Adviento (IV). Una vida contigo y para ti

Lectura del segundo libro de Samuel 7, 1-5.8b-12.14a.16

Salmo 88, 2-3. 4-5. 27 y 29

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 16, 25-27

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».
El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”».
María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.

Puedes descargarte el audio aquí. En esta ocasión, le ha puesto voz, oración y cariño Marian Larráyoz. ¡Muy agradecidos, Marian!

En mi corazón, he vuelto a situarme muchas veces en aquel lugar en el que me puso mi Señor, mi Amor, mi Vida. Tantas, que podría decir que ya vivo desde ese lugar, a pesar de que ese lugar no es “mío” sino que es, sin duda alguna, recibido…

Un día lleno de luz. Siempre comienzo recordando esto, y a continuación me digo: “Pareciera que la naturaleza sabía de la visita de su Señor, tan hermosa se presentaba”. Al volver aquí es esto, siempre, lo primero que me viene.

El monte Tabor se presentaba majestuoso, como queriendo, con su presencia fiel, rendir homenaje a la Visita. El aire se sentía cargado de aromas, de tensión y de expectativas, como sucede en el preludio de una fiesta. El sol brillaba vigoroso, queriendo alcanzarlo todo con su calor, con su fuerza que nos lleva a Yahvé. El trino bullicioso de los pájaros, tan numerosos en esta época del año, te alcanzaba el corazón y lo colmaba de alegría. Era día de colada, y como me había despertado antes de lo normal, también salí de casa antes con el cesto. Me sentía dichosa, y me dejaba alcanzar por toda la dicha que brillaba, danzaba y se ofrecía a mis ojos y a mi corazón, alabando a Yahvé por todo lo que veía, olía, escuchaba, sentía… mis ojos acariciaban la hierba, se dejaban inundar por los olores del tomillo y la lavanda, por el romero, el nardo, el sándalo y el saúco, por las bellísimas prímulas y las humildes caléndulas, por el majuelo y el mirto, aromas cuya diversidad, sencillez me llevaban a alabar a Yahvé, a gozarme en él, en el libro de las obras creadas que nos traen algo de su belleza, de su cuidado por nosotros, de su compasión, de su Amor… Era un día más bello que otros, más… no sé decir, como de una mayor claridad, un día en que cada cosa tenía más relieve… un día bellísimo de una naturaleza que es siempre bella.

Así, caminando en medio de esta alegría, llegué a la fuente. Claro, no había nadie. Llegaba casi dos horas antes que los demás días, y me senté para escuchar la brisa, para sentir el rumor del agua que corría. Estaba dichosa, creo ya lo he dicho, y de algún modo me unía, en mi alabanza a Yahvé, a la alabanza de todas las criaturas que iba contemplando: con la hierba que acariciaba mis pies desnudos, con la brisa que refrescaba mi rostro y mis manos, en un día que se anticipaba caluroso; me unía al trajinar paciente de las hormigas, ¡aún más madrugadoras que yo!, a su actividad humilde y oscura, al libar dulce y ligero de los abejorros y las mariposas, los escarabajos y las abejas.  Yo misma me sentía, creo, más viva, percibiendo con más claridad cómo cada criatura refleja a Dios, está a su servicio, lo honra del modo que cada cosa es. En mi quietud, me encontraba unida a la alabanza de todas las cosas, y por medio de mis sentidos, tan despiertos, iba sintiendo cada cosa, dejándome alcanzar por su sonido melodioso, por la armonía que no se oye pero se percibe, por la belleza tan inmensa que no cabe en los ojos como no mires a una sola cosa cada vez… me admiraba de tanta fecundidad colmando mi vista y mi corazón, de tanta fecundidad que proclama la abundancia y la prodigalidad y la potencia de Yahvé su Creador.

… estando toda entera así maravillada, cogida en mi interior de tanta hermosura resplandeciente como un manto que me rodeaba –¡el manto de Dios!, recuerdo que pensé-, cuando de pronto, de modo suave y poderoso a la vez, escuché una palabra de Yahvé en mi interior.

