Un modo de orar, un modo de vivir

 

Vosotros orad así:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; danos hoy el pan que necesitamos; perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

Porque si vosotros perdonáis a los demás sus culpas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas. Mt 6, 9-14 

La semana pasada nos fijábamos en las actitudes a la hora de estar en la vida. Y veíamos que las actitudes “mejores” a la hora de estar en la vida son aquellas en las que nos situamos desde el “más” de lo que somos, desde el Sí que somos. Y cuando somos desde ahí, desde lo mejor de lo nuestro, podemos responder al Padre de modo libre, amoroso y gratuito. De ese modo que nos propone Jesús.

En relación a la oración, Jesús nos daba una serie de indicaciones en cuanto a las actitudes que no hemos de tener, y a las que hemos de tener. Después de lo que decíamos en la entrada anterior, está claro por qué…

  • Las actitudes que no hemos de tener: no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar… para que los vea la gente; … no os perdáis en palabras como los paganos, creyendo que Dios los va a escuchar por hablar mucho.
  • Las actitudes que nos ayudan a encontrarnos con el Padre: Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

Jesús nos decía cuáles eran las actitudes para orar al Padre. Y nos dice, además, qué es lo que le tenemos que decir. En esta entrada vamos a detenernos en la oración del Padrenuestro, en la que Jesús nos enseña qué hemos de decir al Padre.

Lo primero que hemos de decir al Padre, nos dice Jesús, es:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre;

Cuando nosotros hablamos con alguien, lo primero que hemos de tener presente es a quién nos dirigimos, quién es esa persona en relación a nosotros.

En este caso, nos dirigimos a un Padre que nos mira como mira a su Hijo Jesús, con un amor inmenso. Este Padre no es “mi” Padre, sino que es “nuestro” Padre, y por tanto, cuando me dirijo a Él, tengo presente que es Padre de todos nosotros, y tendré que tener de algún modo presentes a mis herman@s al dirigirme a él.

Está en el cielo, en el lugar elevado, desde el cual contempla la realidad con Amor y está presente en ella… desde su altura, con su Señorío, por el que le alabo. Cada vez que digo Santificado sea tu nombre debería hacer consciente el deseo de que lo sea: el deseo y la intención de que Dios sea glorificado en todo momento y en todo lugar, como merece.

A menudo nos cuestan estas cosas que acabamos de decir. Nos cuesta dirigirnos a un Padre que quizá no se parece para nada a mi padre (en cualquier caso, es desde este Padre como se define a todo otro Padre, así que en la medida en que lo vaya conociendo, iré tirando mis ideas de los demás), y también nos cuesta mirar la realidad desde el “nosotros”, cuando nos sale tan rápido el decir “yo”. Haz el ejercicio y verás que te cuesta –claro- pero también que te abre a un modo de mirar más amplio y que por la fe irás percibiendo más real.

Lo mismo nos pasa con esa alabanza dirigida a Dios, que está en el cielo como Señor de todo, como sentido y luz de todo: santificado sea tu Nombre. Esta alabanza que deseamos que Dios reciba en todo momento nos saca de lo nuestro, nos coloca, al menos intencionalmente en clave de éxtasis, de salir de nosotros mismos. En el cielo, donde habitan los que miran a Dios y ven las cosas en verdad, se alaba y se celebra siempre a Dios, y se experimenta el gozo infinito de celebrarle. Cuando pronunciamos, como primera petición del Padre nuestro, este modo de mirar que nos es extraño, nos abrimos –si lo decimos con fe-, a otro de mirar y a otro orden de cosas que es más real, más verdad que el que usamos cada día.

Y Jesús nos sigue guiando: después de mirar al Padre y de mirarlo a su modo, nos enseña a desear que venga tu reino. No es una petición que nos salga natural, precisamente. Lo que a nosotr@s nos sale es actuar como “reyes” o señores, intentando imponer lo nuestro en la propia vida y en la de los demás. Lo mismo cuando pedimos Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo… no nos sale natural pedir esto, ¡no lo pediríamos si Jesús no nos lo hubiera enseñado así! Sin embargo, cuando empezamos a mirar y a pedir a su modo, lo primero que hacemos al pedirlo es desear mirar según este modo que decimos que sea…

En el Padrenuestro, Jesús nos enseña, en primer lugar, a mirar a Dios, a alabarlo por sí mismo, a desear lo que él desea y a desear lo que pedimos en clave de “nosotros” y no restringida al “yo”. De las siete peticiones del Padrenuestro, las tres primeras nos orientan para anteponer a Dios a lo nuestro, según el orden que las cosas tienen. Solo a partir de la cuarta petición atendemos a peticiones que se refieren a nosotros.

Y en estas cuatro peticiones, Jesús nos enseña también a mirar de otro modo que el que nos es “natural”. Primero pedimos que nos dé el pan de cada día, pero no en el modo y medida en que queremos tenerlo, sino el que necesitamos; y no para mí, sino en plural, para “nosotros”, como haremos también con todas las peticiones que vienen después.

En la petición que sigue pedimos perdón a Dios, y lo hacemos de modo comprometido: implicándonos en perdonar del modo que él perdona, esto es, haciendo efectivo su perdón sobre nosotros en forma de perdón activo sobre nuestros hermanos.

Después le pedimos que no nos deje caer en la tentación, y de que nos libre del mal.

Una característica de estas cuatro peticiones referidas a nosotros es el contenido de ella: el pan, como resumen de las necesidades materiales, viene seguido del perdón, resumen de toda vida nueva que arranca de él; luego le pedimos que no nos deje caer en la tentación cuando aparezca y que, del mal, nos libre Él. Esto es, visto desde Dios, el modo como nos hemos de situar en relación a estas realidades: qué es necesario y cómo vivirlo, qué podemos por nosotros mismos -recibir el pan que nos da, sin acumularlo, y perdonar a los demás del modo que le hemos visto a Dios perdonarnos- y qué podemos solo si Él lo hace en nosotros -sostenernos ante la tentación, y librarnos del mal que nos supera absolutamente-.

Decíamos que Jesús nos enseña cómo orar. Ahora vemos que este modo de orar que Jesús nos enseña requiere una transformación en nuestro modo de vivir, porque si no cambiamos nuestro modo de vivir, no podremos orar como él ora, como él quiere que oremos. Este modo de orar refleja ese gozo porque el Padre sea lo primero, nuestra alegría y nuestro horizonte, que Jesús vive y que nos enseña a vivir.

¿Reconoces que este modo de orar implica un modo de vivir nuevo? ¿Reconoces que este modo nuevo es según Jesús, y no según nuestros modos de siempre, demasiado sujetos al ego, al pecado?

¡Podemos seguir en los comentarios!

Imagen: Drew Coffman, Unsplash

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