porque para él, esta realidad que vemos es signo, metáfora de la que no vemos. Dicho de otro modo: hay continuidad entre lo que se ve y lo que no se ve, porque Dios nos habla a través de todo para que le reconozcamos y comprendamos su Palabra. Jesús mira más allá, y nos enseña a mirar más allá.

Decíamos que ve esto que sucede, y reconoce que esto también pasa en la vida. Yo me voy a fijar ahora en alguna enseñanza que podemos sacar, además de aquella que nos ilumina sobre la acogida de la Palabra, que es el significado primero que le da Jesús.

Vamos a fijarnos ahora en que la semilla (que puede simbolizar una palabra de vida que escuchamos, una oportunidad que se nos da, una relación capaz de sembrarse en nosotros, etc.), cae en distintos terrenos, y según el terreno en el que caiga, dará fruto, o no lo dará.

  • Esto nos hace caer en la cuenta de la cantidad de oportunidades y ocasiones de vida que Dios nos lanza a lo largo de los días, las semanas y los años, y la realidad de que muchas de esas oportunidades se malogran.
  • También nos hace caer en la cuenta de las muchas veces en que la oportunidad, la palabra o el encuentro que se nos ofrecía llega en “mal momento”: esto sucede cuando yo estoy tan dura que lo que me venga lo voy a lanzar fuera de mí, al borde del camino, o cuando, recibiéndolo con alegría, no lo acojo en mi interior, y se malogra igualmente.
  • Nos hace conscientes de que, cuando somos conscientes de lo que se nos está dando (aquí no está quien se encuentra duro o impermeable), recibimos estas ocasiones, palabras o encuentros con alegría, que es lo mismo que decir que los reconocemos como vida. Pero no basta con alegrarse y reconocerlos como vida, sino que se hace preciso trabajar para que estas ocasiones de vida se siembren en nosotros y den fruto como vida.
  • La parábola también habla de los motivos por los que no recibimos como vida esas oportunidades, encuentros, situaciones: porque no las percibimos como tales, bien porque estábamos fuera del camino, bien porque nuestro suelo se ha endurecido y no siembra nada; porque las cosas de la vida nos ahogan de tal modo que lo bueno no puede crecer, bien sea porque el terreno es inadecuado, o porque el entorno no deja que lo sembrado fructifique; solo cuando la tierra es capaz de acoger la semilla, se dan las condiciones internas y externas, la semilla sembrada en nuestra vida, en nuestro entorno, da fruto.
  • Y cuando da fruto, este fruto es desproporcionado, asombroso: se pierden muchas semillas, pero de una sola, sale una proporción que compensa, podríamos decir, por lo perdido. Sea treinta, sesenta o ciento, el fruto de la planta que da fruto es mucho fruto. Y eso, a la luz del penoso camino que lleva a la siembra, es motivo de alegría y de victoria.

Podríamos decir que esto que sucede en lo invisible -en la vida humana, en tantas situaciones de nuestro mundo-, es idéntico a lo que sucede en relación a las semillas. Sin embargo, idéntico no es: es verdad que la parábola nos hace la traslación desde este relato visible de lo que sucede con esa semilla sembrada por el que siembra, hasta el futuro de aquellas semillas que ha sembrado.

Sin embargo… lo que aquí se cuenta, lo que sucede a nivel invisible, las vicisitudes de la planta, la presencia de Dios en el corazón de la historia, dicen mucho más. Dicen que, puesto que la siembra y el campo son suyos, él está presente y actuando en el devenir de esas semillas y esa siembra, en las ocasiones malogradas y en las que dan fruto. La escena cobra densidad y hondura al percibir esa presencia de Dios en medio de todo que da esperanza y sentido a todo lo que sucede en nuestro mundo, un mundo en el que Dios está amorosamente actuando, sembrando, lanzando ocasiones, encuentros, oportunidades. Que no se desanima por esta ocasión que acabamos de desaprovechar, y se alegra infinito de esas treinta, sesenta o cien semillas que aprovechará para seguir sembrando y alentando la vida…

Así, el mundo que conocemos… alberga una vida que viene de otra parte.

Imagen: Mike Kenneally, Unsplash

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