Aprender sabiduría (III)

En aquella ocasión Jesús tomó la palabra y dijo: —¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, ésa ha sido tu elección. Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo. Acudid a mí, los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy tolerante y humilde de corazón, y os sentiréis aliviados. Porque mi yugo es blando y mi carga es ligera. Mt 11, 25-30

Desde que nacemos, para abrirnos paso en la vida, empezamos fijándonos en modelos que encontramos a nuestro alrededor. A veces de modo inconsciente vas adoptando este rasgo de tu padre o de tu madre que se te impone, que te atrae, o que es el único que reconoces. Otras veces nos fijamos en modelos de nuestro entorno, los de las personas que admiramos por algún motivo, aquellas en las que reconocemos los rasgos que nos gustaría tener.

Más adelante tenemos que tirar esos modelos porque, incluso si nos hacen bien –no te digo si nos hacen mal, si nos estorban-, te impiden crecer desde lo que llevas dentro (claro, para esto hay que desear desarrollar un “sí mismo” y no solo dejarse llevar por la superficie, por lo que nos rodea). Si llegas aquí, te afirmas autónomamente y despliegas desde tu interior, a base de escucha y paciencia, lo que llevas inscrito en tu interior.

En esta etapa de desarrollo autónomo vas descubriendo que quieres ser con otros y para otros (esto no es un imperativo externo: es el movimiento de autodonación que experimentas como más verdadero cuando la persona está conectada con lo que es), y te despliegas desde ahí. En este momento, si llegamos hasta aquí, la persona que hemos llegado a ser experimenta que para realizar eso que lleva dentro, tan grande, necesita de una guía. Incluso si la ha tenido a lo largo de todo el camino, ahora lo experimenta de otro modo: necesita un referente mayor para ser todo lo que está llamada a ser y a ofrecer. Tanto, que ni ella sabe cuán grande y profundo es eso que intuye.

Cuando Jesús ha sido amigo, referente, compañero de camino, se presenta ahora como el verdadero Yo mismo. Aquí resuena de otro modo el Yo Soy: efectivamente, lo que estamos llamadas a ser, es Jesús. Aquí se entiende eso de que hemos sido hechas a imagen de Dios. Descubres que de lo que se trata en la vida no es de hacer esto o lo otro, ser esto o ser aquello, mucho menos competir o leer la vida como amenaza o frustración: cuando vives en relación personal con Jesús (para esto te has hecho persona, para establecer una relación con Jesús), descubres que sobre esta relación pivota la vida. Que esta relación es sentido, fuente y fin de todo lo que estás llamada a vivir, porque todo ello consiste en manifestar el amor de Dios.

De tal manera que en adelante miras a Jesús. Él es tu referente, pero no para imitarlo desde tus proyecciones ni por tus fuerzas, sino para realizar en tu vida lo que él es. Jesús es lo que todos los seres humanos estamos llamados a ser.

Por si esto te resultara muy abstracto, vamos a concretarlo con el texto que tenemos para hoy.

Jesús, la Sabiduría de Dios, se llena de alegría por el modo de hacer de Dios. Por ese modo que no sigue los usos del mundo, sino que goza al bendecir a los sencillos. A los que tienen un corazón limpio que puede reconocer a Dios y alabarlo. A los que tienen un corazón pobre que no desea otra cosa que hacer la voluntad del Padre. A los que no se aferran a su propia lógica sino que confían en el Padre y se abandonan a él a cada paso. A los que son capaces de captar en medio de la vida el modo de hacer del Padre, su amor por el Hijo, sus designios de salvación, tan profundos para nosotros. A los que consienten, imitando al Hijo, en la voluntad del Padre. A los que en su humildad no buscan conocer al Padre sino por el camino seguido por el Hijo. A los que no tienen otra dicha que la alegría de Dios, y en ella encuentran todas las demás.

A aquellas, a aquellos que han creído las palabras del Hijo y las siguen fielmente. A aquellos que no se amargan cuando Jesús nos manda cargar con su yugo, cuando nos enseña a aprender de él, a quienes obedecen a sus palabras y experimentan alivio, como él había dicho, que les ayuda a creer y a obedecer más. A los que aman tanto a Jesús que beben y viven de sus palabras. A los que lo miran tanto que ya no buscan sabiduría, ni méritos ni preferencias. Los que no buscan otra cosa que no sea estar con él, dejarse conducir por él a donde sea. A los que no tienen otra voluntad que hacer su voluntad, se les pega la sed de Jesús por aliviar el cansancio y el agobio y el dolor de sus hermanos. Aprenden de Jesús y cargan con su yugo, y aprenden así a amar y a cargar el yugo de sus hermanos.

Hombres y mujeres que de tanto mirarle, de tanto amarle, de tanto desearle y esperarle, reflejan a Jesús en su propia vida.

¿No te produce un gozo profundo el reconocer que el Padre ha querido para nosotros una vida así? ¿Que el Padre quiere, y hace, que las cosas sean así? ¿Que su Hijo sea así? ¿Que sean las gentes sencillas las que conozcan su amor y vivan llenas de gozo, y que lo puede ver quien agache el entendimiento y tenga limpio el corazón?

¿No te da alegría que Dios sea así? ¿No reconoces que su alegría se hace tu alegría, y que en tu alegría está el mismo Dios alegrándose? ¿Percibes que eso que vives, en pequeño, refleja esta alegría de Jesús cuando alaba al Padre en medio de todo, por lo que Es y hace?

Imagen: Paweł Czerwiński, Unsplash

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