Jueves Santo: ¿Por qué celebramos el Amor en este día?

En la celebración judía de la Pascua –Seder-, el niño más pequeño sentado a la mesa, viendo el pan con levadura, las hierbas amargas y los preparativos para la inmersión, pregunta: “¿Por qué esta noche es diferente de otras noches?”, y a partir de ahí, su padre, o el adulto que hace las veces de celebrante, le responde: “Nosotros éramos esclavos del Faraón en Egipto, y el Señor vino a rescatarnos…”.

En estos días, nosotros vamos a ser ese niño que pregunta. El motivo es que con frecuencia, lo que repetimos muchas veces pierde la conexión con la fuente, y dejamos de saber qué celebramos, por qué nos reunimos e incluso, de qué hemos sido salvados. La pregunta ritual del pequeño, y la respuesta ritual del adulto vienen a enseñar, a devolvernos a las fuentes, a reavivar la certeza de que eso que sucedió, lo más grande de nuestras vidas, nos ha salvado hasta el presente.

En nuestro caso, las preguntas cambiarán a lo largo de los días. Y sin embargo, todas las preguntas son una sola pregunta.

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Para rezar en este día: Jn 15

En este día celebramos el Amor de Dios por nosotros. O conmemoramos, hacemos memoria agradecida del amor de Dios por nosotros. A los humanos nos cuesta lo grande. Podemos decir “sí, sí” cuando escuchamos hablar del amor, porque el amor es algo grande que tiene que tener un lugar entre nosotros, tiene que ser reconocido y celebrado. Así que acordamos darle un día en el calendario, hacemos unos signos –unos regalos, unas postales o alguna comida especial-, y damos por festejado lo que queremos señalar.

Qué pobres. Creemos celebrar lo grande porque lo rodeamos con nuestros signos especiales. Como si fuera nuestro modo de honrar una cosa lo que hace buena, o grande, esa cosa.

Es al revés. Es Dios, que es Amor, quien ha venido a nuestro mundo y lo ha desbordado con su Amor. Ha venido, y lo ha amado todo: ha amado lo que desea ese Amor, y ha amado a lo que no lo desea. Porque lo ama todo, lo abraza todo, y puede salvarlo todo.

Desde que el Amor se hizo presente y visible en nuestro mundo, se acercó, atraído como solo Él lo está, por todo lo que en nuestro mundo es doliente y está herido: por todmarcia1o lo que sufre, por todo lo que no puede, por toda enfermedad y toda lacra y toda herida… él se lanza sobre todo ello, para colmarlo con su amor, y los que se conocen así tocados, todos los sufrientes y rotos de nuestro mundo, encuentran un consuelo que les hace bendecir el padecimiento… porque el padecimiento fue ocasión de que conocieran a Dios. Así es como mucha gente se acerca a Dios. Porque Dios se ha acercado a su vida que se moría –por la tristeza, por el hambre, por la explotación, por el dolor, por la misma muerte-, y los ha salvado.

Otros, en cambio, están tan cogidos por el mal –a esto es a lo que llamamos pecado- que cuando el Amor se acerca, les sale como un resorte rechazar el Amor. No quiero, dicen. Vete, déjame. Te odio, llegan a decir incluso. No saben por qué, pero estos sienten el Amor como amenaza. No saben –esta es su mayor oscuridad- que esto sucede porque el mal los tiene cogidos, tan dominados que les hace mirar como él: para el mal, el Amor es el enemigo del que defenderse, y su presencia, su misma existencia, es lo que hay que destruir.

¿Y qué hace el Amor, Jesús, ante los que están así cerrados? Denuncia su mentira, se la pone ante los ojos a ver si así empiezan a ver. Les cura la ceguera, suelta sus parálisis, ilumina su entendimiento… a ver si llegan a ver. Lo intenta todo, por todos los medios que puede, ¡y son tantos!, para que vean eso que les revelará que hasta ahora estaban ciegos. Eso que les revelará que están llamados a ver y a vivir. El Amor, sobre todo, no corta la vinculación con ellos. Sigue unido a cada hombre y cada mujer que viene a este mundo, padeciendo su mentira, su oscuridad, su odio o su resentimiento, todas estas formas de muerte que nos matan. Sigue a su lado diciéndoles, con su presencia, que les ama, que es con ellos, que está con ellos. Que está a su lado para siempre.

