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El sacramento de la reconciliación (II)

Venimos ahora a profundizar en el sacramento de la reconciliación en el deseo de que estas reflexiones liberadoras nos ayuden a percibir la fuerza liberadora de este sacramento.

Seguimos escuchando al sacerdote que pertenece a la Renovación Carismática (citamos el libro al final de esta entrada), desde el punto en que lo dejamos en la entrada anterior.

  1. La confirmación de la dificultad
  2. La explicación
  3. La penitencia y la absolución
  4. La oración para obtener curación, liberación y fuerza.

Hay dos grandes cuestiones que pueden ayudar mucho a identificar la dificultad: “¿Cuál es para ti la causa de tu problema?”. Y la segunda: “¿Cuándo se planteó este problema por primera vez?”. El Padre Francis MacNutt aconseja obtener la respuesta a estas cuestiones antes de orar para pedir la curación interior. Está claro que las respuestas harán surgir las causas que subyacen al problema.

Gracias al sacramento de la penitencia, una madre de familia numerosa puede descubrir que ella se compadece de sí misma y que se complace en una especie de complejo de mártir, que habitualmente se manifiesta en su manera de reaccionar ante sus hijos. Estos son los términos en que ella describía su curación en una carta un mes después:

Gracias a los consejos y a la oración, gracias también a una investigación completa de mi alma, tú has discernido perfectamente que tenía un hábito inveterado, que se había afirmado a lo largo de los años, en el modo de darme a mis hijos. Has rezado conmigo para curarme y en el espacio de algunos minutos, he comenzado a experimentar una paz interior que no conocía desde hace años.

Dos meses aproximadamente después de haber recibido el sacramento otro penitente escribía:

He pensado mucho en usted en los últimos tiempos. Quiero agradecerle vivamente nuestra última entrevista. Doy gracias al Señor por haberte hecho conocer cuál era mi problema. Desde que usted oró por mí, he experimentado un sentimiento extraordinario de libertad; ¡¡¡el muro presente entre él y yo ha desaparecido, ha desaparecido para siempre!!! Le doy gracias y le glorifico por su acción maravillosa. ¡¡Qué bueno es haber sido liberado de este fardo!! Mientras usted oraba por mí, sentía especialmente el peso opresivo pero la fe me decía que todo se arreglaría. Era verdad, y esa tarde, en la capilla, experimenté el poder del Señor que me liberaba completamente.

Oprimido después de los años por sentimientos de culpabilidad y de indignidad, una mujer escribía tres meses más tarde:

Estaré siempre agradecida a nuestro Padre del cielo y a usted por la curación que me ha otorgado gracias a vuestra bondad y a vuestras oraciones por mí. Usted me ha mostrado cómo aceptarme y cuál ha sido el amor de Dios por mí en el pasado, un amor que mi orgullo no me había permitido aceptar hasta entonces. A esta gracia formidable de luz debía seguirle alguna otra. Hoy no solamente he aceptado el pasado, sino que lo he aceptado con alegría.

En diversas ocasiones le ha sucedido al autor el sugerir tal o cual causa, tal origen para un problema, y escuchar al penitente decirle que esta misma causa había sido diagnosticada solo tras largas y numerosas sesiones con el psicólogo o el psiquiatra. A veces para identificar esta causa hará falta captar el encadenamiento completo de las experiencias que han conducido al penitente a las dificultades presentes. Más frecuentemente, bastará con entrever la causa de manera bastante precisa, y eso permitirá al penitente conocer la curación que necesita. A veces, evidentemente, la curación viene sin que se haya encontrado la causa del problema y esta se reconoce más que después, de un golpe.

La confirmación de la dificultad

Todo este proceso parecerá sin duda demasiado largo, más propio de la dirección espiritual que del sacramento de la penitencia. En realidad, no es necesaria una larga entrevista. El sacerdote no tiene necesidad de escrutar la vida de una persona; le basta ponerse a la escucha del Espíritu. En el examen se da una profundidad y una penetración que difieren según el desarrollo de cada penitente. Es el momento en que una de las partes sugerirá y el otro confirmará, cuando se puede pasar a la absolución.

