Revivir nuestro bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7

Sal 28, 1a y 2. 3ac-4. 3b y 9b-10

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10, 34-38

Evangelio según San Marcos 1, 6b-11

En aquel tiempo proclamaba Juan:
— Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias.
Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.
Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:
—Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.

Hace dos  semanas, celebrábamos el nacimiento de Jesús. El domingo pasado la liturgia nos presentaba la familia en la que Jesús nace,  y nos la proponía como referente para vivir nuestras propias familias.  La vida que nace con Jesús, viene a decirnos así, es una vida al modo de Jesús.  Jesús ha supuesto tanto en la vida de los que creemos que se ha convertido en nuestra vida, de tal manera que en adelante todo lo que vivimos lo referimos a él: la familia,  las opciones, las fidelidades,  los amores.

Por eso, en este domingo en el que celebramos el Bautismo del Señor, se nos propone el mismo movimiento: mirar a Jesús para saber como queremos vivir nuestra vida.

La mayoría de los que acudimos a la Eucaristía  de cada domingo, la mayoría de los que leemos las entradas de este blog, fuimos bautizados  en un tiempo bastante lejano. Entonces fueron otros, en nuestro nombre,  quienes  quisieron que nuestra vida estuviera marcada con la señal de la cruz y de la resurrección,  con el signo de Cristo. A lo largo del tiempo,  hemos tenido muchas ocasiones para confirmar aquella elección que otros hicieron por nosotros. Si estamos aquí es porque hemos consentido en aquel bautismo,  bien de modo agradecido y gozoso, bien porque no hemos encontrado nada mejor. Pero aquí estamos, y el bautismo de Jesús nos confronta con nuestro propio bautismo, ese que hemos confirmado nosotros en algún momento de nuestra vida.

El bautismo de Jesús significa obediencia a Dios. Cuando miras a Jesús, ves que esa obediencia no es ovejuna ni acomodada. Jesús proclama públicamente que se somete a Dios en todo,  y para manifestarlo se mete en las aguas del Jordán como lo haría, como está llamado a hacerlo cualquiera de nosotros, los que tenemos pecado.

Cuando nosotros entramos en las aguas del Jordán – lo veíamos el  segundo domingo de Adviento,  si recuerdas-,  salimos vigorizados,  limpios de nosotros mismos y dispuestos a dejarnos conducir por Dios en adelante.

Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán conducido por el Espíritu,  su humildad llena de tal gozo al Padre que se rasgan los cielos para cogerlo en brazos y celebrar,  en medio de todos,  el gozo que le produce al Padre este Hijo que en todo se deja conducir por él.  Podemos decir,  y es verdad, que seguramente nadie se enteró a nivel visible de lo que estaba sucediendo en lo profundo cuando Jesús salió del agua.  pero el que no se viera visiblemente no niega nada de lo que sucedió en lo profundo: la presencia de Dios contemplando amorosamente nuestro mundo y dejándose llevar por su Amor hacia este hijo, al cual todos estamos llamados a contemplar. La imagen del Padre  dándose en el Hijo,  la imagen  del Hijo que se deja conducir por el Espíritu en todo momento, la imagen de su Amor  destacada en esta ocasión en primer plano en nuestro mundo, nos abre a esas realidades de las cuales no solemos tener conciencia: la presencia trinitaria,  amorosamente vuelta sobre nosotros, nos revela que nuestro mundo descansa en un Amor. Que Dios se goza en este mundo y nos ama tanto como para darnos a su Hijo y enseñarnos así a vivir.  Que Dios nos ama tanto que celebra también de este modo a cada uno de nosotros cuando, de tanto mirar a su Hijo, de tanto dejarnos conducir por el Espíritu, empezamos a parecernos a él.

¿Te parece una vida deseable?  Si no la ves como tal, pídele al Espíritu que aclare tu mirada y tu corazón hasta que veas,  porque de verdad merece la pena.  Si la puedes ver como deseable,  pídele al Espíritu que te haga vivirla.

La lectura de Isaías nos dice en qué consiste este parecerse a Jesús: No gritará, no clamará, no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.
Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará
hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas.
Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano,
te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.
Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión,
y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas. 

El entusiasmo de Pedro por Jesús,  expresado en la predicación que hace en la segunda lectura,  nos transmite también  lo que Jesús ha supuesto para nuestro mundo: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.

No sé qué plan tenías para tu vida, pero, ¿has considerado este de mirar a Jesús y parecerte a  el, viviendo como él, amando como él, entregándote como él?  No es fácil ni difícil… el don del bautismo que recibiste – no tus cualidades, ni tus fuerzas, ni tus ganas- es la potencia para hacerlo posible.

Hoy puede ser un buen día para celebrar nuestro bautismo y la vida que se nos ha regalado en él.

Si quieres, cuéntanos en los comentarios cómo lo estás celebrando.

 

3 comentarios en “Revivir nuestro bautismo”

  1. Yo como q he leído varias veces esta entrada, sobretodo la parte de «no es fácil ni difícil, el don del bautismo recibido lo hace posible..» , y me quedo descolocada. Pero mejor. Viendo q me supera, y creyendo en El, en lo q puedo. Q ojalá sea más cada vez. Gracias a Juan por ser luz y estrella q le señala a Jesús. Por ese don, tan desbordante, q es el bautismo q el Padre nos regala en el Hijo. Así es?

    Bso!

    1. Sí, Carmentxu. Un don desbordante, el más desbordante de todos, que es el Hijo. Y en él, el bautismo, por el que el Hijo se revela como tal. El camino por el que nos enseña cómo es ser hijos, el camino -pues el bautismo se nos ofrece a nosotros: no el bautismo de preparación de Juan, que ya hizo lo que tenía que hacer, sino el bautismo definitivo de Jesús, que Juan anunció- para ser hijos e hijas de Dios, unidas a Jesús.
      Creer en lo que podemos, adorar en lo que se nos conceda. Por ahí hay camino, Carmentxu.

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