Adviento (III). La vida que se abre…

Lectura del libro de Isaías (61,1-2a.10-11)

Lc 1,46-48.49-50.53-54

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,6-8.19-28)

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron: «¿Entonces, que? ¿Eres tú Elías?»
El dijo: «No lo soy.»
«¿Eres tú el Profeta?»
Respondió: «No.»
Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿que dices de ti mismo?»
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por que bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Algunas veces oímos decir,  o nos decimos a nosotros mismos,  que es normal que la gente no se vea atraída por Dios, si somos nosotros los que lo manifestamos. Y es que es verdad  que nuestra vida,  la vida de muchos de los que nos decimos cristianos,  no refleja para nada esa alegría que decimos que Dios da.  Hoy vamos a hablar de lo que el perdón de Dios y su vida que viene a habitarnos harán posible en nuestra vida.  Por tanto,  si no reconocemos en nuestra vida esto que dice Isaías,  lo que Pablo exhorta a vivir,  lo que Juan el Bautista ve y vive,  igual nos tenemos que preguntar si no nos hemos dispuesto cómo se nos decía en los domingos anteriores de este tiempo de preparación que se nos regala.  Si es así, no pasa nada.  Solo vuelve atrás y disponte del modo que la Palabra de Dios nos ha indicado:  si deseas a Dios y retiras de ti todo lo que estorba para llamarlo y pedirle que venga a habitar en tu vida,  Él vendrá,  pues lo desea.  Una vez que  Dios te habite,  tu vida será como nos dicen los testigos de la Palabra de Dios que  hemos escuchado en este domingo.

Isaías nos habla de su vida bendecida por Dios.  Una vida que recibe su sentido de ser buena noticia para los demás,  como Dios lo es: …el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor.

No sé qué idea tienes tú de una vida buena.  La mejor vida posible es aquella en la que llegamos a ser tan libres que podemos regalarnos a los demás,  a quienes Dios quiera.  Tardamos mucho en ver esto. Durante mucho tiempo,  el vivir una vida abierta a los demás nos parece pérdida  de la nuestra,  nos produce temor.  Creemos incluso, que si vivimos para otros, nos perderemos. A la vez, todos tenemos experiencia de que amar es lo más grande que hemos podido hacer en nuestra vida, y que poder amar a más que los que ahora amamos sería mejor porque vivir amando más nos abre a más vida. Por eso podemos decir,  por eso todos podemos entender que poder amar, poder disponer la vida en favor de muchos, más si esos a los que nos entregamos son los que más lo necesitan, es la mejor vida posible. Cuando entiendes esto, no como teoría si no de verdad,  entiendes el gozo de Isaías,  entiendes que sea dichoso. Entiendes que Dios, al regalarnos un amor de la misma calidad que el suyo, nos hace un regalo inmenso.

El primer domingo de Adviento se nos llamaba a la vigilancia, a la atención que otea dónde está lo importante.  El segundo domingo de Adviento,  habiendo conocido cómo eso importante que nos viene de Dios llega además en forma de consuelo y de amor que desea habitarnos, se nos llamaba a la conversión para responder al amor inmenso de Dios, y nosotros le respondíamos dejando atrás la vida que nos había llevado a la muerte.  Una vez que nos hemos convertido,  el tercer domingo de Adviento nos habla de la vida nueva que se abre a los que viven con Dios.  Una vida que se siente gozosa por llevar el amor de Dios a los hermanos, sobre todo aquellos que carecen de todo, a los pobres.

Una vida, también, como  nos dice Pablo escribiendo a los Tesalonicenses,  que  tiene como marca la presencia de Dios en nosotros:  la alegría, la relación constante con Dios, la gratitud, la atención a los signos de Dios en medio de la vida, porque sabemos que Dios se manifiesta en lo real y deseamos reconocerlo en todo;  el rechazo del mal y la pertenencia  apasionada a Dios en todo lo que somos: Espíritu,  alma y cuerpo, a lo largo de toda nuestra vida,  que quiere ser suya.

Una vida que se  vive desde el gozo de ser lo que Dios ha querido que seas,  como sucede con la vida de Juan el Bautista.  Estamos hablando de que una vez que Dios viene a habitar en nosotros, nuestra vida se hace nueva.  La vida de Isaías es una vida nueva, porque es una vida que trae el amor de Dios a los pobres de la tierra;  la vida de Pablo es una vida nueva porque se vive poniendo en movimiento los dones que hemos recibido de Dios;  la vida de Juan el Bautista es una vida nueva porque todo lo que ha recibido de Dios, lo empleará en su servicio.  Esto merece un punto y aparte.

No sé si conoces la historia de Juan el Bautista.  En el Evangelio que acabamos de escuchar, vienen los judíos a preguntarle  ¿Tú quién eres? Le preguntan quién es porque reconocen en el algo de Dios,  y quieren situarse respecto a esa presencia de Dios en él.  Como dice el Evangelio,  Juan confiesa sin reservas que él no es el Mesías, ni ninguno de los profetas anteriores con los que pudieran identificarle.  Después de  dejar claro quién no es,  los judíos le siguen preguntando  y él les dice quién es.  Resulta que Juan se identifica con esa palabra de Isaías que escuchábamos el domingo anterior: yo soy la voz que grita en el desierto: ´ preparad el camino del Señor`. ¿Qué significa esto?  Si miras a la vida de Juan el Bautista,  ves que aparece en el desierto para proclamar la salvación de Dios, esa es la palabra que Dios le ha dicho que proclame.  Después de anunciarla un tiempo,  su voz alcanza su cenit porque ha sido elegido para señalar al Mesías,  para indicar a las gentes quién es aquel a quien el anuncia.  Una vez que Juan señala a Jesús como el Mesías y Jesús comienza su vida pública,  Juan será arrestado y poco tiempo después,  será decapitado: su voz quedará segada para siempre.  Juan ha vivido, decimos,  siendo aquello para lo que Dios le creó: una voz que grita en el desierto y proclama lo que Dios ha querido.  Juan entero ha sido voz de Dios, y su vida se ha gastado cuando su voz no tenía ya que servir a Dios. Juan ha sido así un siervo de Dios, y esa ha sido su dicha.

Hablamos de que la conversión nos trae una vida nueva.  Las lecturas de este domingo nos hablan de esta vida nueva y de algunas de las formas que toma en los testigos.  Pídele a Dios que te conceda reconocer estas vidas como deseables, pues en verdad lo son.  Pídele  desear y vivir esa vida nueva,  esa vida suya que es verdadera dicha,  y que culminará en el encuentro con este niño que trae la esperanza.

¡¡¡VAS A VENIR, COMO ENTONCES, Y TU PRESENCIA LO CAMBIARÁ TODO!!!

Cuéntanos en los comentarios  como ves tú esta vida nueva que se abre cuando nos convertimos.

Imagen: Bekir Donmez, Unsplash

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