Adviento, segunda etapa

Lectura del libro de Baruc (5,1-9)

Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (1,4-6.8-11)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (3,1-6)

En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas;  todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.

Puedes descargarte el audio aquí.

Si recuerdas, en el evangelio del domingo anterior, el primero de Adviento, se nos llamaba a reconocer a Dios en los signos de la naturaleza y en los movimientos de nuestro corazón. En esta segunda semana de Adviento se nos llama a reorientar nuestra vida a través de los profetas, a través de los testigos, a través de tantos hombres y mujeres que con su entrega proclaman que ya está llegando aquel a quien todo se ordena, a quien todo se somete.

Vamos a escucharlos.

Para ello, oye la voz de Juan el Bautista que proclama el anuncio de Isaías a los cuatro vientos, a toda la realidad. En este segundo domingo de Adviento no se trata de “mirar” los hechos de la historia, sino de reconocer cómo se pronuncia sobre ellos la Palabra que salva.

En primer lugar, escuchamos a Juan pronunciarla sobre nuestra vida: no podemos pronunciar esta palabra sobre otros, si primero no hemos experimentado nosotros mismos esa salvación.

Por esta Palabra, todo lo que en nosotras y fuera de nosotras es turbio, ambiguo, árido; todo lo que está manchado, es rígido, frío, todo lo que está extraviado, todo lo que es impotente o pecador, todo eso ha de enderezarse y orientarse al Señor. Lo vemos en el propio Juan Bautista: su vida está despojada de todo lo que no es servir a Dios y por ello, la proclamación de la Palabra que salva tiene en él un testigo de aquello que pronuncia.

Empieza por reconocer todo lo que en nosotras necesita enderezarse, porque no se sostiene o se desorienta, llenarse porque está vacío, abajarse porque se ha elevado de más, hacerse recto porque está torcido, o hacerse suave porque es áspero.

Contemplamos toda esta realidad nuestra que aún no manifiesta la salvación de Dios, y la suplicamos para nuestra vida.

Una vez que hemos pronunciado esta Palabra sobre nosotros mismos, proclamamos con fe esta Palabra sobre la realidad. Contempla la realidad que nos rodea, empezando por la creación y continuando por nuestro mundo: todas las realidades que están desviadas, deterioradas, heridas, los seres de la creación que necesitan ser salvados, las especies que desaparecen, el hábitat natural que se corrompe.

Contempla también las realidades de nuestro mundo: las realidades económicas, sociales, políticas que necesitan ser salvadas; los sufrimientos que se viven en las cárceles, en los hospitales, en los campos de refugiados; el dolor de los que están solos, de quienes sufren maltrato y explotación, los que no encuentran sentido para vivir; el mal de los que son despreciados o incomprendidos, el mal de los que no saben que necesitan salvación.

Pronuncia la proclamación de Isaías sobre todos esos hechos y seres torcidos, vacíos, engrandecidos, tortuosos o agrestes, la palabra del Señor que viene sobre toda realidad física, sobre toda realidad del corazón, sobre toda realidad espiritual… sobre los cielos y la tierra para devolver a las cosas su sentido original, el sentido que recibieron al crearlas, y que les será dado por esta Palabra dicha con fe.

Sobre toda la realidad desviada, deformada, herida, se pronuncia la palabra del Señor. Y así, nosotros en este tiempo en que nos preparamos a la venida del Señor, escuchamos esta palabra de Juan el Bautista y nos dejamos alcanzar por su anuncio de salvación:

Observa, a esta luz, cómo cambia tu mirada: los signos siguen siendo negativos, pero se convierten en signos de esperanza si nuestra mirada es capaz de no verlos como “lo torcido”, “lo escabroso”, “lo vacío” o “lo que se engríe” sino como ocasiones para reconocer, en todo lo que existe, la necesidad de clamar por la salvación del Señor que viene.

A lo largo de esta segunda semana de Adviento vamos a contemplar todas estas realidades. Vamos a invocar para ellas la salvación de Dios anunciada por la palabra del profeta. Suplicamos esta salvación para la creación toda, para nuestro mundo, para todo ser que vive. A lo largo de esta segunda semana invocaremos, por medio de la oración vigilante a la que se nos exhortaba la semana pasada, la salvación para todo ser que vive.

¿Qué poco parece, verdad? Ante tantas realidades desgarradas y sufrientes de nuestro mundo, qué poco parece la oración… Y sin embargo, es esta la fe la que atrae a nuestro mundo la salvación: Y todos verán la salvación de Dios.