Es importante que el sacerdote no se imponga en la confesión. Si el penitente admite y confiesa libremente su falta, debe dejar la identificación del pecado en el estadio en que se ha presentado. El sacerdote ha servido de instrumento al Espíritu Santo para ayudar al penitente a arrepentirse, preparándole para la absolución y para obtener la curación, la liberación o la fuerza.

Claramente, no faltarán ocasiones de practicar el discernimiento. El sacerdote deberá asegurarse de que las conclusiones a las que se ha llegado vienen del Espíritu Santo y no de lo humano. Quizá llegue a discernir en ocasiones la presencia manifiesta de una influencia maligna. Si el penitente no ha dicho nada de una intervención maligna en su vida, el sacerdote debe mostrarse muy prudente antes de mencionarla en el transcurso de la confesión, pero debe orar con calma para que el penitente sea liberado de ella.

Muchos penitentes carecen de la madurez suficiente para decir si la presencia del maligno en su vida es una certeza o una simple posibilidad. Se trata en estas ocasiones de un dominio bastante misterioso donde es difícil pronunciarse categóricamente. Los efectos del pecado original son tales que se pueden confundir fácilmente con una influencia demoniaca. Hay exegetas que admiten que algunas expulsiones de demonios realizadas por Jesús de las que nos hablan los evangelios no eran más que la curación de problemas de orden fisiológico o psicológico que tenían su fuente en el pecado original. Es preciso hacer experiencia de humildad. Algunos sacerdotes son capaces de discernir con certeza la presencia del demonio. La mayor parte, incluido el autor, no tienen la misma certeza. Hace falta por tanto poner el asunto en manos del Señor, seguros de que nuestra ignorancia no será obstáculo a su amor.

Si se ha reconocido la presencia tiránica del mal, el sacerdote podrá entonces preguntar al penitente si se ha entregado al ocultismo. El culto de Satán, la magia negra, algunas formas de espiritismo pueden conducir, para los que se entregan a ellos, a perder el libre control de su vida. En algunos lugares de placer, algunos comercios deshonestos, y en algunas formas de vida común, la presencia del maligno es tal que se dan ahí ocasiones inmediatas para caer bajo su dominio.

En estos casos, se seguirán las reglas generales de discernimiento de espíritus en relación a los mandamientos, a la moral evangélica, a las enseñanzas de la Iglesia y al sentido común. El sacerdote debe estar particularmente atento a los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, benevolencia, fe, dulzura, dominio de sí, así como a sus contrarios (Gal 5, 19-22). A menudo, la identificación del problema que está en la raíz del pecado vendrá acompañado en el penitente de manifestaciones de estos frutos y de movimientos auténticos de amor (1Cor 13). Más frecuentemente todavía, tendrá como fruto el vivir en la luz, que san Pablo nos dice que funda todo lo que es bueno y verdadero (Ef 5, 8-10). La eliminación de la raíz del pecado aparecerá entonces como un elemento de la construcción del Cuerpo de Cristo (1Cor 14).

El sacerdote no debe contar sólo consigo, ni apoyarse únicamente en su propia experiencia para identificar la dificultad o para confirmar el diagnóstico. San Pablo habla muy claramente del don de discernimiento de espíritus, así como de los mensajes de sabiduría y de ciencia (1Cor 12). Los sacerdotes deberían buscar estos dones en la oración y obedecer al consejo que san Pablo da a los Tesalonicenses: “No apaguéis el Espíritu”, sino “examinadlo todo con discernimiento” (1Tes 5, 19-21).

Para esta confirmación, queda precisar por último si el problema de fondo reclama una oración para obtener la curación, la liberación o la fuerza. La curación concierne a las heridas y en general a todo lo que estorba el crecimiento personal. Allí donde se constata la falta de amor o de comprensión, la traición, el rechazo, la alienación o algún acontecimiento desastroso en la base de las dificultades, todo indica que hay que orar por la curación. Generalmente, sucede igual para los escrupulosos, los drogadictos, los alcohólicos, los “crónicos”, los que están continuamente deprimidos o ansiosos.