Cuando hoy celebramos el Amor, celebramos este Amor de Dios que se ha hecho presente en nuestro mundo, que ha tomado carne en Jesús de Nazaret y que nos sostiene cada día porque el Espíritu de Dios lo comunica a nuestras vidas de tantas y tantas maneras a lo largo del día, a lo largo del mundo.

Celebrar el Amor de Dios como hacemos en este día significa celebrar que este Amor incondicional, invencible, victorioso, inagotable e inapagable ha venido a nuestro mundo y ha vencido en él. Significa que el Amor que Dios ha puesto en el mundo desde el primer día, y del que hoy celebramos la victoria, está venciendo en todo y en todos hasta el final de los tiempos. A ti te toca contemplar este Amor, dejarte sobrecoger por su Inmensidad y consentir en ella –o no hacerlo-. Pero el Amor sigue, fiel y desconcertante, inmenso y preciso, sobrecogedor y lleno de ternura, llenándolo todo.

Hoy celebramos el Amor. Este Amor que regenera, restaura, transforma y llena de vida todo lo que se deja penetrar por él.

Para celebrar este Amor inmenso de Dios, hoy celebramos el día del amor fraterno. Que no es el modo como nos queremos o tenemos que llegar a querernos las personas, sino que es el modo como nos amamos los unos a los otros con el Amor que hemos recibido de Dios. El modo de amarnos que hemos aprendido de Dios. Esto quiere decir que Dios te está amando y que, en la medida en que recibes este Amor inmenso, incondicional, inagotable, infinito y todos los adjetivos enormes que le quieras poner, y se lo das a las personas con las que te encuentras –más personas cada vez, más Amor cada vez- estás amando a tus herman@s con el Amor de Dios.

Hoy también celebramos la dimensión sacerdotal que somos por el Bautismo. Que no es decir “somos” sacerdotes (ni bautismal ni ministerialmente, aunque haya quien sea algo de esto, o de los dos), sino que es vivir intercediendo por nuestros hermanos, como hemos visto hacer a Jesús.

En este día celebramos que el Amor de Dios se ha plantado en medio de nuestro mundo y lo ha transformado todo. Esta es la verdad. Pero no se ve por el hecho de que abras los ojos, ni se ve porque tengas muchas ganas de verlo. Lo mismo que en el ordenador sólo puedes escribir con Word si tienes el Word instalado, esto solo lo puedes verlo si tienes “instalados” en tu corazón la fe, la esperanza y el amor que nos permite ver y vivir la vida con la mirada de Dios.

Para celebrar en este día esta victoria del Amor, te propongo que te pares a mirar, más allá de lo visible –guerras terribles, sufrimiento sin límite, amor de mentira, abusos y engaños de todo tipo-, cómo la realidad descansa en este Amor. Este Amor de Dios que, más allá de lo visible, en el fondo que lo sostiene todo, no teme a nada, que no se niega a nadie, porque su deseo es unirse a nosotros totalmente, y así vence.

Contempla al Amor acercándose a las heridas, a las enfermedades, a las soledades, a las oscuridades. Contempla qué pasa con ellas cuando no das más peso a eso doloroso tuyo que a la presencia del Amor. Contempla cómo se transforma la realidad en presencia de este Amor.

Contempla a los seres humanos que han sido así transformados por el Amor. Mira cómo se acercan a sus herman@s, el Amor que les comunican, el amor que se genera y la fuente de vida nueva que este amor es. No dejes de reconocer que este amor tiene también que enfrentarse muchas veces con el mal, con la muerte, con el miedo.

Contempla a estos hombres y mujeres que han quedado heridos por el Amor para siempre y viven para amar: los hombres y mujeres que viven intercediendo por sus hermanos, suplicando hasta el fin de los tiempos para que los que no tienen vida, que tengan Vida…

Contempla esta realidad transformada por el Amor. Deja que tu mirada se ensanche a la medida de este misterio, de este Amor inmenso que es lo único que puede transformar toda la tierra.

Cree, espera y ama lo que se te ha dado ver, sea mucho o poco –y siempre es mucho, pues es algo de Dios que se nos da-, de este Amor que está amándolo todo…

 

Imagen: María M.

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