Despertar al anhelo del Dios que viene a salvar

Este domingo comenzamos el tiempo de Adviento. El tiempo por medio del cual nos preparamos, a través de la liturgia que quiere despertar/avivar/encender nuestro corazón, a la venida de Jesús que celebraremos el 25 de diciembre.

Puedes decir que todos los años te sumas a esta esperanza y que nunca pasa nada. Que Jesús no viene a tu corazón de modo significativo. Quizá no te has preguntado con fe. Quizá necesites mirar a más largo plazo: ¿a lo largo de los años, ha aumentado tu deseo de que venga Jesús a nuestro mundo y lo transforme? A lo largo de los años, ¿crees, cada vez con más fuerza, que Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, es el único que puede hacer que la existencia cambie de signo y se haga ocasión de vida, de esperanza? Quizá no ves cambios significativos. Quizá no vives aún de esta esperanza que se promete a nuestro mundo. Si es así, ya sabes qué tienes que pedirle al Padre, y no es poco.

Si eres de los que pueden ver, humilde y oscuramente, que tu esperanza, tu amor, tu fe reconocen la presencia de Jesús hecho hombre en nuestro mundo, entonces este Adviento te encontrará dispuesta, dispuesto a seguir pidiendo. La salvación para los pueblos, las gentes que anhelan una salvación, un Salvador, es la tarea más urgente de nuestro mundo. Y a nosotros, cristianos, los más indignos de la tierra, se nos ha confiado sostener, con muchos otros, y en nombre de todos, esta súplica.

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Vamos a leer los textos de los cuatro domingos del Adviento en una misma clave que se repite en todos ellos. Como tensión entre la promesa futura y la realidad presente. Dicha tensión está sostenida entre la primera lectura y el evangelio de cada domingo. La segunda lectura, cada domingo, nos aportará claves concretas para mantener dicha tensión en nuestra vida, claves para vivir.

La tensión de la que hablaremos, y que atraviesa los textos, no es una tensión física y ajena, como cuando tienes que soportar un gran peso sin perder el equilibrio; tampoco es una tensión negativa, como la que se produce cuando tengo que definirme entre dos situaciones que me desagradan por igual, o entre realidades que me parecen por igual perjudiciales. No es nada de esto. La definición de la RAE nos trae una definición de tensión que iluminará la nuestra: “Estado de un cuerpo sometido a la acción de fuerzas opuestas que lo atraen.” La tensión de la que vamos a hablar es una tensión vital, puesto que afecta a toda la persona; es positiva, puesto que quiere mantenerse abierta a ambas fuerzas que le atraen; es dinámica, porque al verse atraída por realidades opuestas se mantiene en movimiento, y no cualquier movimiento, sino aquel que requiere que disciernas y te interrogues acerca del vivir. Es teologal, porque viene de Dios y sólo Él puede hacerla viva en nosotros. Esta tensión dinámica, teologal, que los textos nos proponen para vivir, será hilo de oro que atraviese toda nuestra contemplación en este Adviento.

 

Vamos con las lecturas de este domingo:

Lectura del libro de Isaías (2,1-5)

Salmo responsorial Sal 121, 1-2. 4-5. 6-7. 8-9

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos (13,11-14)

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (24,37-44)

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por lo tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

  1. Puedes descargarte el audio aquíaquí.

 

La primera lectura nos trae, y así será a lo largo de estos cuatro domingos, una profecía. Las profecías que encontramos en la Biblia son palabras que vienen de Dios a través del profeta (que será Isaías para los cuatro domingos) y que anuncian un futuro que se realizará –es palabra de Dios- a pesar de que no haya nada en la situación presente que permita reconocer eso que se presenta como tan enormemente deseable.

