Enseñanzas esenciales (IV). Parezca lo que parezca…

Lectura de la profecía de Daniel (7,13-14)

Sal 92,1ab.1c-2.5

Lectura del libro del Apocalipsis (1,5-8)

Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37)

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

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Jesús es rey. Se nos hace clara su realeza cuando escuchamos el salmo El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder, cuando proclamamos en respuesta: El Señor reina, vestido de majestad. Está claro que Dios está arriba, que reina sobre todo, que está sobre todo. Esta afirmación entra en nuestra idea de Dios de modo evidente.

También nos queda clara su realeza cuando escuchamos la proclamación del libro del Apocalipsis: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.» Aquí se nos habla de la victoria final, de aquella por la cual Dios se presentará deslumbrante sobre todos, también sobre quienes lo negaron. Esta idea no nos es ajena, aunque la entendamos un poco más conceptualmente que la anterior. Y es que es inherente a lo que entendemos como señorío de Dios el mostrarse superior a todos.

Y es que nosotros entendemos así la realeza: como un señorío por el cual la persona del rey se eleva sobre los demás. Como un reconocimiento. Como un poder, adquirido o heredado, por el cual la persona del rey se impone sobre todos los demás.

Entendemos que Dios reine sobre su mundo, entendemos que venza incluso sobre los enemigos, entendemos que no se le resista nadie… Y es verdad: este modo de mirar está implícito en nuestra idea de lo que tiene que ser alguien que reina.

Lo que nos cuesta mucho más es el ver a este rey juzgado. Sometido a un militar temeroso, desganado, que cree solo lo que ve: Conque, ¿tú eres rey?

También en esta circunstancia, Jesús se reconoce como rey. Y muestra a Pilato sus obras para atestiguar lo que afirma: Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. Jesús es rey, y su realeza se ha manifestado dando testimonio de la verdad. Jesús es la verdad, y su realeza la reconoce quien es de la verdad.  

Ahora, viendo a Jesús maniatado y sometido a Pilato cuesta mucho más verle como rey, ¿verdad? Nuestros esquemas culturales no nos han preparado para ver a un rey así. Sin embargo, dice Jesús, todo el que es de la verdad escucha mi voz, y reconoce que mi voz, mi modo de responder en esta Hora, la dignidad en el modo de enfrentarme a la muerte permiten reconocer la voz del Rey. De un Rey que se entrega por su pueblo, de un Rey que se ha hecho uno con los pecadores para que, rescatados, podamos un día reinar con él. De un Rey que deja su trono para venir a ser uno de tantos, y desde ahí nos revela el sentido de la realeza, del poder.

De hecho, en la lógica de Dios, este reinado que se humilla hasta lo profundo es el que indica que Jesús es rey. La escena que nos relataba en la primera lectura el profeta Daniel indica este señorío que se ha hecho eterno al hacerse temporal, que se ha hecho infinito al someterse a lo finito:  Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

En nuestro mundo, muchas veces nos parece ver a Dios vencido: nos parece verlo vencido cuando vemos a los poderosos jactarse de su poder; cuando vemos que a los que confían en él no parecen irles bien las cosas; cuando no disminuye, más aún, aumenta el sufrimiento de los pobres de la tierra y su desvalimiento; cuando el mundo da la espalda a Dios y no se ve que pase nada… En todos estos momentos, Dios es Rey. Tendrás que hacer tu mirada capaz de fe, de esperanza y de amor, que son las que permiten que veas en lo profundo. En todos estos hechos de frustración, de fracaso, de muerte o de pecado, Dios ya ha vencido. Todavía estamos en el entretiempo, pero ya ha vencido. Y a ti se te da la oportunidad de mirar la vida a esta luz.

No te pierdas esta enseñanza que nos da Jesús en el último domingo del año litúrgico. No desaproveches la ocasión de mirar desde su Victoria: Parezca lo que parezca… Dios es Rey.

Únete, con todos los creyentes, a esta proclamación inmensa y dichosa que canta a Jesús en este día: Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Imagen: Jon Tyson, Unsplash

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