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El “nosotros” que hace el Espíritu

Eran asiduos en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la solidaridad, en la fracción del pan y en las oraciones. Ante los prodigios y señales que hacían los apóstoles, un sentido de reverencia se apoderó de todos. Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno. A diario acudían fielmente y unánimes al templo; en sus casas partían el pan, compartían la comida con alegría y sencillez sincera. Alababan a Dios y todo el mundo los estimaba. El Señor iba incorporando a la comunidad a cuantos se iban salvando. Hch 2, 42-47

Un texto “idílico”, este que nos habla de la vida de la primera comunidad: todos perseveraban, todos estaban impresionados, todos los creyentes vivían unidos… unánimes y constantes, acudían diariamente al Templo y compartían el pan… por su parte, el Señor agregaba cada día…Nuestra mentalidad moderna sospecha de tanta “bondad”… y la rechaza. Y ahí mismo se pierde la verdad que el texto nos quiere decir.

También está lo que una lectura así dice de nuestra mentalidad moderna: ¿por qué sospechamos de lo “idílico”, por qué rechazamos los modos de funcionar que están alejados del nuestro? ¿Qué pasa en nuestro corazón para que rechace tan perentoriamente este modo de expresar?

El ver cómo reaccionamos ante ciertas lecturas no dice solo de esas lecturas… dice de nosotros también.

Un texto idílico que nos dice que todos hacen, y todos desean hacer, aquello que sería deseable. Podemos leerlo como texto coercitivo, que orienta el corazón y las acciones en una dirección determinada; o podemos leerlo también como un texto idealizante, que pinta el cuadro desde los colores del deseo.

¿Adónde nos llevaría un texto coercitivo? Primero, estaría interponiendo una voluntad rectora (y manipuladora) entre los acontecimientos fundadores de la comunidad (el encargo de Jesús de esperar en Jerusalén, Pentecostés y el discurso de Pedro, cada uno en su medida) y la vida que brota de ahí.

Si lo miramos desde como acción del Espíritu, las actitudes que aquí se narran no nacen de una voluntad de colorear una realidad más gris, sino que más bien intentan describir el amor de los comienzos.

¿No sabemos todos de eso? De los primeros tiempos de nuestra conversión a Dios, de nuestros primeros tiempos de vida de pareja, de nuestros primeros tiempos de profesión religiosa o de los primeros tiempos de experimentarse viviendo a fondo la vida. Cuanto más intensos han sido, más se parece nuestro relato de aquellos tiempos a este relato de Hechos.

Y quizá nos quede el rechazo del idealismo, la no-realidad de aquellos tiempos (y a menudo nos lleva a rechazar lo demás), pero, ¿no había también un gozo por entregarse, por ser verdad, por servir, por amar a Dios sobre todas las cosas, no guardarse nada, entregarlo y entregarse del todo? Muchas veces experimentamos aquel tiempo como la época en que el evangelio ardía en nuestra vida, en que parecía posible, en que todo parecía posible…

Y aunque sea necesario pasar por el realismo que es condición de nuestra fe, ¿no nos haría bien recuperar aquel ideal (hoy no idealizado) que lleva nuestro corazón, nuestros deseos y nuestra vida más allá de sí mismos?

La trampa que encerraba el idealismo era la de hacernos creer que con desearlo sería posible. La trampa del realismo nos hace “resignarnos” a reconocer que los sueños no eran posibles.

Para estos comienzos de la Iglesia, en cambio, todo era posible: porque ellos se entregaban, y porque el Señor respondía. No había problemas de autoridad ni de doctrina, vivían como hermanos, la gente reconocía con admiración la transformación que estaban viviendo, y la unión no solo espiritual, sino material no era un deseo, sino un hecho. Unión que se manifestaba en relación a Dios y en relación a los hermanos. Unión que irradiaba hacia fuera y eran reconocidos, valorados. Y el Señor, dueño de todo, confirmaba su vida con nuevas conversiones.

Todo. Lo tenían todo. Todo lo que el ser humano puede desear cuando se pone a desear según Dios.

¿No nos habla esto del modo como pueden desplegarse los deseos en relación a Dios? Aquí se está expresando la plenitud humana leída en clave de revelación, de promesa divina. Plenitud humana que es, ahora, plenitud según Dios.

Y esta plenitud, ¿no es lo que deseamos para vivir? Cuando se nos pasa el cinismo, si escuchamos más allá este texto, ¿no habla de todo lo que anhelamos? Quizá nuestro drama es que hemos dejado de creer que sea posible.

Sin embargo, aunque no lo hemos visto realizado nunca con esta rotundidad, aunque ellos tampoco lo vieron, ¿es ésa una razón para dejar de desearlo? ¿No es el deseo el motor para que lo imposible se haga posible?

Tenemos así que este texto programático[1] no brota de una ideología más o menos acertada, sino de la luz del Espíritu que les conduce a partir de ahora. Y el Espíritu nos conduce más allá de nosotros, hacia Dios. El Espíritu no va a caer en idealismos, pero nos despierta el ideal que a veces hemos enterrado, desesperanzadas, para que podamos volver a vivir según él.

No con el idealismo que nos decía que nosotras podríamos.

No con el realismo que nos dice que nosotros no podemos.

Sino con el ideal que, habiendo pasado por ambos y reconociendo que lo humano solo no puede, se apoya en Dios como origen y meta que guía la vida y guía mi historia.

Puede ser bueno que te preguntes desde dónde estás viviendo las verdades que ha vivido Jesús, aquellas que requieren de su Espíritu para ser vividas. Y que descubras cómo es tu amor, y dónde has dejado de creer en él; cómo es tu deseo de entrega tu voluntad de compartir con los hermanos, tu voluntad de estar en comunión con los hermanos, con la Iglesia, con Dios. Adónde apunta el ideal, con qué se está conformando tu “realismo”, o tu rutina. A qué te has resignado, por apoyarte en ti.

Y sobre todo, a qué nueva vida te llama el Espíritu. Este texto es programático para nosotros en la medida en que nos ofrece un horizonte ideal, no idealizado; no de la vida eclesial que se valoraba entonces, sino de la vida comunitaria creyente de todos los creyentes de todos los tiempos; no de un modo de humanidad que se valoraba entonces, sino de la humanidad que ha sido definida en Jesús. Cada época, cada grupo, cada persona, tendrá que leer este texto desde sus propias claves, sin rebajar el ideal, solo realizable por la acción del Espíritu, de los objetivos radicales de nuestra fe.

Léelo tú hoy así. Leedlo como comunidad así, de modo que se concierten nuestra realidad de hoy (tu persona, tus circunstancias, la época en que te toca vivir), con el ideal al que apunta la vida cristiana.

El que esto sea vida nueva, solo lo puede hacer el Espíritu. Entonces, la vida cristiana será un nosotros, y ese nosotros, sabrá a Dios.

Imagen: Shane Rounce, Unsplash

[1] Así, hay efectivamente una dirección que el texto señala: pero no procede de ideología humana, sino de lo que va señalando la acción del Espíritu.

2 comentarios en “El “nosotros” que hace el Espíritu”

  1. Gracias Teresa. Este comentario sobre Idealismo vs Realismo, de la mano del Espíritu, me ayuda muchísimo. Me aporta Luz. Gracias.

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