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La paz: un don y una necesidad

En el estado de whatsapp de la profesional, una mujer, que ha venido a nuestra casa a arreglar una cerradura, dice “Si no me genera paz, sino es “de verdad”, no me interesa”. Me ha encantado encontrarme esto, teniendo en cuenta la anemia espiritual que suele haber en nuestra sociedad.

Porque “esto” es una afirmación espiritual, capaz de iluminar el resto de situaciones que vives en la vida.

Me ha encantado porque, además, este criterio que la cerrajera ha hecho suyo, experimentado, descubierto, es un criterio fundamental en los procesos espirituales. Una paz que viene de otra parte, que no se altera con los cambios de presión, sea psíquica, física o existencial.

Esta paz es la que Jesús Resucitado desea a sus discípulos.

Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: ¡Paz a vosotros! Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían un espíritu. Pero él les dijo: ¿por qué estáis turbados y vienen estos pensamientos a vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo. Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. Lc 24, 36-39

Jesús desea la paz a sus discípulos, y ellos reciben esa paz si creen en él. El que el primer deseo del Resucitado sea la Paz, nos habla, como decimos, de la importancia de esa paz. El que ha muerto para que tengamos vida nos desea la paz, su paz, para vivir.

Su paz es una paz que ha vencido sobre el mal y la muerte: Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo. No es, por tanto, la paz de que salgan de tu casa quince niños y la casa se quede en silencio. No es la paz de cuando cierras la puerta el viernes al volver del trabajo buscando dejar fuera los asuntos que te agobiaban. No es una paz externa que se consigue a base de dejar fuera lo que nos estorbaba, lo que nos agobia o hace sufrir, sino que es una paz que se percibe consistente en el propio interior. Una paz tan sólida que se construye sobre el mal, el pecado y la muerte. Por eso Jesús les enseña las manos y los pies, mostrando que esas marcas de violencia se han convertido en lugar de victoria.

Nos da su paz porque la posee en plenitud. Y es que esta paz que vence sobre el mal y la muerte es signo de una vida nueva, la que viene después de la muerte, la vida del Resucitado que desea, como primera medida, darnos a nosotros su paz… y su vida. Una vida nueva marcada por la paz, que es otro modo de estar en la vida. Por la comunión que nos une con Dios y con todos los hermanos, entre nosotros. Una vida que, por ser victoria del Espíritu, es enteramente humana: Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.

En esta vida nueva, enteramente espiritual porque es enteramente humana, como la vida de Jesús lo ha sido, el Amor inmenso de Jesús que quiere darse a nosotros viene en forma de paz, que se revela así como el fundamento de la vida nueva.

Reconoce esta paz en ti. Pide a Jesús su paz, si no la tienes. Renuncia a lo que haga falta para tenerla. Y luego, sé verdaderamente humana, humano, viviendo la vida nueva que arranca de la paz que es victoria del resucitado y primer don de su Amor.

Imagen: Daniel Mingook Kim,Unsplash

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