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La pasión de Dios por nosotr@s

 [16] Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús. [17] Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron. [18] Jesús se acercó y les habló: —Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. [19] Por tanto, id a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizadlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, [20] y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.

En el anuncio que por dos veces se ha hecho a las mujeres. Primero el ángel, en el v. 7, a la vez que el anuncio de la resurrección, les indica dónde encontrarlo: Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis. Después el mismo Jesús (v.10), al presentarse ante a las mujeres, les da dos anuncios también: el primero, para quitarles el temor, el segundo, para indicarles el lugar del encuentro: No temáis; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea, donde me verán.

Se encontrarán en Galilea, el lugar donde la misión comenzó, donde comenzó todo, y desde este comienzo terreno de Jesús se va a dar este nuevo comienzo eterno: en la tierra, en medio de nuestro mundo, se dará el encuentro con Jesús victorioso que hará de los discípulos, de estos hermanos (v. 10), hombres y mujeres nuevos que llevan en sí la victoria de Jesús y la transmiten al entregarse.

Ahora los encontramos en Galilea. Creen en Jesús lo bastante como para ir a Galilea, pero su fe no es total, entregada, plena: se postraron, pero algunos dudaron. Nos dice así Mateo que los discípulos no son gente más creyente a priori, más inclinada a creer que los demás. Creen, con sus dudas, que es decir con sus oscuridades, con sus resistencias, con su no saber aún quién es Jesús, y menos, quiénes son el Padre de Jesús y el Espíritu Santo que han vencido a la muerte para siempre.

Para que nos quede claro quién es Dios, y cómo es.

Y quiénes somos nosotros, y cuál es nuestro lugar en esta historia.

Es a est@s discípul@s (¡aunque no se diga, cómo no van a estar las mujeres que han anunciado a los discípulos y los han acompañado hasta aquí!¡cómo no va a estar la madre de Jesús!) que escucharon en este mismo monte aquel anuncio de las Bienaventuranzas imposible de vivir y aun de desear, a los que, con su plena autoridad que no abarca solo a las palabras sino que se materializa en acciones, con su plena autoridad que lo hace Señor De Todo, en verdad y para siempre -y no como aquellos jefecillos que trafican con la mentira-, encarga a los discípulos que hagan discípulos. Les encarga, no porque sean mejores sino porque les ha dado su autoridad, que vayan por toda la tierra a hacer discípulos: hombres y mujeres que se encuentren con Jesús y experimenten esta buena noticia que es la buena noticia. La buena noticia absoluta, definitiva y totalmente salvadora: que la muerte y la resurrección de Jesús han venido a ser para todos, y esa voluntad de totalidad se materializa en bautismo que te consagra a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, Fuente de la que procedemos, Camino por el que la vida avanza, Fin que ilumina nuestro sentido y nuestros pasos.

La victoria de Jesús, que es victoria del Padre, del Hijo y del Espíritu, es victoria sobre la muerte que trae una vida nueva a nuestra vida en el mundo. La victoria de Jesús quiere ser nuestra victoria: quiere hacer que llegue a todos, y es poderoso para hacerlo así, incluso si su poder se manifiesta en representantes frágiles e inconsistentes, como lo somos los discípulos de todos los tiempos. La buena noticia es que Jesús, al recibir todo poder sobre el cielo y la tierra, lo que hace con ese poder es ponerlo a nuestro favor: nos consagra a Dios y nos instruye en una vida al modo de Dios, comprometiéndose a estar con nosotros siempre, con el siempre que solo Dios puede decir. Comprometiéndose, con su amor-poder, con su poder-amor, para que este deseo de darnos su vida, tan inmenso que lo llevó a la muerte, se realice y sea el motor de aquellos hombres y mujeres a los que hace sus discípulos.

Recordándonos eso que dice por nosotros, que lo necesitamos absolutamente para que nuestra fe se vaya afirmando: Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.

Quizá nosotros no estemos, ni con nosotros ni con otros, pero Jesús estará, y su amor-poder seguirán rescatando la realidad, llevándola más allá de la muerte.

Dime, ¿cabe una esperanza mayor? ¿Cabe una promesa más grande, un amor más inmenso, una certeza más plena para los momentos de oscuridad, para toda la vida?

Imagen: Wolfgang Hasselman, Unsplash

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