Escuchamos y proclamamos la Palabra

En este segundo domingo de Adviento se nos presenta a personas que viven en favor de otros, preparando el camino del Señor: tanto el sentido de la justicia de los refugiados y desplazados, que no se resigna ante lo torcido, sino que sigue denunciándolo con su dolor o con su vida, como su capacidad de perseverancia que les lleva a apoyar a otros refugiados y desplazados, a apoyarse entre sí, trabajando para que lo tortuoso se haga recto y la aspereza dé lugar a caminos llanos; la entrega de los misioneros, de los trabajadores de ONGs y de las personas que luchan por los refugiados y los desplazados, en su implicación por luchar hoy y en la voluntad de seguir haciéndolo dentro de veinte años, es signo que proclama la salvación de Dios que al final, alcanzará victoriosa, a toda la tierra: Y todos verán la salvación de Dios.

Al contemplar este signo por el que otros se hacen signo de la salvación de Dios proclamada por Isaías, ¿no te ves movida a unirte a ellos para proclamar esta Palabra que el Señor, en el segundo domingo de Adviento, proclama sobre nuestro mundo? Anuncia tú también la Palabra de Dios sobre aquellas sendas que están torcidas, sobre aquello que está hundido y por su naturaleza debería estar elevado; sobre todo aquello que se eleva cuando lo suyo es abajarse, sobre todo aquello que es áspero, difícil o desabrido y que dará vida cuando se haga suave, llano, grato.

En esta semana, proclama la salvación de Dios sobre estas realidades, con intensa fe en que dicha proclamación orante, creyente, vigilante, amorosa que la palabra de Isaías pronuncia sobre toda realidad torcida o desorientada, hace que las cosas y los seres encuentren, en la Palabra de Dios que transforma y recrea, la vida que podemos llamar salvación.

En un segundo momento, nos acercamos a la realidad de los dolientes de nuestro mundo con el corazón abierto, con mirada más aquietada, contemplativa: escojo la realidad de los inmigrantes… Tú puedes escoger otra, la que te llame más.

Angustia, miedo, culpabilidad, dolor por la situación de esos hombres, mujeres, ¡¡y jóvenes, y niños!!, abocados a la desesperación, al caos. La angustia de imaginarlos en medio del frío y la nieve, en las largas colas de las aduanas, alargando la mano para recibir comida, abrigo, ayuda… tantos hombres y mujeres que llegan por oleadas y se detienen ante nuestras puertas, perdida la esperanza de entrar al país por el que lo han dejado todo, con el corazón roto por tantas despedidas, por la memoria de los seres queridos a los que quizá no verán nunca más, por el miedo a que mueran, el miedo a que violen a las mujeres o a las hijas que quedaron allá, tantas historias de dolor y tanta frustración, muda porque no hay palabras, ante las puertas cerradas y las explicaciones “razonables” al llegar a Europa; ante la indiferencia de los que como tú tienen carne y sangre, frío y familia… y no parecen sentir el tuyo… la dureza de la vida, la dureza de nuestra dureza, expuesta ante los ojos. El sufrimiento, la impotencia, la condición humana hecha debilidad… el signo.

Lo miro como signo de sufrimiento, y el signo me lleva a una mayor desesperación, a una mayor impotencia, a una frustración que a los días se olvida, sustituida por otro dolor –quizá mi propio dolor, que es más cercano y más urgente, aun cuando es pequeño- o por alguna alegría, igualmente mía. El signo, así mirado, lleva sólo adonde el signo indica: al dolor, al olvido, a alguna ayuda que sabe, desde el principio, a gota en el mar…

Lo miro como signo de Dios, y veo… en primer lugar, que yo no puedo mirar así. Yo no puedo ver la vida brotando en medio de la muerte más que si el Espíritu Santo empieza a soplar fuerte en mi angustiado, estrecho, limitado Espíritu.

Pero si se lo pido, lo hará. Me cambiará si lo pido una y otra vez. Me cambiará antes o después, pero sin duda, si le pido que se lleve de mí esta mirada estrecha y acorazada, que no ve más allá de lo propio, que no reconoce vida más allá de lo que siempre he visto, más allá de lo que yo he conseguido, más allá de lo que imagino… Lo hará.

Lo hará de golpe, o lo hará paso a paso. Hoy mismo, quizá, por primera vez. Y cuando lo haga, me descubriré mirando de otro modo, viendo otras cosas: que no hay “ellos” y “nosotros”, sino que a mi carne le duele la de cada uno de estos hermanos, representada quizá en la carne de ese niño muerto en la playa o en el estupor del anciano que llora por lo que sus ojos han llegado a ver; que no hay ninguno que esté solo, porque Dios está, en verdad, con cada uno: compadeciéndose de él, acercándole una manta o trayéndolo a su casa y a su vida; que, en el corazón de tanto sufrimiento, terror y ansiedad, se está sembrando la esperanza, aunque no la veamos, porque Dios trabaja siempre sembrando esperanza, llevándolo todo a la vida.

Cuando puedas mirar así, cobra ánimo, porque has empezado a vivir. Levanta la cabeza, porque la liberación que ha prendido en ti es salvación para tus hermanos. Bendice a Dios porque a través de ti, empieza a llegar el Señor.

Imagen: Joao Pedro Salles, Unsplash

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