En estas entradas leeremos el capítulo 22 del evangelio de Lucas. De las muchas cosas que podemos aprender en cada uno de los textos, hay una que es esencial: escuchar esta palabra como Buena Noticia que es, de manera que ilumine y configure nuestra vida al modo de Dios.
En esta entrada y en las que siguen, leeremos la Palabra así, como Buena Noticia.
Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles y les dijo:
—Cuánto he deseado comer con vosotros esta víctima pascual antes de mi pasión. Os aseguro que no volveré a comerla hasta que alcance su cumplimiento en el reino de Dios. Y tomando la copa, dio gracias y dijo:
—Tomad esto y repartidlo entre vosotros. Os digo que en adelante no beberé del fruto de la vid hasta que no llegue el reinado de Dios. Tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo:
—Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Igualmente tomó la copa después de cenar y dijo:
—Ésta es la copa de la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero, ¡atención!, que la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. Este Hombre sigue el camino que se le ha fijado; pero, ¡ay de aquél que lo entrega! Ellos comenzaron a preguntarse entre sí quién de ellos era el que iba a entregarlo. Lc 22, 14-23
Algo que aprendemos de esta visión “panorámica” de la Pasión es lo cerca que están la Vida más plena y la perversión más honda: el Hijo del hombre va a ser entregado, y este hombre, Judas, va a entregarlo. Jesús se entrega por nuestros pecados, y en su misma mesa está el que lo entrega. Así vemos de qué modo tan concreto, este entregarse por nuestros pecados abraza esta oscuridad del corazón de Judas (que es nuestro corazón, el de todos), y la oscuridad y perversión que es siempre el pecado, y con su entrega nos rescata para siempre.
Jesús, que es el que lo dispone todo (lo inmenso y lo pequeño, decíamos la semana anterior), en este momento nos habla del deseo inmenso que ha tenido de comer con nosotros esta víctima pascual. Es él el que nos invita a todas, a todos, a su Cena, que nos alimenta de este modo tan absolutamente real que es la entrega, por todos, de su Carne y de su Sangre. Esta es la Verdad, más allá de las dificultades que a otros niveles, más superficiales, tengamos a la hora de celebrar la Eucaristía. En ella se nos entrega la Palabra de Dios para ser masticada y hacerse alimento de vida, en ella se nos entrega la Carne y la Sangre del Hijo de Dios para vivir como hijos e hijas de Dios.
Así nos abrimos a la voluntad del Padre, nos abrimos a la vida que viene a través de Él.
Con esta Cena se despide también de nuestro mundo, que es el Suyo. En adelante se quedará con nosotros, después de habernos enseñado cómo se vive en nuestro mundo, en esa entrega amorosa que nos ha revelado la comunión con el Padre que lo vincula a todos y a cada uno de nosotras, de nosotros, así lleva a otro nivel -según lenguaje de nuestro tiempo que se queda, corto aún, para decir el más allá que no alcanzamos- la entrega del cordero que, inconsciente, nos da su carne y su sangre. Jesús, consintiendo libremente, entrega su carne y su sangre en alimento que no perece, sino que nos sostiene en vida eterna. Esta será en adelante el signo de nuestra entrega que marca a los discípulos para siempre: cuando los de Emaús vean a este caminante bendecir el pan y la copa, entregárselo, comprenderán plenamente el sentido de este sacrificio y lo realizarán cada día, para siempre, según la revelación de Jesús que nos muestra así de dónde procede la vida.
Damos gracias a Jesús, amorosas y adorantes, por haberse quedado con nosotros en la Eucaristía. Y le vamos a pedir que la Eucaristía sea, según su entrega total y definitiva, vida para nuestra vida.
Pedimos al Espíritu que ilumine y transforme nuestras vidas, en favor de muchos, a la luz de lo que la Palabra que Dios viene a mostrarnos. Que la lectura de esta Buena Noticia te ayude a reconocerla en otros textos también.
Imagen: Alin Luna, Unsplash

“Con esta Cena se despide también de nuestro mundo, que es el Suyo. En adelante se quedará con nosotros, después de habernos enseñado cómo se vive en nuestro mundo, en esa entrega amorosa que nos ha revelado la comunión con el Padre que lo vincula a todos y a cada uno de nosotras, de nosotros, así lleva a otro nivel”
Qué verdad, y cuántas veces necesitamos escuchar estas palabras, y pedir al Espíritu que se nos hagan Vida.
“En adelante se quedará con nosotros”….. para siempre!
Pedimos a Dios que esta certeza -porque es certeza, siempre lo son sus palabras para el que cree- se nos haga vida en el cada día, Amaia. Para nosotros, y para muchos. ¡Siempre!!
¡¡Gracias, Amaia!!