Solo lo puedo explicar como que me hablaba. Seguramente dirás, como yo, que eso es muy raro porque Yahvé está siempre con nosotros, pero fue como si en este momento se hiciera humilde y fuerte a la vez –¿hay algo más estremecedor que un Rey que se arrodilla?-, y la brisa que seguía sintiendo fuera se me hizo brisa, soplo, frescura por dentro. Supe entonces que, para Él, yo era hermosa, especialmente hermosa entre todas las criaturas hermosas que ha creado. Que toda la hermosura que acababa de admirarme, siendo tan intensa, quedaba pálida al lado de lo que en mí había hecho Yahvé. Pero no fue como si yo lo estuviera pensando, sino que Él me lo estaba diciendo, y yo no sabía qué decir. Lo más grande de todo era esa intimidad con Dios que experimentaba, más intensa y más conmovedora que todo lo más intenso y todo lo conmovedor que conocemos; me reconocía más pequeña que nunca… y para Dios, sin poder dudar de ello, yo era una criatura tan preciosa, tan amada por él, que estaba, por así decir, volcando su Amor en mí… las palabras son pobres para expresar lo que digo, y de la confusión y la sorpresa, y el sentimiento de pequeñez, tan total, que solo me sentía desbordada por esto tan enorme, ante desmesura tal que no hay palabras en el mundo que lo puedan decir. A la vez que digo esto, podría decir algo más, que suena diferente: mis sentimientos de turbación, de pequeñez, eran en sí mismos una respuesta a Yahvé. Se cumplía, de un modo tan real y tan nuevo que nunca lo hubiera podido imaginar, lo que dice el salmo: has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno… lo experimentaba con tal realidad que reconocía cómo Dios, desde lo más profundo de mí, me hablaba y conocía mis respuestas, antes y mejor que lo que le sabía decir. Porque eso que él conoce, soy yo. Algo así como si mi sentimiento de pequeñez o mi turbación encontraran en Él su verdadera dimensión y su sentido profundo, tan distinto de lo que a la vez estaba sintiendo.

Ahora, mi Señor habló. Lo que he dicho antes de que me dirigió un llamado, pudiéramos decir, para solicitar mi atención, para entrar en mi presencia (cada vez que lo revivo me sigue produciendo el mismo vértigo), estalló en una palabra que era, a la vez, solicitud y don. Solicitud, porque esperaba de mí el asentimiento. Don, infinito, porque me estaba pidiendo habitarme, hacerme fecunda con su misma fecundidad… ¡me estaba pidiendo, el que ha creado a cada ser humano y el seno materno, que llevara en estas entrañas que ha formado, a su propio Hijo, al Hijo del Altísimo, Alabado sea su nombre!

Pienso muchas veces que, si pude escuchar estas palabras tan grandes como no se han escuchado jamás -¿qué otra criatura ha escuchado los proyectos más secretos de Dios, quién ha sentido su voluntad y su amor haciéndose carne en las propias entrañas?-, fue porque el mismo Yahvé me había preparado a lo largo de mi vida para poder consentir a esta proposición inmensa. Inmediatamente, y de nuevo y siempre, él lo supo antes que yo, consentí. He sido creada para consentir y secundar cada palabra que Dios me dirige… esto lo sé desde siempre. Sus palabras son mi gozo y mi alegría, incluso cuando resultan dolorosas. Por eso, mi respuesta consistió en disponerme a la propuesta de Dios: ¿cómo sería esto? Ya había respondido que sí a mi Señor, pero mi vida de mujer prometida, no desposada aún con Josef, me hacía difícil imaginar de qué modo sucedería esto que me superaba enteramente, a la vez que me sacudía y me hacía sentir un gozo que no es de este mundo… porque la unión con Dios siendo lo más grande de esta vida, supera todo lo de este mundo. A medida que nuestro encuentro avanzaba, iba desplegándose en mí, como un torrente, aquel deseo que ha sido –y solo entonces me di cuenta de hasta qué punto este deseo ha sido la fuerza que me ha movido siempre- este que ha sido el único deseo de mi vida: responder a Yahvé, amarle con todo el corazón y con todas las fuerzas, servirle y adorarle en cada segundo de mi existencia. Por eso, solo quería saber de qué modo habría de responder, para disponerme enteramente en respuesta.

