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El cuerpo, morada de Dios. Relectura a la luz de Hebreos (III)

En la carta a los Hebreos se destaca una transformación por la cual un orden antiguo (el del AT), que es superado por un orden nuevo: el del NT, que se inicia en Jesús. En nuestros tiempos, después de tantos siglos conociendo la integración que se da entre el NT y el AT, seguimos viviendo más insertos en lo que en la lectura integral del NT hemos llamado humanidad natural que en lo que hemos llamado humanidad según Jesús, por lo que nuestra vida sigue encontrándose lejos del orden nuevo manifestado en Cristo. Por eso una y otra vez volvemos a dicho orden nuevo, para ir reconociendo su sabor y sus signos, fijándonos ahora en aspectos concretos de dicha humanidad.   

Recuerdas que en torno al mes de Febrero te ofrecimos un comentario de la carta en clave orante? Ahora vamos a seguir ahondando en las consecuencias de dicha novedad, para abrirnos a vivir, en los distintos aspectos de nuestra vida, a la luz de la novedad que es Jesús. En estas entradas trabajaremos el tema del cuerpo.

El relato de Juan que venimos leyendo (Jn 1, 35-39) nos sigue narrando cómo, en vista de este atractivo que han reconocido, empiezan a seguirle. Nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestra vida orientados tras los pasos de uno que vive unificado: sus pasos son el Camino, y caminar tras sus pasos se revela como el modo más fecundo de caminar.

Y he aquí que se vuelve, les mira y les pregunta. Y en su mirar reconocen la Verdad que iban buscando. Le preguntan dónde vive, porque lo que han visto de él les lleva a desear conocerlo más y más, hasta acercarse íntimamente al misterio de su presencia adorable, inmensa.

Y él los atrae hacia sí, acogiéndolos, preparando el encuentro: Venid y lo veréis. El ver que al comienzo asociábamos al creer, va cogiendo de este modo densidad. Fíjate cómo va aumentando esa densidad: a través de la palabra de Juan, de lo que les ha dicho de Jesús, de lo que ellos mismos han percibido al contemplarlo, y sobre todo, de esta intimidad última en la que el progresivo acercamiento –puede ser el relato de un encuentro, o de toda una vida- culmina en comunión íntima: Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él. Eran como las cuatro de la tarde.

Así se relata la intimidad, como encuentro en que Jesús nos ha permitido entrever su vida… y se han quedado allí, porque han descubierto que en él se encuentra lo que buscaban.

Otra característica del encuentro entre los humanos es el modo como dicho encuentro nos transforma: aquel día, con aquel sol de las cuatro de la tarde, ha quedado para siempre en la memoria de su corazón como el momento en que se encontraron con la Vida. El encuentro con la persona de Jesús ha marcado un antes y un después en su vida. Los que descubren su morada no son los que caminaban tras los pasos de otro, sin saber si ese otro los conduciría al encuentro definitivo, o si sería uno más al que se apegó nuestro corazón sediento. Los que han pasado con él aquel día han experimentado una luz en su corazón que conduce firmemente sus pasos, han conocido una mirada que unifica el ver y el creer, el Camino, la Verdad y la Vida. En adelante, se trata de vivir con el Maestro, como el Maestro.

Lo llamamos Maestro así, con mayúsculas, porque él nos enseña acerca de la Vida. ahora, en concreto, esta enseñanza se dice en relación al cuerpo.

En Jesús se nos revela cómo vivir, según Jesús, desde este cuerpo que somos:

  • Caminar por la vida siendo presencia de Dios, reconocible y atrayente, entre los humanos. Siempre reconocible y siempre atrayente, porque somos imagen de Dios y vivimos unidos a él (si no es atractiva según Jesús, ¿cómo lo reconocerán?).
  • Caminar reflejando también esa presencia temible y desfigurada –el cordero de Dios– que expresa el consentimiento profundo, y que muy pocos van a ver. Los que le sigan, lo hacen porque perciben su Seducción infinita, más poderosa que el dolor y la muerte.
  • Caminar sabiendo que tu persona es referente para otros: bien cuando vas por tu camino, bien cuando te giras y te diriges a los que siguen detrás de tus pasos, porque quien vive unido a Dios, lo refleja.
  • Caminar reflejando a Dios en medio de la vida, de tal manera que lo visible sea reflejo de ese más que no se puede producir ni imaginar, pero que nos deja anhelando –“pasó por estos sotos con presura, y vestidos los dejó de su hermosura”-: la figura humana de Jesús promete el todo de Dios. Esto lo reconocemos –lo podemos reconocer, ahí está- en todo aquello en lo que Dios está amando, está presente. Nos abrimos así a la densidad de lo real, preñada de Dios.
  • Y todo esto sucede mostrándonos que el cuerpo es capaz de manifestar a Dios… cuando se acalla y se hace espacio para reflejarlo, cuando aspira a no reflejar sino Su luz. Descubrimos así que el cuerpo es lugar de Dios, y que su sentido no está en vivirse para sí mismo, sino en orientarse plenamente según Jesús.
  • De este texto llama la atención que toda la escena está orientada a Jesús, cómo él mismo se reconoce como referente radical… y Jesús nos lleva más allá de sí, al Padre. Jesús nos revela de este modo cómo vivir nuestra existencia: siendo plenamente lo que Dios quiere, a la vez que vivimos vacíos de toda apropiación por tanta plenitud, por tanta vida. Así es como el cuerpo, al servicio del Espíritu, está llamado a manifestar esta orientación radical.
  • El encuentro que se realiza en la intimidad de los amigos, siendo enteramente espiritual, es siempre y ante todo encarnado: una casa que descubres como la mejor morada deseable, un rostro concreto, el de Jesús, desde el que partir y al que volver. En estas coordenadas se redefine, para el ser humano, la vida.
  • Al conocer a Jesús, descubren que Jesús vive en: el lugar al que los conducirá y al cual los precede es lugar concreto desde el que la vida se despliega hacia Dios. El relato de Juan nos revela sobre la promesa de reconocer en nuestra vida lugares, personas, experiencias… desde las cuales encontrar nuestro centro personal –Jesús es personal y no un ente etéreo- desde el que partir y al que, siempre, volver.

Estas claves que hemos extraído del texto nos permiten juzgar la existencia humana natural, con sus luces y sus sombras, al modo como lo hacía el autor de Hebreos en relación al culto y al sacerdocio. No es según su propia perspectiva, sino desde lo que ha acontecido en Jesús como contemplamos la realidad en verdadera luz.

Ahora, detente a contemplar lo que decimos aquí, y experimenta la Vida que se abre al mirar la realidad a esta luz.

Imagen: Intricate Explorer, Unsplash

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