Leamos de nuevo la profecía que acabamos de escuchar en la primera lectura, para reconocer lo que tiene para nosotros de deseable: Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor.» Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

Se nos dice aquí que Jerusalén, la ciudad santa de Dios, quedará elevada sobre las montañas y hacia dicha ciudad de Dios se encaminarán todos los pueblos (no sólo los judíos). Esta imagen ya nos habla de un mismo propósito en todos los pueblos, un mismo fin: acudir, juntos, al Dios vivo que colma todos los anhelos y todos los corazones. Además, sigue diciendo la profecía, los que se dirigen juntos a Jerusalén se relacionan entre sí y se animan en su caminar: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas. Esta búsqueda de Dios no la haremos en solitario, sino en comunión gozosa entre gentes de distinta sensibilidad, de distinta cultura, de pueblos diversos. En esta hora, toda enemistad será vencida porque el conflicto, la oposición, serán transformados por el Señor y la tierra será casa común, que nos llamará a la fecundidad que viene del caminar y amarnos juntos: De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

¿No es verdad que tu corazón anhela esta comunión que alcanza a toda la tierra? Si no es así, descubre qué está en ti acorazado o bloqueado, o ciego… porque estamos hechos para enriquecernos con lo diferente, para caminar juntos, para encontrar el gozo en la comunión que no excluye a nadie. Estamos hechos para esta comunión con todos, con todos los seres humanos y con esta tierra que será trabajada y celebrada, no destruida, y reconocemos estar en la verdad cuando podemos vibrar con este anhelo.

Este es, por tanto, el primer polo de esta tensión que nos atrae: la comunión con Dios y con todos los seres creados. Cuánto la deseamos, y qué bueno que la Palabra nos haga vibrar una vez más con estos anhelos inmensos que nos dicen quiénes somos, en realidad. ¡Es tan fácil olvidarlo, metidos en los afanes mucho más estrechos del cada día!

El evangelio, por su parte, nos habla de eso “imprevisto” o “inesperado” que sucede en el día a día y que nos juzga. No esperabas que esta persona te reclamara atención ahora, y no tienes tiempo para ella a pesar de saber que estar a su lado es más importante que todo lo que tienes entre manos; no contabas con que te han detectado un tumor en esta revisión rutinaria, y te tienta seguir haciendo lo que hacías en vez de detenerte y atender a esto imprevisto; no comprendes por qué ha muerto el padre, que era quien trabajaba, de esta familia con tres niños pequeños, y lo “resuelves” renegando de Dios y farfullando que tú no sabes qué hacer para ayudarles… así, tantas y tantas situaciones grandes y pequeñas que nos vienen cada día y en las que no respondemos desde la verdad de nuestro ser, esa profecía, esa promesa de Dios que se nos ha anunciado, sino desde la tibieza de nuestra comodidad, de nuestra impotencia vivida como dejadez, o de nuestro resentimiento sordo, proyectado como evasión o individualismo… Aquí, la tensión que nos atrae es la de vivir a fondo, preguntando al Señor y preguntándonos a nosotros mismos, juntos y de modo personal, dónde está lo importante, y responder a ello. Lo que se ve no es lo determinante. Lo determinante es lo que hay en el corazón. Por eso, habrá dos que estarán en el campo, otras dos que estarán moliendo juntas… a una se la llevarán y a otra la dejarán. En las cosas de la vida, es donde nos ponemos en juego, donde se juega el sentido de nuestra vida. Este es el otro polo de la tensión, que también nos atrae: vivir un vivir que tenga sentido, vivir un vivir que se oriente hacia la vida. Las cosas que suceden en la vida son ocasión de nuestra respuesta: la respuesta creyente es la que, en medio del campo o en la molienda no se limita a lo inmediato, sino que vive en tensión hacia las promesas de Dios. Deja que ese anhelo de las promesas de Dios ilumine tus afanes, esfuerzos y disfrutes cotidianos… a ver qué te muestra el Espíritu ahí.

