Sábado Santo. Año C

(habla Elohim)

Has muerto. Has muerto, y con tu muerte, con tu modo de morir amante, entregado, humilde, obediente, has traído la Vida a toda la tierra. Estas criaturas nuestras solo se fijan en la muerte, en alguna clase de muerte: los más piadosos, en tu muerte, Jeshua. Me gusta llamarte por el nombre que has adoptado al encarnarte, como a mí me gusta ser llamado Elohim por los humanos, que reconocen en este Nombre mi fuerza todopoderosa, creadora y recreadora, que expresan como Viento y Fuego…. Digo que los más piadosos, los más cercanos, los que se consideran creyentes, Jeshua, ante tu muerte se quedan fijos en la misma muerte que ahora te tiene en su poder, creándoles la ilusión –ya no por mucho tiempo- de que la muerte es invencible. Aunque saben que resucitarás, quedan clavados ante la muerte, estremecidos por ella, por su poder. Tus enemigos, los que no han parado hasta verte muerto, los que se han dejado conducir como marionetas consintiendo en tu muerte, los que te han dejado solo, los que se han dejado vencer por el miedo o por la impotencia, los que se han ensañado en tu carne, los que han sucumbido al miedo o a la desesperación del “así es la vida”, los increyentes de todos los tipos, “celebran” tu pasión y tu muerte, tu hundimiento en el sheol en este día, tu resurrección después, como quien pasa las páginas de un calendario: primero toca jueves, luego viernes, después sábado y por fin llega el Domingo, en que podemos respirar, en que estamos “salvados”. Cambian de sentimiento los más cercanos, intentando como pueden acomodarse a lo que Tú eres, a lo que Tú estás viviendo… se desentienden los lejanos, pensando, pretendiendo que esta Historia no va con ellos… se siguen juzgando quizá los unos a los otros, porque los unos como los otros siguen pensando que la “verdadera historia” es la que ellos conocen, la que ellos entienden, lo que protagonizan… todavía no ven.

Yo Te Resucitaré, Jeshua. Porque has creído, porque has obedecido y has abierto con ello un camino nuevo en medio de sus muertes y sus desiertos. Porque has creído en Dios, y has rechazado cualquier connivencia con el mal, por mínima que fuera: padeciendo su mordiente, aceptando libremente que todas las culpas, todos los pecados, el mal con toda su fuerza demoníaca cayera sobre Ti, no has reaccionado al modo que el pecado provoca, sino que lo has acogido y, como dicen dice esta época, lo has “reseteado” con tu Amor. Así, llevado a la muerte por el poder del mal sin haber sido muerto por dentro por causa suya, has vencido. Tu muerte es muerte de la carne, muerte de la persona visible, consentimiento en todo lo que el mal puede hacer y hace a los humanos, para que ellos vean en tu carne purísima, no contaminada de pecado, lo que el mal provoca en ellos, hasta llegar a matarlos, no solo por fuera, sino sobre todo por dentro. Les decías “no temáis a los que pueden matar el cuerpo, temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”, y ellos, al verte sufrir, siguen temiendo sobre todo a los que pueden matar el cuerpo, porque tienden a aferrarse a lo visible. ¡Con frecuencia, es lo único que ven!

Has vencido, Jeshua amado. Hoy es un día de victoria. Esta muerte, siendo la más real de todas las que se han dado a lo largo de la historia del mundo (es la muerte del Único que ha mirado al mal de frente, amándolo, acogiéndolo en sí y por ello, venciéndolo), es la muerte que revela que la muerte no es lo definitivo, y en este sentido, revela que la muerte ha dejado de ser lo absoluto. Lo Absoluto, lo Único, lo Definitivo, lo Eterno, lo Victorioso, es el Amor. Te Resucitaré, y los que crean verán que la muerte no es la última palabra. Que la muerte ha sido vencida. Verán que la muerte ya no tiene poder. Verán que el Amor, tu Amor que vence a la muerte, a todo mal, aunque suponga la muerte de muchas cosas, es el verdadero poder.

