«Porque tus palabras te absolverán y por tus palabras serás condenado»

Entonces le llevaron un endemoniado ciego y mudo. Él lo sanó, de modo que recobró la vista y el habla. La multitud asombrada comentaba: —¿No será éste el Hijo de David? Pero los fariseos al oírlo dijeron: —Éste expulsa demonios con el poder de Belcebú, jefe de los demonios. Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: —Un reino dividido internamente va a la ruina; una ciudad o casa dividida internamente no se mantiene en pie. Si Satanás expulsa a Satanás, ¿cómo se mantendrá su reino? Si yo expulso demonios con el poder de Belcebú, ¿con qué poder los expulsan vuestros discípulos? Por eso ellos os juzgarán. Pero si yo expulso los demonios con el Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el reinado de Dios. ¿Puede alguien acaso entrar en casa de un hombre fuerte y llevarse su ajuar si primero no lo ata? Sólo así podrá saquear la casa. El que no está conmigo está contra mí. El que no reúne conmigo dispersa. Por eso os digo que cualquier pecado o blasfemia se les puede perdonar a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no tiene perdón. A quien diga algo contra este Hombre se le puede perdonar; a quien lo diga contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en el presente ni en el futuro. Plantad un árbol bueno y dará fruto bueno; plantad un árbol enfermo y dará fruto dañado. Pues por el fruto conoceréis al árbol. ¡Raza de víboras! ¿Cómo podréis decir palabras buenas si sois malos? De lo que llena el corazón habla la boca. El hombre bueno saca cosas buenas de su tesoro de bondad; el hombre malo saca cosas malas de su tesoro de maldad. Os digo que el día del juicio los hombres deberán dar cuenta de cualquier palabra inconsiderada que hayan dicho. Porque por tus palabras te absolverán y por tus palabras serás condenado. Mt 12, 22-37

 

En estos últimos siglos, el psicoanálisis nos ha hecho caer de nuevo en la cuenta, desde otra perspectiva, de que lo que decimos traduce, manifiesta, hace patente lo que hay en nuestro interior. Mucho antes que el psicoanálisis, nos lo había dicho Jesús, mostrándonos desde otra perspectiva esa continuidad que hay entre lo visible y lo invisible.

En esta entrada vamos a continuar indagando en dicha continuidad, a partir de la situación grave que el evangelio nos presenta.

Jesús ha curado a un endemoniado ciego y mudo. Ante esta curación asombrosa, la gente se pregunta si Jesús no será el Hijo de David. Al oírlo, los fariseos se enfurecen y reaccionan al clamor popular diciendo todo lo contrario: Éste expulsa demonios con el poder de Belcebú, jefe de los demonios. Los fariseos acaban de asociar a Jesús con Belcebú, el jefe de los demonios. Además de que su argumentación sea inconsistente, como Jesús les muestra, porque Belcebú iría contra sí mismo al hacer esto, lo que sus palabras dicen es que su rechazo de Jesús es tal que son incapaces de ver la presencia de Dios en él, más aún, asocian sus obras al mismo demonio, a Belcebú.

Podríamos decir que esto lo han dicho los fariseos porque están tan enfadados con Jesús, y temen tanto que la gente lo admire o se asocie a él, que prefieren asociarlo a Belcebú que reconocer en él la presencia de Dios, la llegada del Reino de Dios.

Pero es que las palabras, nos dice Jesús, no son solo palabras. Estas palabras hablan del mal que hay en su interior, ese mal que se revela en que al mirar a Jesús no pueden ver nada bueno sino que ven en él el mal que se proyecta desde su interior.

Si ahora venimos a esa relación entre lo visible y lo invisible de la que hablábamos hace dos entradas, aquí tenemos un caso más grave de aquella misma mirada: si cuando tienes delante al Santo de Dios afirmas que sus curaciones son obra del poder de Belcebú, no es solo que tienes “un mal día”, sino que estas palabras tuyas indican que tu corazón está cogido por el mal hasta el punto de llegar a decir que las obras del Santo son obras del maligno. No son solo palabras, sino que tus palabras reflejan lo que hay en tu corazón.

Esto, que lo vemos en cualquier cosa de la naturaleza -es obvio para todos que el árbol malo da frutos malos-, nos cuesta creerlo cuando lo vemos en una persona o en un grupo. Sin embargo, cuando los fariseos dicen de él que su sanación ha sido realizada por el príncipe de los demonios, Jesús mantiene la continuidad entre lo visible y lo invisible: si tus palabras dicen esta mentira gravísima, es que tu corazón está cogido por el mal. Y es que decir que Jesús tiene algo que ver con el maligno solo es posible si tu corazón está cogido por ese maligno que es contra Dios. Decir que Jesús no viene de Dios, no ver a Dios en Jesús, negar su presencia es negar al Espíritu que lo confiesa en nosotros. Decir que en Jesús no está Dios, es negar al Espíritu presente en él.

Por el contrario, Jesús, como primero hemos escuchado en las palabras de la gente, da testimonio de que el Espíritu le ha hecho centro de todo: El que no está conmigo está contra mí. El que no reúne conmigo dispersa. 

La semana pasada decíamos que creer en Jesús es creer en sus palabras, en las palabras que ha dicho. Hoy damos un paso más conducidas, por el evangelio que se nos da para hoy: el que cree en Jesús, cree por la acción del Espíritu que confiesa a Jesús en nosotras. El que no reconoce a Jesús, antes niega a Dios presente en él, está dominado por otro espíritu, el espíritu del maligno, del que actúa contra Dios.

Todos vivimos conducidos por un espíritu. Habrá que vigilar atentamente cuál es el espíritu que nos mueve. Y porque nos resulta difícil discernir su signo en lo invisible, no tenemos más que atender, como sucede en todo lo creado, a aquello visible que es signo de lo invisible. En lo visible, las palabras que decimos nos indican cuál es el espíritu que alienta en nosotras.

Imagen: Dollar Gill, Unsplash

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