Mi vivencia de la Eucaristía desde hace cuatro años está profundamente conectada con la misión que realizo viviendo entre los refugiados de diferentes países del mundo en la frontera entre México y los Estados Unidos.
Siempre nos preparamos para la Eucaristía: meditamos la Palabra de Dios y guardamos silencio.
Para mí, la Eucaristía comienza reflexionando sobre cuántas personas recibimos cada día, cuántas serán liberadas por los oficiales de la frontera. Siempre, si el número es grande, es motivo de alegría; y si es pequeño, también da alegría, aunque acompañado de la esperanza de que el gobierno de Estados Unidos se vuelva cada día más sensible y ofrezca más oportunidades a quienes buscan un mejor futuro.
Cuando llegan en autobuses al albergue, es como iniciar la Eucaristía y decirles: “El Señor esté con ustedes, que tengan paz”. Estas palabras de bienvenida iluminan sus rostros, que pasan de la angustia a la alegría al escuchar que ya son libres.
Luego comienza un breve momento de introducción sobre cómo actuar y vivir en el albergue. Es como la “Palabra de Dios” que busca crear una comunidad solidaria, respetuosa y colaborativa. Por unos días u horas, estamos invitados a vivir como familia. Es hermoso ver cómo, desde el principio, con mucha humildad, se crea un auténtico ambiente de familia.
La Eucaristía se realiza en el altar para nosotros se hace presente en la mesa, en la comida que ofrecemos. Es conmovedor ver los rostros atentos, muchas veces con los ojos cerrados, antes de comer. Hacemos una oración que encierra tanto: es como cerrar una etapa de vida llena de peligros, sufrimientos y abusos. Para muchos, o para la mayoría, la Eucaristía significa recibir un plato caliente preparado con amor, servido como un acto de humildad, similar al lavado de los pies. Los voluntarios se acercan a los cansados refugiados y les ofrecen lo que ellos mismos han preparado. Este momento es de reconciliación y sanación de heridas, que muchas veces se manifiestan en los pies o en la piel lastimada tras haber pasado por alambres de púas.
Luego viene el momento de la comunión, un banquete compartido donde se intercambian experiencias vividas. A menudo, en este momento, se comparte no solo el sufrimiento y las situaciones peligrosas, sino también la certeza de que el único refugio y amparo que tuvieron fue Dios. La comunión entre los refugiados no distingue religión ni iglesia; todos ponen a Dios en el centro de su vida.
Después de este encuentro, hay un profundo agradecimiento, alegría y palabras de optimismo. Por primera vez, pueden dormir tranquilos y serenos, compartir bonitos momentos, jugar con los niños, conversar y reír.
Finalmente, llega el momento de la despedida, cuando consiguen pasajes para continuar su viaje. Con abrazos y bendiciones, les deseamos que vayan en paz y continúen su nueva aventura en este país.
Por esto digo que para mí, la vida en el refugio es como una Eucaristía: dar la bienvenida, compartir la vida, aliviar el sufrimiento, ofrecer confianza para desahogarse, acompañar a las personas que lloran, quedarse en silencio, pues muchas veces lo único que queda, y luego, nutridos espiritual y corporalmente, bendecidos con oración de un buen viaje cuando van al aeropuerto, recordando siempre que Dios es el centro de nuestra vida. Así como decimos “La misa ha terminado, vayan en paz” pido a Dios que los siga bendiciendo allá donde vayan.
Estos días, al celebrar la Eucaristía, mi recuerdo estaba muy vinculado al momento de la Eucaristía en que partimos el pan, para mí significa esta fractura que hay entre nosotros como humanidad. Lamentablemente, cada día paso por el Muro durante quince o veinte minutos donde hay tantos seres humanos que sufren y padecen toda clase de abusos: de poder, de violencia, fuertes agresiones. En ellos se ve este Cuerpo Partido, Cristo, representado en las mamás, en los niños, como Jesús cuando le pusieron la corona de espinas, su cuerpo desgarrado por los golpes que ha recibido. Los mismos golpes que reciben las mamás, los niños, los jóvenes, todas las personas que atraviesan el río y pasan después arrastrándose a través de los cercados para alcanzar el muro. Jesús partido en tantas personas.
Por otro lado, Jesús en la Eucaristía, cuando la Iglesia ora por las necesidades de tantas personas en el mundo, trato de vivir con todos los voluntarios que todos seamos sensibles a esto, que no seamos indiferentes, de manera que la Eucaristía sea ocasión de recuperar la dignidad humana. La Eucaristía nos ayuda a revestirnos de Cristo, como guerreros espirituales. Sin este fundamento profundo por el que recibimos la fuerza de Él porque él quiere abrazar al extranjero, dar de comer al hambriento de Mt 25. Veo que mucha gente, no solamente yo, vive esto, sino también los voluntarios.
Hoy voy a celebrar la Eucaristía con mis hermanas contemplativas, ya ancianitas, que en su limitación están intercediendo por los que están de tantos modos encerrados. Esta Eucaristía compartida con ellas me da mucha alegría porque nos lleva, a unos y a otros, a suplicar y a comunicar la libertad de Cristo. A veces no es fácil, porque muchas personas no entienden el tema de los emigrantes, las personas que viven en su mundo de protección y confort y rechazan a los emigrantes porque tienen prejuicios que les hacen tratarlos como criminales. Este espacio de celebrar con las hermanas me habla de la libertad del Espíritu pues ellas, a pesar de estar encerradas y vivir limitación por su falta de salud, siempre están abriendo nuevo horizonte y se unen a esta dimensión de la Eucaristía que abraza a todos.
Imagen: anónimo