Has vencido, y ahora tomo yo el testigo de tu anuncio, trabajando en la historia, en el corazón de todas las personas y de todas las cosas, para que crean en Ti y te escojan a Ti, único Dios verdadero, encarnado en Ti para culminar la obra de salvación que comenzamos al comienzo del tiempo, al llamar a todas las cosas a la Vida. Aquella Palabra del principio ha llegado ahora a su plenitud por tu obediencia. En adelante, continúo mi misión de un modo que va tomando su forma plena a su forma definitiva, la que quisimos desde el principio: hacer que todos los seres humanos reflejen tu Rostro, Jeshua, porque todos han sido creados según tu Rostro pleno de humanidad, de misericordia, de justicia, de comunión, de hogar, de ternura… ¡no acabaría nunca de ensalzar la Belleza que eres! Esta Alianza definitiva que se ha realizado en tu sangre, desgarrando nuestro Misterio como ha desgarrado tu carne, señala el paso definitivo del proyecto de salvación en el que nos hemos comprometido con los seres humanos y con la creación entera: llamados a ser hijos por su comunión contigo, a vivir como hijos de Abbá y como hermanos entre sí, empezarán a vivir una vida nueva, una vida a imagen de la que Nosotros vivimos, una vida en comunión porque esta vida en Comunión es la vida para la que fueron creados. Tu entrega, Jeshua, la ha hecho posible. Una vida en comunión por la fe en Ti, que has franqueado el camino a la vinculación con el Padre que yo aliento en todos los corazones y en todos los pueblos.

Estoy latiendo en este sepulcro en el que tu Vida, la Palabra poderosa que dio el ser a todo lo que existe; el Amor hasta el extremo que ha consentido en dejarse mancillar y destruir hasta la muerte; el Consuelo, la Esperanza y la Dicha de tantos hombres y mujeres que a lo largo de los siglos (sabiéndolo o sin saberlo, ¿qué importa, si los guío Yo?) han creído en Ti, han caminado por tu camino, han encontrado en Ti la plenitud. Mi Fuerza poderosa te arrancará de las garras de la muerte y hará visible para todos y patente que Yo soy Dios y, con tu resurrección, certifico que Dios, el Dios de Amor, se enfrentó al mal y lo venció, transformando las leyes de la tierra que viniste a soliviantar.

Por el poder de tu resurrección, por la Vida que derramamos caudalosa y fuerte sobre la tierra, les seguiré mostrando, a nuestro modo que no es el suyo, la victoria del amor que no se alía con el mal, la impotencia de la muerte y del pecado para quien vive unido a Dios, la necesidad de la fe en Dios para mirar la vida; la certeza de que el modo de mirar la vida es el de la misericordia y la esperanza; la confianza de que el modo de caminar por la vida es la confianza y la entrega de la vida en aquellos a los que yo os vaya enviando; luz inapagable por la que que la paz, la comunión y la dicha no son una “sensación” para momentos estelares, sino el “estado” de aquellos que viven arraigados en Nosotros; la dicha de saber que no hay vida mejor que la que Dios te da, y de que lo malo no son el mal o la muerte, sino que el creer en ellos en vez de abandonarse, ante el mal, el pecado o la muerte, a la salvación que Jeshua ha traído; la certeza de mi acción en todos los seres y por toda la tierra, a pesar de lo rotos, desorientados, ebrios de orgullo o necios que parezcan dichos seres; la certidumbre de la victoria de Dios que será, por esta Resurrección que realizo con Mi poder, Palabra definitiva sobre la tierra y el modo de conducir esta historia de salvación hasta que en todo y en todos se realice la Comunión que Somos, la Comunión a la que queremos llamar a todos los seres.

Porque Yo Soy Dios, y no hombre. Porque Yo Soy Dios. Soy Amor.

Imagen: Eduardo Gutiérrez, Unsplash

Puedes descargarte el audio aquí.

1 comentario en “Sábado Santo. Año C”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *