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Jesús en la carta a los Hebreos: novedad definitiva (III)

En estas entradas vamos a acercarnos a un escrito del NT que seguramente no conoces: la carta a los Hebreos. Precisamente por ser tan poco conocida, te recomiendo especialmente que comiences por leer las perícopas que vamos comentando.

De primeras te llamará la atención su tono, tan elevado, y el contenido de la carta, que ciertamente te sorprenderá. A pesar de las diferencias, en el texto que vengo a presentarte late la misma certeza que en los evangelios y toda la predicación primitiva: Jesús de Nazaret se ha hecho hombre, manifestando así a los hombres una comunión radical arraigada en Dios, que llegará a su plenitud en la redención de Cristo. A partir de Él, toda realidad -en Hebreos el sacerdocio-, resulta releída de nuevo: Cristo hace nuevas todas las cosas, plenificando su sentido y revelándonos su verdad, que se realiza en Él.

Destaquemos también en esta presentación que lo importante de la carta no es el tema del sacerdocio en sí sino –por cuanto la redención de Jesús ha transformado toda la realidad-, el cambio de perspectiva de lo antiguo a lo nuevo. De este cambio radical de perspectiva, el tema del culto y el sacerdocio son un caso iluminador y paradigmático que nos permitirá contemplar esta transformación de la realidad y nos contagia su misma inquietud: puesto que alcanza a todo, ¿cómo mostrar el modo como dicha salvación se comunica a todas las realidades?

Ojalá estas entradas te vayan acercando distintos aspectos de esta carta -homilía, más bien- que te trae otro aspecto de la enorme riqueza del NT. Te la propongo como lectura orante que te hará entrar en un texto luminoso e inesperado.

 

 Heb 8-9 En este apartado vamos a referirnos a otra dimensión del sacerdocio: el culto, que se celebra en un lugar y se desarrolla a través de una serie de ritos.

Nuestra meditación arranca, como hemos hecho hasta ahora, del elemento central, la revelación de Jesucristo que ha dado su verdadero sentido y plenitud a todas las realidades humanas, incluso las que nos parecían más sagradas. En adelante, Cristo es la clave, el criterio absoluto desde el comprender toda realidad. Por tanto, en relación al sacerdocio, la referencia radical es Cristo: tenemos un Sumo Sacerdote que está sentado en los cielos a la derecha del trono de Dios.

Ahora bien: la revelación manifestada en Cristo ha mostrado la precariedad de los sacrificios antiguos, pues el culto que Dios encarga a Moisés cuando este iba a construir la tienda de la presencia era solo una imagen, una sombra de las realidades celestes.

En el sacrificio de Cristo, a su luz, quedan juzgadas todas las realidades del cielo y de la tierra. Contempla todas las realidades humanas a esta luz: lo caduco, lo transitorio, lo que es solo imagen de una realidad superior… y lo que manifiesta a Dios plenamente.

La nueva alianza se constituye por la sangre de Jesús: creer en su sacrificio definitivo supone abrirse por la fe a vivir de la salvación definitiva que nos ha traído, y también a seguir sus pasos haciendo de nuestra vida un culto agradable al Padre, que entrega, como él, la propia vida. Esta entrega incluye el sufrimiento, pues en nuestro mundo sometido al pecado, la implicación de la propia vida supone pasar por la muerte: sin derramamiento de sangre no hay remisión.

Por esta razón, los que participamos por el bautismo del sacerdocio de Cristo hemos de configurar nuestra vida según este orden de la nueva alianza que vive esta vida desde la victoria de Cristo, obedeciendo al Padre a través de las circunstancias cotidianas en las que somos llamados a vivir de su obediencia perfecta. Dicha obediencia perfecta va desde el don recibido en el bautismo, pasando por la apertura a Dios en la propia vida –que empieza así a vivirse como un cara a cara con Dios-, que da lugar a la respuesta obediente y culmina en la imitación de Jesús que lleva a la entrega de la existencia al Padre.

Desde aquí el sacerdocio ministerial, que arraiga en Cristo a través del primer sacerdocio, el sacerdocio bautismal. Podemos entender que a nivel humano natural nos resulte más comprensible y sencillo de vivir el sacerdocio ministerial -y este vivido en las obras, al modo de los ritos de la antigua alianza-, mientras que el sacerdocio –bautismal primeramente, ministerial desde él- vivido según Jesús, nos exige vivir, por Jesús, enteramente entregados al Padre.

En este Jesús que ha sido constituido por Dios Sumo Sacerdote en nuestro favor y obtiene por su pasión y muerte la glorificación del Padre, se inicia una humanidad nueva, plenamente obediente a Dios y llena de una misericordia para con los seres humanos que es imagen de su Amor. La nueva alianza da como fruto hombres y mujeres nuevos, a imagen de Jesús. La entrega absoluta de Cristo hace de nosotros, por la fe, hombres y mujeres consagrados a Dios… por la obediencia manifestada en Jesús.

Reconoce cuáles pueden ser los signos de esta humanidad nueva renacida en Jesús, y cómo se diferencian de la humanidad de la antigua alianza. Dichos signos, ¿manifiestan que es la centralidad de Cristo la que marca el antes y el después entre ambas?

 

Heb 10, 1-18

Con su encarnación, Cristo inicia algo nuevo: hace enteramente la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios no es que le hagamos sacrificios ni ofrendas, que ofrezcamos holocaustos ni sacrificios expiatorios. Lo que él desea no son aquellas realidades caducas que se ofrecen según la ley, sino que Cristo se ofrenda enteramente al Padre, y gracias a la ofrenda que ha hecho de su cuerpo de una vez para siempre, todos nosotros, los seres humanos, quedamos consagrados a Dios. Gracias a esa ofrenda perfecta, Dios restablece una comunicación plena y vivificante entre él y nosotros, en clave de consagración (10, 10; cf. 2 Cor 5, 18-19).

Con esta acción de Cristo ha cambiado la realidad enteramente: nos encontramos en un nuevo tiempo. Cualquier sacerdote se presenta cada día para desempeñar su ministerio y ofrecer continuamente los mismos sacrificios que nunca pueden quitar los pecados. Cristo, por el contrario, no ofreció más que un sacrificio por el pecado, y está sentado para siempre a la derecha de Dios. Con esta única oblación ha hecho perfectos de una vez para siempre a quienes han sido consagrados a Dios. El antiguo tiempo era el de la caducidad y la repetición, el de la imperfección y la impotencia. En Cristo ha comenzado un nuevo tiempo, por el cual el mismo Cristo se ha ofrecido por el pecado y vive victorioso –sentado, no de pie como los siervos- junto a Dios para siempre. Su ofrenda, acogida por la fe, nos consagra a Dios en Cristo. De ambos modos –tanto sus enemigos, tanto los que le están consagrados- la vida a partir de su sacrificio y de su victoria manifiesta la centralidad de Cristo que, al igual que su sacrificio, es universal, definitiva, eterna.

¿Lo ves? La vida en adelante viene marcada por esta transformación que se ha realizado en Cristo. Los que por la fe hemos obtenido el perdón de los pecados estamos llamados a vivir como consagrados a Dios en Cristo, haciendo de este modo efectiva y real en nuestra vida la entrega de Cristo.

Porque nosotros también reconocemos en nuestra vida la presencia de la ley y se nos revela su dominio sobre lo caduco: sabemos que las normas no nos ponen en regla, e intentamos una y otra vez tranquilizar con ellas nuestra conciencia; asimismo tenemos ritos, unos cultuales, otros familiares, comunitarios, sociales o personales, sin los cuales tememos no ser aceptados –igualmente, la necesidad de estar en regla- por los demás, o por nosotros mismos; ritos y sacrificios que repetimos una y otra vez para tranquilizar la conciencia, para conseguir afecto, para sentirnos mejor, para obtener seguridad, para guardar, para conservar, para que más adelante hagan lo mismo con nosotras… a menudo, utilizamos así incluso los sacramentos que comunican la vida misma de Jesús.

Actuar así, ¿no es seguir sometidas a la ley? ¿No es invalidar la salvación definitiva de Cristo, el preferir esas cosas que nos hacen creer que obtendremos por ellas “salvación”?

¿Qué haremos ahora, después de contemplar este sacrificio definitivo que rompe la separación entre nosotros y Dios, sino servir al Señor con el cuerpo limpio y el corazón purificado? Esta exhortación, hermanos, debe movernos y animarnos unos a otros al seguimiento de Jesús, que nos ha traído esta vida preciosa e inmerecida que hemos recibido en prenda. Es en vistas a poseerla, a gozar para siempre de estas magníficas promesas de Dios, que nos encontramos en camino. Si Jesús se ha entregado enteramente a sí mismo para consagrarnos a él, y si el Padre se lo ha entregado todo por su obediencia y está sentado a su derecha… Si vemos esto con los ojos de la fe, ¿qué otra respuesta cabe para nuestra vida sino vivir para él?

De tal modo vivimos por la sangre de Jesús que la vida en adelante es acercarnos a él, ser por él purificados y mantenernos firmes en la esperanza de sus promesas, estimulándonos unos a otros a vivir como hermanos por la fe, la esperanza, el amor.

En esta hora que nos toca vivir quiero exhortaros a la perseverancia que hace posible que, cumpliendo la voluntad de Dios, alcancéis la promesa. Si miramos a lo humano, la salvación parece lejos, nuestro ánimo se debilita y decaen las fuerzas. Sin embargo, hermanos, ¡la salvación está cerca!, y el que ama a Dios vive esperándole, vive de fe.

Sería chato, en verdad, limitar el horizonte de la salvación a aquello que a nosotros nos afecta, cuando el horizonte se nos ensancha precisamente al salir de nosotros mismos, abriéndonos a las promesas de Dios, que son, tal como reconocemos en Jesús, la plenitud de nuestra vida. Y nuestra vida, gracias a Jesús, culmina en vida eterna.

Ahora tienes ocasión de orar con tan grandes palabras, no para alejarte de la realidad, sino para que ensanchen el horizonte y la luz de tu vida.

Imagen: Thomas Schütze, Unsplash

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