En esta ocasión escuchamos a una mujer de 72 años cuya vida, en lo profundo, se alimenta de la Eucaristía…
Para mí, la Eucaristía es el encuentro con el Padre. Siento en ella un gran gozo al encontrarme con él a través de la Palabra que nos dirige, a través de la presencia de Jesús que vive siempre unido al Padre.
De la Eucaristía saco la fuerza para vivir la vida de todos los días respondiendo a lo que me pide en las situaciones que vivo. En la Eucaristía también pido perdón, y le doy gracias porque me ha creado, me acompaña y me quiere.
A partir del encuentro que experimento, de la certeza de que está ahí y el gozo que experimento, sale luz para afrontar mis miedos, mis errores, mi pecado. De ella sale también la luz para conocer qué tengo que cambiar, tengo que acoger y tengo que dar gracias. Siempre, creciendo como persona en el encuentro con él. De ahí nace el deseo de vivir para lo que él me ha creado.
Asimismo, la experiencia de encontrarme con el hermano que está cerca de mí es otro de los signos que se dan en la Eucaristía. Otro de esos signos son las peticiones, así como el signo de la paz, la mirada de bendición entre unos y otros en tantos momentos, y el que estemos toda la asamblea, grande o pequeña, reunida para escuchar juntos la Palabra y recibir el cuerpo y la sangre de Jesús. Aunque estemos pocos, el corazón se me ensancha y llega a muchos.
Aunque no sé expresar muy bien tanto como siento, quiero decir que no voy a la Eucaristía por ir, sino por ese gozo profundo de encuentro que me atraviesa, a partir de la escucha en la que acojo lo que el Padre me dice, del que salen las fuerzas para hacer que la vida sea vida, y no muerte.
Imagen: Christina Rumpf, Unsplash