Los dos polos de esta tensión, por tanto, son: el anhelo de las promesas de Dios que ensanchan el horizonte de la vida, y la voluntad de que dichas promesas se concreten en esta existencia que experimentamos ambigua y cambiante. Por eso, la segunda lectura es el punto en el que se conciertan ambas tensiones: daos cuenta del momento en que vivís: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz… Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo. Escoger la vida que se viste de Jesucristo es arraigarse en el punto de tensión en que, orientados a esas promesas inmensas, vivimos la vida de todos los días no desde lo inmediato, sino según el modo de Dios, tal como se ha manifestado en Jesús.

(…igual dices que de peleas y borracheras no sabes nada… más bien, mira qué oscurece tu corazón, qué te enerva internamente hasta perder el norte….)

La tensión vital a que somos llamados hace que quepan en nuestro corazón las promesas de Dios, que nos ensanchan la mirada y el corazón y nos “estiran” para que no nos quedemos enganchadas en los afanes del día a día, sino que los vivamos abiertos este “más” que les da su verdadero sentido y fecundidad.

¿Qué hace en los humanos este vivir en tensión? No hablamos, ya lo ves, de una tensión ansiosa o desequilibrante, de esas que te arrastran en direcciones opuestas. Hablamos de la tensión por la que las fuerzas que tienen distinto signo aparecen equilibradas al haber encontrado cada una su identidad propia, que no anula a la persona sino que la dinamiza según estas intensidades igualmente reales, igualmente necesarias que estructuran a la persona en el hoy y el futuro, entre la realidad y la promesa, entre el ya pero todavía no… Atravesada por estas tensiones, viviéndolas y siendo vivida por ellas, la persona se despliega en un dinamismo de aceptación y apertura al más, de implicación y receptividad, entre el compromiso y la esperanza.

En cuanto a los modos de vivirlo, son todos los modos como normalmente nos manejamos en la realidad: la vida cotidiana, la apertura a los otros, el propio momento personal, la historia vivida y su influjo, las noticias de nuestro mundo y la apertura a los conflictos y proyectos de esperanza que nos encontramos en él… y entre ellos, quiero fijarme en un modo que viene a ser una manifestación de todos ellos y que expresa ese grito del Adviento: ¡Ven, Señor Jesús!

Ese modo es la oración. La oración reconoce la presencia de Dios en nuestro hoy, y reconoce que esa presencia no te basta: a veces no te basta porque ves tantos problemas en nuestro mundo, tantos dolores, que anhelas más presencia de Dios para resolverlos; otras veces no te basta porque quisieras más fe para reconocer al Dios que te dicen o dice que ya está, y tú no lo ves; y otras, entre los creyentes de verdad, el ¡Ven, Señor Jesús! es grito que anhela su presencia plena, y no esta limitada por la materia, por la oscuridad, por nuestra condición temporal… ¡Ven, Señor Jesús! es el grito con el que todos los orantes de todos los tiempos, en las distintas situaciones existenciales, creyentes en las que es posible encontrarse, expresan la tensión que hemos descrito como ya, pero todavía no que tiene nuestro corazón dividido.

La paradoja es que, si bien la oración hace patente – incluso exacerba- la tensión creyente, la tensión existencial en que se encuentra el orante, también es la oración la que aquieta dicha tensión, no a base de apagarla –sería muerte-, sino porque nos enseña a vivirla y así, a vivir. La vida, tan rica, está hecha de dimensiones complementarias, aparentemente opuestas, que necesitamos integrar en nuestra vida. La oración nos enseña a vivir esa tensión y transmite su dinamismo (en definitiva, síntesis de contrarios que sólo el Espíritu puede realizar) a toda nuestra vida.

Seguramente has oído muchas veces que el Adviento es tiempo de esperar la venida de Jesús, que viene prefigurada en estas promesas, que es anhelada en este modo de vida al que nos exhorta Jesús en el evangelio, y también la segunda lectura. Haz la prueba en tu propia carne: ¿cómo será tu espera de Jesús si vives en esta tensión?

Imagen: Ron Smith, Unsplash

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