La mirada del mundo, la mirada de Dios

Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos: sed cautos como serpientes y cándidos como palomas. ¡Cuidado con la gente!, os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas. Os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y los paganos. Cuando os entreguen, no os preocupéis por lo que vais a decir; pues no seréis vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablando por vosotros. Un hermano entregará a la muerte a su hermano, un padre a su hijo; se rebelarán hijos contra padres y los matarán. Seréis odiados de todos por mi causa. Quien resista hasta el final se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, escapad a otra; os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga este Hombre. No está el discípulo por encima del maestro ni el siervo por encima de su amo. Al discípulo le basta ser como su maestro y al siervo como su amo. Si al amo de casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los miembros de su casa! Mt 10, 16-25

Jesús, que hasta ahora nos había hablado de cuál ha de ser nuestro modo de actuar, nos habla ahora del mundo al que nos envía. Un mundo que no quiere a Dios y no quiere, por tanto, a sus enviados.

En la entrada anterior decíamos que es Jesús mismo, con quien vivimos en relación, el que nos enseña y nos conduce. Esa enseñanza, incluso si la reconocemos deseable, es para nosotros un aprendizaje. Jesús nos dice cómo hemos de vivir en el mundo, y para eso hemos de desplazar nuestro modo de mirar el mundo, nuestro modo de estar en el mundo.

¿Por qué hemos de desplazar nuestro modo de mirar el mundo? Porque Jesús es la verdad. Y si Jesús dice que seréis odiados de todos por mi causa, esa es la verdad. Hay que sacudirse, por tanto, la visión ingenua que pretende que las personas se alegran al escuchar el anuncio de Dios. Se alegran, lo veíamos en la perícopa anterior, las gentes que merecen la paz, y esto nos remite de nuevo a Dios. Al contrario de lo que nosotros queremos ver, no es solo que no nos estén esperando con los brazos abiertos, sino que, cuando efectivamente seamos con nuestra vida proclamación de Dios, lo que suceda pondrá a la luz lo que hay en los corazones: si tu hermano te entrega a la muerte, o lo hace tu padre, o lo hace tu hijo, quizá[1] se esté manifestando ahí que rechazan a Dios.

Esto, siempre, tiene que ver con la relación con Jesús: si estás unida a Jesús y vives para proclamarlo, correrás la suerte del Maestro. Y esto, siendo doloroso e injusto, será sin embargo privilegio, puesto que te asemeja a Jesús: Al discípulo le basta ser como su maestro y al siervo como su amo. Por ello, prepárate -cuando la lógica de nuestro mundo que está tan presente en ti diga lo contrario que Jesús-, a rechazar la lógica del mundo, para ir fortaleciendo tu mirada con la lógica de Jesús.

El fundamento, decimos, es la relación con Jesús que nos hace discípulos, que nos hace servidores. Porque estamos unidos a él, correremos la misma suerte que él: es lo mismo que decir que si estamos siendo odiados, o perseguidos, si los que considerábamos familia o considerábamos amigos nos entregan a la muerte, quizá sea que se refleja en nosotros el amor de Jesús, su modo de ser y de entregarse. Esta vida que prefiere la relación con Jesús a todo lo demás, incluso a la propia seguridad y a la propia vida, es el verdadero privilegio.

Esta vida que se fundamenta en la relación con Jesús, en la amistad de Jesús, tiene otras reglas. Te persiguen y te rechazan como a él, porque el mundo está enfrentado a Dios; pero también te defiende el mismo Defensor al que Jesús se acoge: el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que anima a Jesús te guiará, estará sosteniéndote: él pondrá palabras en tus labios que serán ocasión de vida (para dar testimonio ante ellos y los paganos). Es el Espíritu Santo el que realiza esta vida que proclama la salvación de Dios, esa vida en que somos más de lo que los humanos podemos ser: a la vez, astutos y sencillos; a la vez, odiados y no vencidos; a la vez, débiles y capaces de resistir hasta el final; a la vez, constantemente perseguidos y ciertos de la victoria final; a la vez, humillados y victoriosos en favor de los hermanos.

Una vida que nos da temor… ¡esa es la mirada del mundo! Una vida que habla de la presencia de Jesús en nosotros, una vida que garantiza la victoria sobre el mundo, y en favor de muchos, por la fe en Jesús hasta el final… ¡esa es la mirada de Dios!

[1] Este “quizá” no expresa ninguna duda respecto de la palabra de Jesús, pero sí sobre la valoración de las reacciones de los demás: si nosotros no somos al modo de Dios, no podemos pensar cuando nos rechazan que es porque reflejamos a Dios, sino quizá porque les escandaliza nuestro pecado. La palabra de Jesús es siempre verdadera, pero hay que discernir hasta qué punto somos, nosotros, reflejo de Dios.

Imagen: Erol Ahmed, Unsplash

1 comentario en “La mirada del mundo, la mirada de Dios”

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