Celebrar a Dios en Sí mismo

Primera lectura: Dt 4,32-34.39-40

Salmo responsorial: 32

Segunda lectura: Rm 8,14-17

Evangelio: Mt 28,16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

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En este domingo celebramos, junto a todos los cristianos, “la solemnidad de la Santísima Trinidad”. Es una palabra enorme, esta de “solemnidad”, que nos viene bastante grande y se aviene mal con nuestra vida de todos los días. Ni siquiera nos vestimos de fiesta los domingos, como se hacía antes, y tampoco nuestras mesas festejan estas cosas, sino otras, normalmente al ritmo de las “festividades” personales, como cumpleaños y aniversarios. Y si nos quitan el vestido y la mesa, ¿cómo celebrar una “solemnidad”? No es que esta sea una forma muy adecuada, pero es el modo que tenemos: engalanarnos, engalanar nuestras cosas –a menudo, solo por fuera-, para celebrar algo que sabemos que es grande y… que no sabemos celebrar.

Este no saber me recuerda al modo como están los niños en las fiestas de los pueblos: ven a los mayores de fiesta, juntándose, riéndose, moviéndose en otro ritmo que el de todos los días, y se llenan de alegría. Una alegría que expresan como los niños saben expresarla: juegan, se ríen, quizá un poco más nerviosos de lo normal porque, no sabrán lo que pasa… pero saben que es fiesta.

Esto es lo que te propongo como disposición para este día: nosotros los adultos, como los niños, sabemos poco de cómo celebrar algo tan grande. Pero sí podemos saltar y reír (¡por dentro al menos, pero sin límites!), cantar con todas nuestras fuerzas cuando se proclamen las lecturas, engalanarnos porque celebramos a la Trinidad santísima, amorosísima y humildísima, que lo es todo y habita entre nosotros. Celebramos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que quieren habitar en cada corazón y conducirlo desde dentro. Celebramos a nuestro Dios que es Relación y nos ha enseñado a vivir en relación, con él, entre nosotros, con todos y para todos. Celebramos a nuestro Dios que es Comunión y que, si le dejamos, no parará hasta hacer de nuestra vida comunión del modo que la comunión es, en nosotros y en Ellos: fecundidad amorosa que se extiende hasta la última célula de la tierra, llenándolo todo de vida y de amor.
Y es que, como dice el texto del Deuteronomio que hemos escuchado como primera lectura, ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Como decíamos, esto es demasiado grande para nuestro corazón –¡ni te cuento para nuestra inteligencia!- y seguramente no sabemos qué hacer para celebrar que Dios es así. Pero, ya que tu corazón cree, por inmenso y desconcertante que sea, que Dios nos ha revelado quién es él, nos ha tratado con amor desde el comienzo, dándonos un mundo y rescatándonos la vida al precio de la vida de su Hijo; ya que tu corazón se admira, sin saber cómo, de tantos signos y prodigios de Dios en medio de la historia, en medio de la Iglesia, en medio de la vida y de tu vida; tu corazón se maravilla de que este Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu… ¡¡¡nos ha hecho hijos suyos!!!, y ha puesto en nuestro espíritu el deseo de dejarnos llevar por su Espíritu, la certeza de ser hijos de Dios…El estupor y la maravilla de sabernos hijos de este Padre de misericordia infinita, a imagen de este Hijo que ha dado la vida por nosotros, para vivir la vida conducidos por el Espíritu del Amor… El privilegio de haber sido elegid@ para ver todas estas cosas y anunciarlas… ¿cómo no tener el corazón alegre para festejar a Dios, cómo no mantener el corazón atento a este Amor y a esta Alegría?

Y esta alegría, lo decíamos al principio, no es porque no seamos realistas e ignoremos quiénes somos. Si has escuchado el evangelio de este día, entre los discípulos hay quien adora, y hay quien vacila. ¿Y cuál es la respuesta de Jesús? Darnos más de su vida, de su misión: el que tiene pleno poder en el cielo y en la tierra, nos confirma en una misión que viene del Padre, es el deseo del Hijo y será por el Espíritu que se haga verdad en nosotros: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Y cantamos, gritamos, celebramos de nuevo con el asombro maravillado de la primera lectura: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante? ¿Qué Dios es tan grande como este que –humildad infinita-, se goza en los pobres de la tierra y tiene en ellos su morada? ¿Qué Dios tan misericordioso el que nos colma de Amor a cada instante –a todas, a todos, a todo? ¿Qué Dios tan desconcertante el que nos encarga hacer lo que él ha hecho, vivir como él ha vivido, y estará con nosotros cada día?

No digas que no sabes celebrar esto. Es verdad, pero no importa. Lo que importa es que todo lo que eres, pequeñ@ como eres, se alce para alabar a este Dios que se nos ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu y nos ha llamado a vivir una vida como la suya.

Imagen: Tyler Gebhart, Unsplash

2 comentarios en “Celebrar a Dios en Sí mismo”

  1. Gracias por ensalzar quién es Dios. Dios Trinidad. Recibo y acojo la invitación a celebrarLe con solemnidad y frescura.
    Desde hace mucho tiempo el icono de Rublev me acompaña. Con los años se han ido vivificando las tres personas del icono.
    Te celebro, mi Dios.

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