Y el Señor me respondió.  Respondió de modo que, por más acostumbrada que esté a escuchar y a proclamar las maravillas de nuestro Dios que nuestro pueblo proclama siempre, aquí superaba todo lo que los humanos pudiéramos imaginar. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Esto es lo que escuché, y según lo escuchaba, supe que lo que Yahvé me estaba llamando a vivir era una historia de amor con Él. Una historia que alcanza a toda la realidad. Una historia de amor que se convertiría en el corazón de la realidad, de tal manera que todas las uniones de la tierra, tendrían como origen Esta Unión. Y también, como todas las uniones amorosas, esta unión iba a dar fruto: pero el fruto sería el mismo Hijo de Dios, mi Jeshua. Mi Jeshua amado, su fecundidad infinita que quedaría para siempre como principio, centro y fuente de toda fecundidad. El hijo que nacería de esta unión entre Dios y esta humilde sierva suya sería Hijo de Dios, y haría presente en el mundo, al que venía a habitar, la santidad de Dios. Y aún, como Dios-pretendiente, me mostraba cómo su presencia fecunda en Isabel había vencido la impotencia de su carne anciana; y, como pretendiente-esposo, me confiaba los secretos de su acción en confidencia íntima.

Ya lo he dicho… a cada una de sus Palabras, yo me vivía como un Rotundo Sí. Como si el Sí que él me dirige desde siempre hubiera hecho posible mi entera respuesta, mi sí. Quise pronunciar, no obstante, mi consentimiento, que siendo un simple sí, decía la ofrenda total de mi vida, ahora solicitada, a este Amor que es mucho más total y más amante que todo  lo que se nos ha dicho, que todo lo que jamás hemos oído o pueda nuestro pueblo imaginar. En mi consentimiento, experimenté cómo Dios, mi Dios, mi Señor, mi Amor, mi Vida, mi Plenitud, mi Dicha, fecundaba mis entrañas y me hacía suya para siempre, esposa para siempre, Madre para siempre. Ya no hubo palabras, sino que nuestro diálogo culminó en un silencio amoroso en el que descanso hasta el día de hoy. Ya no hubo sino silencio extático, entregado. Amor. El amor, la  entrega y la comunión que han hecho de mi carne y de mi espíritu, de mi persona entera, lo que siempre y solo he deseado ser: Myriam, sierva del Dios único. Lo que no había experimentado nunca era el deseo de Dios por mí,  infinitamente mayor que el mío. Y lo que nunca había conocido era  que su potencia y su fecundidad pueden, incluso, desear y hacer que la carne humana albergue en sus entrañas al mismo Dios. Tan precaria, falible y sujeta a la muerte que es nuestra condición mortal, sea capaz de dar a luz en su seno de fragilidad al Dios Eterno e Inmortal.

Esta intimidad hecha de cielo se rompió de pronto con la risa de Leila: “¡Myriam, qué haces aquí dormida!”. Para mis compañeras, que llegaban ya a la fuente, Myriam se había recostado en su cesto, seguramente esperando, y se había quedado dormida allí…. Me desperecé, me reí con ellas, y guardé en el corazón como pude este encuentro que lo es todo, no solo a nivel visible, pues me hizo Madre, sino también a nivel invisible, porque quedé transformada en sierva humilde, llevada por la voluntad de Dios.

