Mirar la vida como la mira Jesús (III)

Una vez que tenemos presente esto lo que Jesús nos ha dicho en Mt 6, 25-34, vamos a dar un paso más. Vamos a ver cómo Jesús, que nos exhorta a vivir así, ha vivido también él de este modo. Fíjate que lo llamamos, y es, el Salvador del mundo… y lo que ha hecho no ha sido ir corriendo por la vida, “apagando fuegos”, sino que ha vivido haciendo una sola cosa cada vez, lo que en cada situación le pedía el Padre. Ha sido consciente como nadie del pecado del mundo, y jamás lo vemos preocupado o inquieto–¡preocupación es la palabra que caracteriza nuestro vivir… siete veces se repite en este texto!-, sino enteramente entregado a cada situación que le toca, con una atención tan amorosa que lo ocupa todo y deja todo a Dios, que es quien cuida amorosamente de todos, de cada uno.

 

  • Nunca lo vemos, cuando enseña, preocupado o inquieto por el fruto que dará su enseñanza; sí lo vemos quejarse de nuestra incredulidad o ceguera, pero no desde la preocupación de quien se atribuye la responsabilidad de esta sino desde la denuncia de nuestra cerrazón.
  • Tampoco lo vemos organizando a los discípulos, como quien quiere dejar bien atado su saber o su legado. Por el contrario, confía en que lo que se está dando en el presente es lo mejor que pueden recibir, y que el Padre se encargará de que dé fruto –y así podemos verlo, hasta el presente-.
  • Ni siquiera en la hora más terrible de su vida, su pasión y su muerte, vemos que se dirija al Padre con algo que no sea su propio dolor, el que al presente sufre. Pero no se plantea duda alguna acerca del amor del Padre, ni cuestiona lo que el Padre quiere. Fuera de eso, no pide garantía alguna sobre el sentido de su muerte –lo que nosotros llamamos “redención”-: a él le toca entregarse, y se fía del Padre, despreocupándose absolutamente del fruto de su entrega… de todo lo que no sea hacer su voluntad.

Efectivamente, reconocemos que Jesús no ha vivido preocupándose, sino que ha vivido entregado al Reino de Dios y a lo que es propio de él, y su vida es el más pleno testimonio de lo que nos llama a vivir. Así es como nos muestra que la vida humana se puede vivir de otro modo… no por nuestra cuenta (=lo que nos hace preocuparnos).

Te puede ayudar también, como contraste y discernimiento, volver sobre la que suele ser tu mirada habitual, para descubrir qué es lo que detiene o limita tu mirada: cómo te comportas cuando haces un trabajo, o ante el temor de no encontrarlo; cuál es tu relación con el alimento y el vestido, en los que Jesús nos propone fijarnos; cómo reaccionas ante lo que te duele, lo que te hiere, lo que te agrada… qué modos de preocupación aparecen en tus reacciones, y qué otra manera de reaccionar, de vivir es posible, desde lo que nos muestra Jesús. Puedes mirar también cómo está tu corazón cuando vive, aunque sólo sea a ratitos, según esta entrega al Reino que Jesús nos propone como modo de vida, y cuando miras según tu mirada, según el mundo.

Será bueno que, en este día te ejercites, te entrenes en este modo de estar, y le pidas ayuda a Jesús cuando no puedas, fiándote. El ejercicio, aunque sea una breve experiencia, te permite saborear a qué puede saber así la realidad, al modo de Jesús, y que el Espíritu te conceda comprender qué te indica el Señor con ello.

Jesús mira la realidad de este modo, tan distinto del nuestro. Fíjate qué imposible es para nosotros vivir según lo que se dice aquí –no os preocupéis, fiaros- porque lo que Jesús dice lo escuchamos desde nosotros, desde nuestras fuerzas. En cambio, lo que dice Jesús se comprende en verdad desde donde él comenzaba: Fijaos en las aves del cielo… Fijaos cómo crecen los lirios del campo… desde ahí, no se trata ya de fácil ni difícil, sino de una existencia deseable que, quizá, no sabes cómo vivir hoy. Pero no estaría mal si al menos, a partir de lo que hemos aprendido mirando a las criaturas, saboreáramos internamente a qué se refiere Jesús. Luego nos quedará camino… pero al menos, sabemos que es desde nuestro lugar de criaturas desde donde se puede comprender lo que Jesús nos llama a vivir. De hecho, ya sabes algo: que lo nuestro es invivible.

Aunque ya sabemos cuánto nos suele costar, llevamos este rato mirando la vida desde la mirada de Dios. Llevamos ese mismo rato, al menos, aprendiendo de la creación de Dios, de sus criaturas y de su modo de obrar en ellas, sin distinguir si dichas criaturas son “superiores” o “inferiores” a nosotros, sino aprendiendo humildemente de esta Palabra de Dios que es su creación. Para hacerlo, nos colocamos nosotros también en nuestro lugar de criaturas, que reciben de Dios a través de lo que Él mismo hace en la realidad. Nos situamos donde nos pone Jesús, donde él se ha situado primero, queriendo aprender del Padre a través de todas las obras de sus manos.

Y puede ocurrir que, después de que has empezado a mirar al modo de Jesús, te quedes solo con tu mirada y no sepas cómo “revivir” la que Jesús nos ha enseñado… pero al menos, ahora sabes que la realidad es y se mira de otro modo. Sabes qué pedir, hacia dónde caminar, qué buscar… Habla con Jesús.

Imagen: Nathan Dumlao, Unsplash

 

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