Y tú, ¿qué piensas de Dios? (I)

1ª lectura: Lectura del libro de Josué (5,9a.10-12)

2ª lectura: Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (5,17-21)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32)

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.» El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.» Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.» Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.» Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.» El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»»

Puedes descargarte el audio aquí.

A lo largo de la vida, nos vamos haciendo muchas ideas acerca de todo. Nos hacemos ideas acerca del trabajo, acerca de los otros, acerca de cómo va el mundo, ideas de lo que importa y lo que no, ideas sobre cuál es el sentido de la vida… y cómo no, sobre Dios.

Lo que no siempre percibimos es que esas ideas a veces no son nuestras, sino que las tomamos prestadas un día, y hemos seguido funcionando con ellas. O bien, son las ideas que nos hicimos acerca de aquella cosa o de aquella persona hace diez, o veinte años, y seguimos con esa “foto fija” como si la vida estuviera ahí, quieta, desde aquel día, aquel año en que nosotros la pensamos. O son las ideas que nos hicimos cuando estábamos enfadados, o teníamos miedo, o sin más, otra perspectiva que ahora… el hecho es que seguimos funcionando con aquellas ideas, que además de ser parciales y limitadas, eran solo eso, ideas, mientras que la vida es más. Las ideas no pueden contener la vida. Y cuando viene la vida empujando, hay que dejar que se caigan las ideas.

Lo mismo que nos hacemos ideas de las cosas, nos hacemos ideas de Dios. Y esas ideas que nos hacemos de Dios son las que nos llevan a relacionarnos con él de un modo o de otro. Hoy vamos a revisar alguna de estas ideas, porque igual nosotros seguimos con nuestros clichés, y la Vida está moviéndose por otro lado…

El evangelio nos ofrece la parábola del hijo pródigo. Un hijo, el pequeño, que lo tiene todo en la casa de su padre y que sin embargo, prefiere los bienes de la casa de su padre que la relación con el padre, y un día le dice que lo que quiere es su parte de la herencia y nada más con los suyos, porque quiere disfrutar de esos bienes de otro modo, en otra parte (de esto, por ejemplo, tenemos muchas ideas: detente y mira qué piensas tú de este hecho).

Y resulta que el padre le da esos bienes, y el hijo se los lleva para gastárselos en otra parte. Esto ya es más sorprendente, porque se da menos en nuestro mundo, y por eso, no deberíamos hacernos ideas de ello con tanta prisa: aquí hay algo en lo que detenerse, algo verdaderamente interesante, algo que no es tan habitual como para que podamos hacernos rápidamente idea de ello… y es que este padre le da la herencia en vida, y sin rechistar. Nuestras ideas, que solo generalizan, solo tipifican, seguramente se equivocarían al caracterizar la conducta de este padre único.

Pero es que, como siempre sucede en el evangelio, lo mejor está aún por venir: el hijo ingrato, el hijo que vuelve porque ha perdido todo y echa de menos lo que tenía en casa de su padre, es recibido de un modo que no hubiéramos imaginado (aquí puedes detenerte otra vez, y ver cuál es tu idea de cómo hay que recibir a un hijo que vuelve así). Este padre, que de lejos lo reconoce, echa a correr, lo abraza, lo besa (no digas tan rápidamente que es una reacción natural), y luego, hace fiesta: fiesta por el hijo, sin mirar a lo que ha pasado con los bienes; fiesta en la que celebra la vuelta del hijo perdido y lo restaura en la condición de hijo, a pesar de que él pensaba que a lo que podía aspirar era a ser tratado como uno de los jornaleros…

Así es nuestro Dios. No como tú piensas, no como pienso yo, sino como leemos aquí. Deja que el evangelio se lleve tus ideas sobre lo que sea: sobre lo justo y lo injusto, sobre el educar o sobre el mirar al hermano mayor, sobre… deja que el amor loco de Dios por nosotros te alcance hasta el fondo. Se llevará tus ideas sobre Dios, y te permitirá encontrarte con el Dios vivo.

A esta luz, a la luz de la experiencia del Dios vivo, se ve más claramente la actitud del hijo mayor: el hijo mayor tenía sus ideas acerca del hijo pequeño, y también, ya lo vemos, acerca del padre (“en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»). Sus ideas, instigadas por la envidia e incubadas en el secreto de su corazón, le han llevado al rechazo de su hermano y al desprecio a su padre. Sus ideas, arraigadas en lo profundo de sí, le han troquelado en envidia y desconfianza, lo dominan hasta el punto de no poder reconocer el amor del padre –la Vida- aunque lo tiene delante.

Este evangelio proclama cómo es Dios, amante, misericordioso, paciente, fiel… y que así es con cada uno de nosotros. Igual tú piensas que a ti no te mira así, que eso es para otros. Pero eso son tus ideas: ¿por qué no dejas caer tus ideas para abrirte a la Palabra de Dios, de modo que sea ella, y no tus ideas (viejas, prestadas, gastadas, marchitas, fijas, estrechas) la que inspire y dinamice tu vida?

Así nos lo dice Pablo en la segunda lectura: “Dejaos reconciliar con Dios”. Dios quiere reconciliarnos consigo, con la realidad. Dios no viene a pedirnos cuentas de nuestros pecados, sino que nos pone medios, ocasiones, personas, por las que nos llama a la reconciliación. Esta es una de ellas, la palabra que se nos ha proclamado: “Déjate reconciliar con Dios”. Tira tus ideas acerca de si lo mereces o no, acerca de cómo se hace eso o de si se mantendrá esa reconciliación, en caso de consentir en ella, y… Déjate reconciliar con Dios. Dale un tiempo, en la oración, por medio del sacramento celebrado con fe y profundidad, a escuchar esta palabra de salvación y pide que el Amor de Dios te llene de besos, celebre tu vuelta (y lo hace si eres hijo pequeño o hijo mayor), te reconcilie con él y por tanto, con todo y con todos. Y experimentarás, por haber creído en Cristo que nos reconcilia con Dios, que eres una criatura nueva.

La primera lectura nos avanzaba esta reconciliación: después del largo caminar por Egipto, Israel llega a la tierra prometida por Dios, y empieza para ellos una vida nueva. Después del largo camino, Israel podrá reconocer que Dios ha caminado con ellos todo el camino, que les ha llevado a donde les prometió, y que los bienes recibidos –una tierra propia para los que eran esclavos, una vida rescatada y nueva- se contemplan en su verdad cuando los puedes vivir con Dios, que te ha dado esos bienes y que te ha llamado para que los vivas con Él. La vida es Vida cuando no nos quedamos en los bienes, sino que podemos alegrarnos de ellos con El que nos da todos los bienes, con El que se da a Sí mismo en todos esos bienes.

Imagen: Juan Pablo Rodríguez, Unsplash

2 comentarios en “Y tú, ¿qué piensas de Dios? (I)”

  1. Cuanta verdad que nos hacemos ideas nuestras de…todo! Con el Evangelio me doy cuenta de eso tantas veces, al leer los textos «que ya me lo se» y cuando esos me descubren algo mas de lo mio, de lo que pensaba, siempre es maravilla. Hoy me di cuenta que los dos hijos han estado viviendo en la casa, con el Padre y ni uno ni otro se han enterado de su amor. Y también me acorde de un canto, creo que es viejo y no me acuerdo de mas letra, pero decía algo así: «una madre nunca se cansa de esperar» y pensé que Dios nunca se cansa de esperar, de amar, mucho mas que una madre. Ese tiempo de Cuaresma tiene que ver algo con eso de enterarnos de Su amor, no?

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