Los meses que siguieron fueron tiempo de experimentar, de un modo inaudito, que la fecundidad de Dios en todas las cosas creadas se había hecho carne en mis entrañas, y que mis entrañas y mi cuerpo entero, y toda mi persona, se iban dejando transformar por esta criatura que llevaba en mi seno y que se había convertido –aún no sabía cuánto, a pesar de las palabras que llevo grabadas a fuego en mi carne y en mi vida- en el Centro De Todo. Todo lo que deseaba, servir y amar a Yahvé, pasaba por esta criatura que iba creciendo en mí y había hecho explotar mi corazón desde el primer instante. Gozaba al sentir cómo mi cuerpo respondía, humilde y precioso, para alimentar a la criatura que albergaba en mi seno. Hubo momentos en que se me hacía terrible tener que esperar nueve meses para abrazarlo, tanto lo amaba ya. Hubo momentos en que desee guardarlo en mi interior para siempre, tan imposible se me hacía imaginar una unión más total que la que entonces teníamos… Hubo también murmuraciones, burlas y acusaciones; y hubo, mucho más doloroso, el sufrimiento de Josef y mi pregunta, esta vez no inmediatamente respondida pero sí confiadamente aguardada, acerca del modo como tendría que responder en todo ello; pero en medio de todo estaba esta comunión con Dios que me había hecho suya y que le había hecho “mío” (sigo diciéndolo con temblor). Esta comunión era la base de mi confianza, de una confianza que me hacía atravesar todas las situaciones desde la comunión con Yahvé, desde la fe en la palabra que pronunció sobre mí y al modo como la sentía en mi carne. Esto era el centro de todo, y lo demás, Dios lo iría disponiendo para que su Hijo tuviera, en cada momento, todo lo que necesitara.

He dicho al comienzo que esto que viví un día ha llegado a ser el referente de mi vida, y es así. Fue esta vinculación con Dios, que me reveló cómo me ama y cómo nos ama y cómo todo lo que soy, todo lo que somos, ha sido creado para amarle, como he ido comprendiendo cada momento de la vida, cada situación. Desde este encuentro que solo sabría describir como “de Amor desbordado hasta el extremo” he podido comprender el sentido de toda la realidad, y volviendo a él ha sido como se me ha mostrado qué Amor nos fundamenta y cuál es la respuesta –amorosa, la única posible-, por la que Dios nos llama a vivir con Él y a comunicar su fecundidad.

 Imagen: Mindy Olson P., Unsplash

2 comentarios en “Adviento (IV). Una vida contigo y para ti”

  1. Qué aprendí en este Adviento? Al leer eso de David que quiere preparar una casa a Dios, me he visto reflejada, porque ando igual y voy viendo que querer eso es bastante… pobre. Si todo es Suyo! Y preocupada por esto, por bobadas, no me enteraba de que en realidad es el mismo Dios que se empeňa con nosotros, que nos trabaja desde dentro, prepara, que por todos lados pone múltiples medios para que algo nos llegue, que desea muchísimo entregarsenos, y que le acojamos… en ese “hogar” que cada uno es. Creo que es eso lo que este aňo en Adviento se me ha ido revelando. Así que no me veo “preparada” o echa un templo bonito para El, pero aun así CREO en que vendrá y su presencia reinara en eso pobre nuestro.
    FELIZ NAVIDAD para todos!! 🙂

    Y una cosa más, que me acompaňó en Adviento: aqui en Eslovaquia hay una tradición bonita de las misas “Roraty”, a las 6:00 am, que es una vivencia unica, para mi de mucho sentido y simbología: el madrugar, la oscuridad, el que todos tengamos las velas encendidas (como esa parábola de virgenes que esperan), la Palabra que resuena en medio de nosotros y ese aprieto de muchisima gente, que me habla de lo sediendos que somos, de la esperanza… Aqui os mando un link con fotos, porque colgar foto en el comentario no lo se hacer:)
    https://bratislava.sme.sk/g/77728/roratna-omsa-u-frantiskanov?ref=https%3A%2F%2Fbratislava.sme.sk%2Fc%2F20710174%2Fna-roraty-u-frantiskanov-si-treba-privstat.html&list=1

    1. Así es, Marta. Él quiere venir a habitar en eso pobre nuestro, que se llena entonces de luz, de amor, de buena noticia. Gracias por tu palabra, por la palabra que se te ha dado. La recibimos como viniendo de Dios, y suplicamos que está buena noticia alcance a cada corazón y lo transforme.
      ¡Y gracias por el enlace, por enseñarnos una tradición de amor! ¡¡Feliz Navidad para toda Eslovaquia, para toda la tierra!!!

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