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¿Qué te hace salir corriendo hacia l@s otr@s?

Hoy te traigo una parábola que seguramente conoces: la del buen samaritano. Está en Lc 10, 25-36. Está dentro de un contexto, que es la pregunta que un maestro de la ley hace a Jesús para tenderle una trampa. El contexto es importante, sin duda. Pero como la historia tiene bastante contenido para esta entrada, nos vamos a centrar en ella. Luego tú, si quieres, puedes ir al fragmento entero y preguntarte sobre lo que ha hecho a Jesús responder así al maestro de la ley. Es emocionante encontrar respuestas a las cuestiones que nos plantea el evangelio.

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó… salteadores… se alejaron dejándolo medio muerto. Esto es terrible, sin duda. Y muy común, también. Hablamos de cómo aumenta la violencia en nuestra sociedad, y eso significa que aumentan los hechos como este: la violencia de los muchos contra uno solo, de los fuertes contra los débiles, la agresividad que se desata sin límite y muchas veces sin control, generando muerte que toma tantas formas.

La parábola nos ha contado que en este contexto, lo normal es desviarse: importa más mi propia seguridad, mis justificaciones para desviar la vista (y para ello el corazón) ante este ser humano que necesita de nuestra compasión. La parábola nos dice que el levita y el sacerdote se desvían y pasan de largo. Es su manera de decir que el saber de Dios, el servicio de Dios pueden no haber alcanzado tu corazón, y si tu corazón está inerte porque te guían la seguridad, o el miedo, o las prisas o eso que te espera al llegar a donde vas, tu vida estará despierta en lo que se refiere a la seguridad, al miedo, a las prisas o a las tareas. Pero no a tu hermano.

Luego está el samaritano. Una identificación socio religiosa, como para los otros dos. Y una identificación de su persona: lo que hace. Qué importante es lo que hacemos a la hora de ser quienes somos. En esta parábola, la actitud interior de los tres hombres que pasan por el camino se define por su hacer. Tenía algo que hacer, nos dice -iba de viaje-, pero eso que tenía que hacer no lo tenía atrapado. Detuvo lo que le llevaba por ese camino porque sintió compasión de él. El que se acerque a él, le vende las heridas después de habérselas curado con aceite y vino y lo monte en su cabalgadura, llevándolo al mesón y cuidando de él, nos indica lo que domina en este hombre: la compasión.

En el samaritano, la compasión se despierta al encuentro de la necesidad. En los otros, se despierta el miedo, la prisa, la seguridad o… . No se nos dice qué, mientras que en el samaritano sí se nos dice que sintió compasión… quizá sea por algo.

No es lo mismo cuando “me activo” ante mis miedos, mis comodidades o mis neuras del tipo que sea que cuando “me activo” ante la necesidad de una hermana, de un hermano.

No es lo mismo saber quién es mi prójimo -una pregunta a la que sin duda el levita y el sacerdote sabrían responder- que responder ante mi prójimo, como hace el samaritano.

Vamos a intentar no sacar una conclusión moral del tipo: “la parábola dice que tenemos que ocuparnos de los necesitados y no desviar de ellos nuestro camino”. No lo hagamos así, porque sería una nueva receta, un saber que no por sabido se transforma en vida. Más bien, vamos a mirarnos viviendo para constatar cuál es nuestro modo de estar en la vida: si reconozco en mí un corazón que siente compasión y se activa ante los hermanos, o si tengo que reconocer que mi corazón solo se mueve cuando oye hablar de dinero, o de cómo me valoran, de si atenderán a mis propuestas o si se acordarán de mí para…

Cuando vea qué pasa en mi corazón, le pido ayuda a Jesús. No me propongo cambiar yo, sino que le pido a él que vaya poniendo en mí ese corazón que se compadece y se detiene junto al dolor de mis hermanos.

Seguramente, le tendremos que preguntar todo a Jesús. Quizá le preguntemos, como el maestro de la ley, “y quién es mi prójimo”, cuando ya sabemos la respuesta: ¿de quién te compadeces? No alargues la conversación diciendo cosas como “yo no puedo ocuparme de todos porque entonces no haría lo mío”, y cosas que seguro que ya has pensado o dicho antes. Si le pides a Jesús que te enseñe, él quizá no te dirá nada, pero te pondrá a personas ante las que detenerte, más cada vez. Personas ante las cuales tu corazón sale de su lugar y se lanza a socorrer, vendar las heridas, llevar en tu cabalgadura y acompañar el tiempo que sea necesario.

Si no lo haces, tendrás más ocasiones. Dios quiere que nuestro corazón despierte al amor.

Si lo haces pero te quedas corta, o te pasas, tendrás más ocasiones. Dios, que es Amor, se vale de la vida para enseñarnos a amar.

Imagen: Annie Spratt, Unsplash

2 comentarios en “¿Qué te hace salir corriendo hacia l@s otr@s?”

  1. ¡ Qué alegría me da leer que Dios siempre se vale de la vida para enseñarnos a amar ! Los mejor de nuestra vida está siempre ahí, cuando amamos. Ojalá estemos atentos a esas situaciones en las que podemos amar en vez de pasar de largo.

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