Jesús, la vida, la salvación

Lectura del libro de la Sabiduría (2,12.17-20)

Sal 53,3-4.5.6 y 8

Lectura de la carta del apóstol Santiago (3,16–4,3)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?»
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»
Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

Puedes descargarte el audio aquí.

Seguro que a veces te pasa que reconoces discrepancia entre lo que piensas y lo que haces. Sabes que habría que hacer de otro modo, sospechas vagamente que ese “otro modo” te haría bien, te daría más plenitud y te abriría a más vida, a ti y a los otros… suele pasar cuando te viene la idea de detener tu camino e ir al paso de alguien que lo pasa mal, o que no sabe cómo hacer (por ejemplo): lo piensas, ves que sería bueno, pero luego no lo haces. Hay muchos motivos, como que no voy a ser la única en implicarse, o quién hace lo mío mientras yo detengo mi paso, o… motivos hay muchos. Lo que ahora nos interesa es caer en la cuenta de que muchas veces funcionamos así: con una discrepancia entre lo que dices y lo que haces, entre lo que dices que importa y lo que te ocupa de verdad, está marcando tu vida.

En nuestro mundo hay personas que actúan de otro modo. Hay personas a las que les importa, por encima de todo, vivir como creen que tienen que vivir. Esas personas han conocido el modo de Dios del que llevamos hablando tanto tiempo, y desean ajustarse a él en su vida.

Estos hombres y mujeres son los que la Biblia llama justos. Son las gentes que se implican en vivir como Dios les ha mostrado que hay que vivir. Al modo de Dios.

No es que siempre lo hagan bien. No es que acierten en todo en su modo de mirar, o que nunca se equivoquen. Pero son personas que intentan ajustar su vida a lo que dice su conciencia, a lo que dicen que es valioso. Y esto hace que se presenten entre nosotros con una consistencia que se sale de lo común; con una integridad que supera la media; con un modo de ser que deja chiquito al que llamamos “normal”.

Y aunque decimos que estamos en una época muy tolerante, nuestra tolerancia no suele ir más allá de las ideas. Aceptamos que una persona diga que es creyente -aceptamos también lo contrario- pero cuando esa persona se pone a vivir según sus creencias, ocurre que esas creencias evidencian nuestra incoherencia, nuestras contradicciones, nuestra mentira. Y esa persona, lejos de sernos indiferente, nos irrita hasta el punto de quererla borrar del planeta, porque su existencia evidencia nuestra mediocridad, nuestra hipocresía.

Cuando se escribió el libro de la Sabiduría sucedía exactamente igual: Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él. De un golpe, nos libramos del justo y de su Dios, al que también retamos. De un golpe, atacamos el modo de vida que evidencia el nuestro y desechamos el modo de Dios, de quien no creemos que vaya a venir a salvarlo.

Si el modo de mirar de Dios, ese al que se accede por la fe, ya nos mostraba la diferencia en cuanto al modo de mirar la realidad, qué diremos del modo de vivir que arranca de este modo de Dios. Aún nos aísla más, aún nos hace más incomprensibles… en la primera lectura se dice que son los impíos los que miran así… pero qué verdad es que también los que nos llamamos creyentes nos sentimos irritados por quienes eligen el modo de Dios y viven de él en nuestro mundo.

Y si lo dudas, en el evangelio tenemos un ejemplo iluminador. Viene del propio Jesús, y nos muestra cuál es el camino de aquellas y aquellos que quieren, como él, por él, mirar y vivir al modo del Padre.

Jesús, que está instruyendo a los discípulos en su camino a Jerusalén, les habla de muerte y de cruz. Y aunque todavía son palabras -que sin duda, Jesús secundará con su vida-, los discípulos no entienden y temen preguntarle. En vez de abrirse al modo de mirar de Dios que es patente en Jesús, se cierran a su modo, y se pasan el tiempo, mientras Jesús se enfrenta a la agonía de su muerte próxima, discutiendo sobre quién es el primero.

No es solo que no se enteran de nada. Es que están construyendo una realidad paralela en la que hay primeros y últimos, cuando todo eso está siendo dinamitado en la obediencia de Jesús. Están mirando a otro lado. Dejan solo a Jesús en su obediencia, en su camino, porque no son capaces de abrirse al modo de mirar que se hace presente en Jesús. Mucho menos de vivirlo.

Así dejamos solo al justo. Enfrentado a la muerte, cargando con lo nuestro, mientras nosotros estamos a otra cosa.

El que vive de Dios, vive en favor de sus hermanos. Tanto, que cuando llegan a casa y Jesús les confronta con la conversación que traían, aún sigue queriendo instruirles sobre ese modo nuevo de mirar que hará que ellos, un día, puedan vivir al modo de Jesús: El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

Este modo de mirar da lugar a un modo nuevo de vivir. Un modo necesariamente incomprensible para nuestro mundo… un modo que produce rechazo entre quienes no son de Dios y que deja solos -a veces incomprendidos, a veces perseguidos y a veces, muertos- a quienes llevan la relación con Dios hasta sus últimas consecuencias.

Un modo de vivir que, paradójicamente, nos trae la salvación.

Imagen: Phil Thep, Unsplash

2 comentarios en “Jesús, la vida, la salvación”

  1. “Creando una realidad paralela” Cuántas veces me descubro de esa manera, mirando la vida con mis ojos, mis planes con mis ojos, mirando a los demás con mis ojos… , sin viviv la Vida. Y me pierdo la verdadera realidad, la realidad del Reino, la que el Padre está ya construyendo entre nosotros. Y me descubro lejos de esa sabiduría que une lo que cree con lo que hace… Pero también con la esperanza de saber que Él está acompañando este camino.

    1. Qué afortunados si podemos reconocer ese otro mundo en medio del nuestro, esa otra vida en medio de la nuestra… y más afortunados aún, si la escogemos. Un abrazo, José Ángel

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