Conviene orar para obtener la liberación del penitente  cada vez que se discierne la presencia de influencias exteriores malignas. Por “exterior” se entiende una mala influencia que el pasado del penitente no puede explicar y que, por otra parte, está en contradicción con su carácter y su vida espiritual. Generalmente es suficiente constatar que dichas influencias malignas bloquean o restringen el ejercicio de la libertad, sin ir más lejos en la búsqueda.

La explicación

Una vez establecida claramente la raíz del problema, y reconocido el pecado en sí mismo, el sacerdote explica al penitente que el Señor Jesús va a otorgarle su perdón –o a asegurarle el perdón ya recibido- por medio de la absolución sacramental. Si el problema que está a la raíz es una herida o una resistencia que requiere la potencia salvadora del Señor, el sacerdote precisa que a la absolución le siga una oración de curación. Si se ha discernido en la base una influencia netamente maligna, el sacerdote necesita hacer una oración de liberación después de la absolución. Finalmente, si alguna de estas oraciones no pareciera necesaria, el sacerdote puede sugerir que se siga una oración para recibir fuerza allí donde hay debilidad.

La penitencia y la absolución

El sacerdote debe imponer una penitencia que se derive lógicamente de la naturaleza de la confesión. Puede ser conveniente un texto evangélico sobre la curación. Se puede pedir al penitente que diga una oración expresando la confianza, el Padre Nuestro o el Magníficat por ejemplo. Pedir perdón a la persona por la que se ha experimentado rechazo o aún mejor, ayudarle. Dar testimonio del amor y la potencia del Señor conviene igualmente si el penitente es capaz de ello. A veces la mejor penitencia será participar en oraciones de curación. Todas estas penitencias están orientadas al futuro, y testimonian que la vida del penitente toma una dirección nueva. El mismo penitente sugiere con frecuencia una penitencia apropiada cuando se le incita a ello. La penitencia debería ser el signo del progreso futuro, y no un medio de obtener el perdón, porque el perdón es esencialmente un don gratuito del amor de Dios.

La absolución se da según las reglas. Lo ideal sería que predomine la alegría de ser reconciliado. La oración que sigue a la absolución conduce naturalmente a las oraciones para obtener curación, liberación y fuerza.

Oraciones para obtener curación, liberación y fuerza

El sacerdote conduce la oración simplemente, reposadamente y sin inquirir nada. Es completamente normal que el Señor Jesús que viene a llenar al penitente de su amor lo cure, lo libere y lo fortalezca. Lo que cuenta es el amor. El sacerdote debe desaparecer lo más posible. Es el Señor el que cura, libera y fortalece. Los estallidos de la voz, los trémolos y los gestos dramáticos están fuera de lugar.

El autor, cuando puede, pone sus manos sobre la cabeza del penitente, gesto que durante siglos fue el de la absolución. Parece que san Pablo hace alusión a ello en la instrucción que da a Timoteo (1Tim 5, 22). El obispo daba la absolución pública o canónica imponiendo las manos. La comisión litúrgica romana, en su relación de 1968, recomienda también que el sacerdote extienda las manos sobre el penitente durante la absolución.

La imposición de manos es una expresión tradicional eficaz de la oración de intercesión. A menudo, el sacerdote puede sentir cómo sale una fuerza de sus manos. Es una experiencia corriente en aquellos que comienzan a utilizar este modo de oración después de la absolución. La experiencia dice que la unción de manos de la ordenación toma entonces una significación nueva y profunda. Frecuentemente, los penitentes experimentan entonces la fuerza recibida como sensaciones de calor y de electricidad.

Al comienzo de esta oración, el sacerdote puede presentar al penitente al Señor en nombre de la Iglesia en virtud misma del sacramento de la penitencia. El penitente encontrará mucho provecho al remitir su arrepentimiento y su conversión a Dios. Se pueden hacer otras consideraciones en relación a esta oración. Dichas consideraciones ponen al sacerdote y al penitente en las disposiciones requeridas. (…)[1].

[1] M. SCANLAN, Puissance de l´Esprit dans le Sacrement de Pénitence, Pneumathèque, Paris 1977, pp. 21-42.

Imagen: Erika Giraud, Unsplash

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