¿Qué hubiera querido vivir…?

En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista en el desierto de Judea, proclamando: —Arrepentíos, que está cerca el reinado de Dios. Éste es a quien había anunciado el profeta Isaías, diciendo: —Una voz clama en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos. El tal Juan llevaba un vestido de pelos de camello, con un cinturón de cuero en la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Mt 3, 1-4

Ahora vamos con el contenido del anuncio, de la Buena Noticia que Juan proclama. Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos. Antes de Jesús, se han proclamado muchas veces “buenas noticias”: en esta clave espiritual, es buena noticia cada vez que un hombre o una mujer de Dios le dice a su mundo, a las gentes de su tiempo, cuál es el modo en que van a vivir. Esto ya es una buena noticia. Luego, cuando llegue Jesús, vamos a asistir a algo aún más grande: Jesús no anuncia una buena noticia, sino que Jesús es la buena noticia definitiva. Jesús proclama con su vida, con sus palabras, con sus acciones, la buena noticia que Dios ha venido a traer al mundo. Ahora caemos en la cuenta solamente del hecho de que se nos está anunciando una buena noticia -eso es la proclamación de Juan, una buena noticia– que nos prepara para recibir la buena noticia definitiva, absoluta, válida para todos los tiempos, para todas las gentes, para toda vida humana.

No leas estas palabras como meros conceptos, por favor. Deja que te interpelen y dales, por tu parte, una respuesta: que tu respuesta sea el gozo porque reconoces esta buena noticia, o la indiferencia porque estas palabras no te dicen nada –sabes que dicen, así que pregúntate por qué no te dicen a ti, por qué no te dicen hoy-, o la pena si, anegada en tus preocupaciones o en tus proyectos, estas promesas de vida no te alcanzan. Déjate interpelar, y reconócete a la luz de tu respuesta.

Quizá te preguntes por qué la llamada al arrepentimiento es una buena noticia. Vivimos en una época en la cual tenemos a gala el habernos hecho a nosotros mismos, la autoafirmación, la autonomía que se valida a sí misma. La llamada al arrepentimiento está en las antípodas de nuestra mentalidad: la llamada al arrepentimiento supone reconocer que te has equivocado, no solo en cosas concretas –esto muchos de nosotros podemos reconocerlo, porque aún padecemos las consecuencias de nuestras equivocaciones y porque nos arrepentimos (esto es, reconocemos el error) de algunos de los pasos que hemos dado-, sino en la orientación general de la vida. Esto es lo verdaderamente importante: decíamos al principio que Juan el Bautista está centrado en lo esencial. Muchas veces, nosotros no estamos centrados en lo esencial, y este desacierto en la orientación de nuestra vida, la impresión global de que no estás en lo que tienes que estar ni haces lo que tienes que hacer, es frustración radical, algo de lo cual -si llegamos a verlo, porque a veces estamos tan descentrados que no nos damos cuenta de que aquí está el problema- nos arrepentimos mucho: ¡¡Fallar en la vida!! ¡¡Fallar en lo que estamos haciendo, errar en la orientación fundamental de lo que estamos llamados a ser y a hacer!! Piensa, por ejemplo, en que tus hijos sean egoístas o hayan crecido con miedos; en que los que te conocen no confíen en ti o incluso te teman; en que, al final de la vida, tengas la impresión de no saber para qué has vivido o de haber puesto la atención en lo que no importa. Quien lo reconoce (hay que reconocerlo), sin duda se arrepiente. Y, muchas veces, los testigos de Dios como Juan, las personas que dan testimonio de Dios con su vida, nos hacen de espejo precisamente en esto: nos dicen que nuestra vida no está orientada, porque a la luz de la suya se hace clara nuestra des-orientación.

Por eso pregúntate de nuevo: cuando miro a Juan, cuando miro a los hombres y mujeres que he reconocido como testigos, ¿qué se despierta en mi vida, cómo me siento, y qué me dice esto acerca de mi orientación/desorientación radical? Solo si tengo luz sobre mi vida, podré centrarme o re-centrarme.

La razón por la que Juan el Bautista llama al arrepentimiento no es solamente ética ni existencial: no se trata solo de que hagas mejor lo que antes hacías mal, ni de que orientes tu vida hacia la vida porque así vas a vivir mejor -y no es que esto sea malo, pero ahora vamos a ver que aún puede ser mejor-: la razón por la que se te llama a arrepentirte de la vida desorientada que vivías es que está llegando el reino de los cielos, ese otro modo de existencia en el que reconoceremos a Dios habitando entre nosotros, reinando en medio de nuestro mundo, ¡¡y te la estás perdiendo!! Está llegando una vida que es buena noticia absoluta y tú andas mirando a otro lado y no te vas a enterar cuando llega esta vida tan buena. El arrepentimiento tiene que ver con la toma de conciencia: cuando reconoces, por ejemplo en la persona de los testigos, la buena noticia que te estás perdiendo, experimentas esa frustración radical que te dice que estás perdiendo la vida y –más aún- que solo Dios puede hacer que en adelante vivas como la vida merece. Y es que la vida en la que Dios viene a habitar entre nosotros y reconocemos su señorío, su amor y su presencia en las cosas de nuestra vida, es la mejor vida que cabe. No lo dice cualquiera: lo dicen los hombres y mujeres a quienes vemos vivir así, plenos; a aquellos hombres y mujeres cuya vida refleja lo mejor de nuestra humanidad. Se entrega a lo que importa y no se pierden en lo que no importa.

Igual estás pensando, según me lees, que a ti esa vida que Juan propone no te parece para tanto… pues ésa es la señal de que no conoces esa vida. El que no estés en línea con este anuncio, el que no puedas conectar con él y reaccionar del modo que merece -esto es, con gozo-, habla de que estás desorientad@. Porque cualquiera que sepa de qué va la vida en verdad, reconoce que este anuncio es la verdadera vida.

Igual primero tienes que arrepentirte de tanta ceguera que te impide ver, para luego, cuando puedas ver al menos un poco, experimentes la distancia a la que te encuentras de la verdadera vida. Y para esto es preciso conectar con lo oscuro de nosotros, con lo que no va, con lo que no sabe… desde esa insatisfacción, desde nuestra impotencia para entregar la vida a lo que importa, desde el lamento profundo por estar perdiéndola, quizá podamos ver mejor que lo que Juan vive es otra cosa que lo nuestro.

Pregúntate en serio: puesto que solo tengo una vida, puesto que puedo morirme mañana, ¿qué me gustaría haber vivido…? ¿Cómo me gustaría afrontar la vida hoy?

Si quieres, seguimos en los comentarios…

Imagen: Yorik Blom, Unsplash

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