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Una vida totalmente otra, totalmente nueva (II)

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (3,13-15.17-19)

Sal 4,2.7.9
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,1-5)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,35-48)

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.»
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma.
Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»
Dicho esto, les mostró las manos y los pies.
Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?»
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

Puedes descargarte el audio aquí

En el relato de resurrección que acabas de leer/escuchar, llama la atención el empeño de Jesús en mostrar a los discípulos que es él. El mismo que conocieron en vida, el mismo que vieron crucificado y muerto, es el que acaba de presentarse en medio de ellos y les saluda con el saludo acostumbrado: “Paz a vosotros”.

Insiste después en que no se alarmen, se enfrenta a sus dudas y les confirma que es él mismo: soy yo en persona. No soy un fantasma, soy yo en persona.

Después les pide algo de comer y lo come delante de ellos, como el evangelista subraya.

Y aún les aclara que todo lo que les había dicho mientras estaba con ellos, que todo lo escrito en la ley de Moisés, en los profetas y los salmos acerca de mí tenía que cumplirse. Y después, para que comprendan no solo racionalmente, sino de verdad (por la fe, decíamos la semana pasada) lo que les dice, les abrió el entendimiento.

Mucho empeño por parte de Jesús para que crean en él: la confirmación viviente de lo mismo que los discípulos están hablando, el venir a socorrerlos en su miedo y en sus dudas, el dejarlos acercarse para que lo toquen y vean que no es un fantasma, el comer delante de todos y el abrirles el entendimiento para que comprendan todo lo que las Escrituras dicen acerca de él, y que todo se ha cumplido.

¿Por qué, tanto empeño? Sin duda, porque Jesús ha ido a la muerte para que tuviéramos vida –no la vida “semivida”, la que se vive sujeta al mal, al pecado y a la muerte cada día, todos los días, sino esa Vida que es totalmente otra cosa, la vida que viene de Dios y responde a su amor, a su acción- y ahora viene él mismo a anunciarnos que ya estamos en otro orden, en otro eón, en otra Vida, la que el Padre nos regala por Jesús.

Pero tanto empeño no es sólo para que los discípulos sepan que Jesús ha resucitado y tengan esa vida, sino para que ellos mismos, al recibir esta Vida de la que tienen tantas pruebas, se hagan testigos: con todas estas pruebas los convence, y los hace testigos. Y como testigos empezarán a vivir una vida nueva, esa que consiste en otra cosa: en predicar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén.

El encuentro con Jesús Resucitado constituye a los que le esperan, a los que creen en él, de discípulos, en testigos. Y es que si has tenido experiencia de algo tan grande que saca la vida de sus goznes y te coloca en un suelo nuevo, más firme, eso que experimentas lo reconoces a la vez como capaz de dar sentido, luz y fundamento no solo a tu vida, sino a toda vida humana; no sólo a toda vida humana, sino al mundo entero. Porque la verdad es que, cuando experimentas que Jesús ha resucitado, conoces a la vez que la Vida plena, la vida para siempre, brota desde aquí.

Esto es lo que te hace testigo. El tener experiencia de que Jesús es el fundamento de la realidad, en Quien todo se sostiene, por Quien todo arraiga, de Quien recibe vida y sentido todo lo que tiene Vida y Sentido.

Seguramente, tú también percibes –igual solo borrosamente, oscuramente, o quizá con intensidad y firmeza… de todo hay entre los discípulos- que la resurrección de Jesús lo cambia todo.

Pero, una vez que experimentas esto, te lías:

Porque dices que esa es una experiencia tuya, y que la tienes que vivir con Jesús en tu interior. Sí que hay que vivirla en el interior, pero no solo: por su naturaleza, que es como la de la luz, como la del fuego, como la de un huracán, tiende a recrearlo todo. Desde tu interior o viniendo a ti desde fuera, pero su naturaleza no es para ser guardada, sino para alcanzarlo todo, para ser comunicada.

O dices que te gustaría comunicar lo que se te ha dado, pero que no sabes hacerlo. Ya ves qué bien está esta historia de los discípulos: ellos hablaban de estas cosas, pero cuando Jesús se presenta en medio de ellos, se dan un susto de muerte; y querían creer, pero tienen dudas; y luego, cuando se dan cuenta de que es él, aún les cuesta creérselo, esta vez por la alegría… pero Jesús les dará nuevas pruebas, como pedirles algo de comer…

Vamos, que ese lío que tienes no es en nada distinto del de los discípulos. Ellos también quieren vivir el encuentro con Jesús desde lo que conocen, a su modo, y es el propio Jesús el que les irá enseñando cómo lo tienen que vivir, qué es lo que tienen que hacer. Tampoco ellos sabían lo que era ser testigos hasta que Jesús se lo dijo… con ese modo que tiene de decir las cosas que –si creemos- hace que sean.

Por si dudas, ya has escuchado la primera lectura: Pedro, antes bravucón o cobarde –de todo podemos ser, y hasta en un mismo día-, ahora ha sido hecho testigo, y vive para anunciar a Jesús y llevar a otros hombres y mujeres –empezando por Jerusalén, como Jesús ha dicho-, a la fe en Jesús, muerto por Amor y resucitado para nuestra salvación.

Entonces, este encuentro con Jesús lo vivieron los discípulos. Hoy, Jesús recorre la tierra haciendo, de los que se llaman discípulos –y también de algun@s que no tenían ni idea-, testigos: hombres y mujeres que no quieren saber otra cosa que a Jesucristo, y este crucificado (cf. 1Cor 2, 2), y viven del deseo de anunciar esta salvación portentosa de Jesús a sus hermanos. Y es que…  ¿quién más ha sido capaz de enfrentarse a la muerte para que tú tuvieras vida de la buena?

¿Te consideras discípul@? ¿Testigo? ¿Tienes dudas y aún te preguntas, como aquellos de entonces? ¿Esperas un encuentro con Jesús que te cambie la vida?

¡Si quieres, podemos hablar de esto en los comentarios!

Imagen: Kristine Weilert, Unsplash

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