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Sobresaltadas en la periferia de la vida (II)

Hoy te traigo un extracto de unas charlas que ha dado Conchi Jiménez, religiosa de Villa Teresita, hablando de las personas con las que vive día a día. Te atraerá como atrae lo pobre (si ha llegado a atraerte… si no es así, Dios quiera que te llegue). Esta es la segunda de las entradas que dedicamos a estas palabras llenas de evangelio, llenas de vida. Por si quieres ver la primera, aquí te dejo el enlace.

Si quieres saber más de Villa Teresita, te dejo este enlace.

Las mujeres van al sepulcro, buscan a Jesús, el Amor que ha seducido su vida y que ya no está, y ahí se les anuncia la Pascua, la Vida.  Y es que aunque parezca paradójico, hay una vida nueva que solo se puede experimentar cuando se ha transitado el sepulcro, la muerte.

Isabel Garbayo, nuestra fundadora, en la Pamplona de los años 40 del siglo pasado, se sintió empujada a acercarse a los “sepulcros” de su ciudad. Conoció a las mujeres de prostitución, primero desde su ventana, viéndolas pasar una vez a la semana cuando iban a la policía a sellar el carnet de prostitutas y a hacerse el registro sanitario. Las vio de lejos, pero ya intuyó el dolor que llevaban bajo el maquillaje y el aparente alboroto. Al tiempo, pudo conocerlas de cerca en el hospital donde ingresaban habitualmente por enfermarse de sífilis, “Soy una amiga vuestra y me gustaría, si me lo permitís, venir a veros y charlar con vosotras”[1]. Así, sencillamente, comenzó una relación que la llevó después a visitarlas en las casas públicas.

Encontró mujeres de buen corazón, que habían perdido el amor en su vida y se habían visto enterradas en un mundo oscuro, de violencia, de abuso, de ninguneo, de explotación. Y es, a petición de las chicas y en docilidad al Espíritu, que un tiempo después abre la primera casa, la primera Villa Teresita. El deseo de Isabel de tener “un corazón de apóstol”[2], la llevó a anunciar la Vida, a ser casa de Dios donde rehacerse, dónde recuperar el amor perdido y experimentarse hija amada del Padre.

Las desechadas, las desqueridas tocan el corazón como presencia viva, a veces desde la cruz, a veces resucitadas. Veamos algunos encuentros de esos que te calientan por dentro:

Hace pocos días vino a vernos una de las chicas nigerianas que conocíamos de la calle. Había dejado de ejercer la prostitución desde el año pasado porque se casó con un chico español; él obrero y con trabajos discontinuos, ella asistiendo a un taller en el que apenas le pagan doscientos euros al mes, pero entre ambos, con unos ingresos suficientes para vivir sencillamente. Pero una nueva losa le había caído encima. Su “jefa”, la madame que la trajo a España, le reclamaba que siguiera pagando la deuda que tenía pendiente. Florence había pagado ya 30.000 de los 42.000 euros que le reclamaban por su viaje a España, pero al negarse a continuar con el pago, no dejaban de extorsionar a su familia en Nigeria. De momento no habían llegado a mayores presiones, pero ella sabe de lo que son capaces. En otra ocasión que había intentado cancelar los pagos, secuestraron a su hermana pequeña durante tres meses, hasta que claudicó y continuó pagando.   Y aún así afirma con rotundidad: “Dios me ha librado de la muerte, me ha salvado….secuestraron a mi hermana, pero volvió, a mí me envenenaron, y Él me protegió (Mc 16, 18); me dispararon pero las  balas se desviaron. Él siempre ha estado a mi lado”.

Carlos, cómo él mismo es, tiene una forma peculiar de anunciar. Un día de Adviento, estaba en la terraza de casa cuando de repente empecé a escucharle a gritos por la calle “viva el bien! Viva el bien!”. Lo decía con voz clara y potente, generalmente a Carlos no se le suele oír con tanta claridad. Es un chico de la calle, enfermo mental, drogodependiente, vive de una pensión no contributiva y de lo que saca mal tocando la flauta por el centro de la ciudad. No sé cuántos años tiene, ni de dónde procede, porque cuando está mejor habla de una ciudad del norte y de las riquezas de su familia que algún día tendrá que heredar, pero lo cierto es que su vida es pura miseria; mal come, mal viste, mal duerme en cualquier banco y aún así, es capaz de gritar viva el bien!

Me asomo para verlo y observo las caras de asombro con que le mira la gente al pasar. Le saludo y le digo “pero qué contento vas!” “Pues claro hermana, porque yo creo en el bien!” es su respuesta. Sigue caminando un poco más “¡viva el bien, viva el bien!”, se para, se gira  para mirarme y con más fuerza aún grita “cuando crees en el bien, el mal nunca triunfa..y yo creo en el bien!”. Se da media vuelta y continúa su camino “¡viva el bien, fuera el mal!”, hasta que dejo de escucharle en la lejanía.

Carlos, como un profeta cualquiera, va gritando por las calles la fuerza del Bien. Él que en sus carnes experimenta cada día el peso del mal, de la precariedad, de la soledad y pobreza, es capaz de decir a gritos y con fuerza, que nada de eso tiene la última palabra, porque cuando creemos en el Bien, el mal no triunfa.

Carlos, como tantos profetas de la historia, es mirado por los demás con extrañeza, con desprecio incluso. Sólo un loco va gritando así por las calles…un loco o aquel que sabe que el Amor y el Bien siempre triunfan. Así, aquella mañana, Carlos fue para mí un profeta de esperanza, una voz que en medio del desierto que puede ser la ciudad, seguía siendo testigo, desde su vida, de que Dios no abandona a los pequeños. A aquellos que el mundo margina y acalla, Dios les da fuerza para gritar ¡viva!

 

[1] Diario de Isabel Garbayo pág 6

[2] Diario de Isabel Garbayo pág 1

 

Imagen: de la página web de Villa Teresita,

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