1ª lectura: Isaías 8, 23b-9, 3
Salmo 26, 1bcde.4.13-14
Segunda lectura: 1 Corintios 1, 10-13. 17
Evangelio: Mateo 4, 12-23
Muchas veces escuchamos que la primera lectura es de un profeta. Sin embargo, nos cuesta asociar esa profecía con el presente de Jesús, al que teóricamente se refiere. Nos parecen promesas antiguas, muy grandes en general, que no vemos cómo se realizan en la vida de Jesús. Otras veces, sí. Vemos que se refieren a él, pero nos sigue costando aterrizar algo tan grande en una vida tan concreta y tan conocida como la de Jesús. Tampoco lo miramos mucho. Reconocemos que no sabemos de Biblia, que seguramente tiene que ver, y seguimos adelante, o vamos a otra cosa. Tampoco la homilía pone, en general, mucha luz sobre este asunto (por ejemplo, diciéndonos que nos formemos sobre Biblia a base de hacernos amarla…).
El caso es que seguimos igual y nos perdemos palabras y realidades enormes por no saber bien qué hacer con ellas.
Hoy lo tenemos un poco más fácil: el texto de la primera lectura se repite en Mateo, y nos dice que Jesús tiene la intención de manifestar en su vida que se cumpla en sí lo del profeta Isaías. Quizá esta parte nos da un poco de trabajo (lo dejamos ahora), pero no podemos dudar que nos dice que esa luz grande que ha brillado sobre las tinieblas y que anunció Isaías, es el propio Jesús. Que Jesús es la luz que ilumina en el corazón de la oscuridad, transformándolo todo.
Nos habla también de que aquella profecía se concreta de un modo bien preciso: llamándonos a la conversión, bendiciendo las vidas de aquellos a los que llama, y de otros muchos a través de ellos.
Quizá no sabíamos qué es esa luz o de qué modo ilumina, pero tomándonos en serio la Palabra, se nos hace claro: estábamos en tinieblas, a oscuras, y Jesús es la Luz que viene a iluminar nuestras vidas: ¿tienes experiencia de esto? ¿Crees esto? Porque puede pasar que lleves toda la vida celebrando la Eucaristía y no tengas experiencia de su salvación. Cuando experimentamos que en él está la salvación, nos convertimos, esto es, nos giramos hacia Jesús, dejando atrás, dando de lado a aquellas cosas, personas, experiencias que hasta entonces habían ocupado nuestra atención y nuestro corazón.
El evangelio nos habla de esa pasión por Jesús que mueve a los que se encuentran con él: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Tenían una vida, y su corazón se ve de tal modo atraído por Jesús que dejan lo que era esta vida y van tras él. Inmediatamente expresa de modo luminoso esta atracción inmensa que Jesús produce, que hace brillar el corazón con una luz nueva, sea cual sea nuestra respuesta visible.
También puede darse la experiencia de haberse encontrado con Cristo y poner luego el corazón en los que no son él, volviendo a las tinieblas. De eso habla Pablo a los Corintios, mientras su corazón se mantiene ardiente en la llamada que Cristo le ha hecho.
A la luz de los textos, puedes hablar con el Señor y ver cuál es tu respuesta, tu vida.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Drahomir Posteby-Mach, Unsplash

“Mar de fueguitos”, un poema de Eduardo Galeano que a mí me habla de esa marca a fuego que Dios ha puesto en cada una de las personas de este mundo…
https://youtu.be/Hqdk03No6Dc
Mil gracias por tu aportación, Gilen! El poema es precioso y muy sugerente. Y nos hace hermanos, a la vez que hijos!