En la fiesta de María

Me han hecho una petición: ¿Qué es para ti la Virgen María?”… Pero yo no puedo responder sino a QUIÉN ES para mí María, la Madre de Jesús, y, con la conciencia de que al intentar expresarlo me voy a quedar muy corta porque solo puedo hablar desde mi pobre y pequeñísima percepción. Ella es tan magnífica, tan increíble, tan buena…. y sé que conmigo y con todos, con cada uno, es más de lo que nos enteramos.

María ha llegado a mí un poco más conscientemente porque Dios ha querido regalármela como camino de vida, como mediación especial, “carismática”, para ser suya y relacionarme con Él. Me la regala como madre, amiga, hermana, maestra, ejemplo, compañera, hogar, intercesora, presencia, dueña y custodia de mi persona entera.

Creo que el primer recuerdo consciente de ella es de cuando hacía excursiones a la capilla del colegio en el recreo con otras compañeras, a los 8 años. Un día me pareció que me miraba en la imagen sobria de piedra que tenían las monjas en aquella pared. Sus ojos se hacían vivos para mí y desde aquel momento Ella empezó a existir en mi pequeña vida como Alguien real, llena de ternura, hermosa, amorosa, amable y…DEL CIELO… sus brazos se abrían para acogerme y hacer que mi corazón se elevase al Cielo y pidiera por todos y agradeciera el Amor de Dios y pidiese perdón “por mis pecados”…

Tras aquellos pocos meses de la infancia donde la buscaba por todas partes, Ella pasó a su modo habitual: siempre escondida, siempre velada, sin acaparar ningún protagonismo, casi imperceptible, como una presencia por detrás, a tus espaldas, a quien no puedes ver aunque te gires. Y permanecía en mí como una intuición de que la Virgen era importante y yo quería conocerla y quererla, pero a la vez experimentaba mi impotencia para ello. Leía sobre Ella, oraba con Ella, me “traducía” charlas y conferencias espirituales o teológicas al mirarla en su sencillez de María de Nazaret, la aldeanita Inmaculada, oculta a todos y a sí misma, humilde de verdad, de corazón… la que es pura alabanza, Magnificat perpetuo a la gloriosa y enorme Misericordia de Dios, la que vive totalmente en la tierra y llena de Cielo cada segundo. La que no sabe, la que se fía, la que no se complica ni complica, la que obedece, la libre, la valiente y la osada, la que arriesga, la que ama, la hija, la esposa, la madre…¡y qué Madre!. La que puede mirar de frente a los hambrientos y a los humillados a través del Santo… La que sufre lo que nadie después de Jesús ha sufrido porque nadie, después de Jesús, ha amado tanto…

Mirarla a Ella es desenredar todas las cosas, ponerlo todo en su sitio, ordenarse lo que importa, volver a lo ESENCIAL, al “Nombre” que Jesús me ha dado… aprender a vivir en este mundo…

Hubo otros momentos especiales que ha querido darme en mi pequeña historia. Un día, me concedió una Gracia inmensa. Leyendo la historia de Lourdes, en el relato cuenta que, Bernadette Soubirous, cuando la Virgen le preguntó dónde estaba su rosario, porque ese día la niña rezaba con otro, se llenó de una inmensa alegría, y, lo sacó de su bolsillo levantando la mano para enseñárselo pues había “sentido” que era querida por María, la Virgen no era indiferente a sus pequeñas cosas; entonces a mí se me hizo ese tremendo DON: la certeza directa al corazón, o al espíritu, que no es “saber” ni “sentir”, con la que puedo decir: “Ella me quiere”… Y es que “…en esto consiste el Amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que ÉL nos amó primero y siendo nosotros pecadores entregó a su HIJO…” y de la misma manera que no te enteras ni puedes empezar a vivir una relación verdadera con Dios hasta que no te colocan ahí, así sucede con María, la llena de GRACIA, del ESPÍRITU SANTO, la constituida como Madre en la Cruz de Jesús… Y qué distinto y qué enorme es todo con Ella a partir de esa luz.

Años después me pidió: “entrégate a mí” y me consagré a Ella. Primero solo percibía esa llamada en una dirección: darme a Ella, dárselo todo. Después, con el tiempo, enorme como todo lo de Dios en su desproporción, se me iluminó la otra dirección de la consagración: Ella quiere dárseme… lo verbalizo con la oración de San Luis Mª Grignion de Monfort:

“Madre, soy todo tuyo,

todo lo mío es tuyo.

Te recibo como mi todo,

entrégame tu corazón”

La repito especialmente cuando noto mis apropiaciones a las cosas que tengo “en propiedad” (mi piso hipotecado…) o en mis amores (mi hijo, mi familia, mis alumnos…)

Toda mi vida y mi vocación en la Iglesia para el mundo y la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es en Ella. Dentro de mi más absoluta cotidianeidad llena de realismo, límites, pecado, necesidades, relaciones, tareas, defectos, heridas…

Una mañana de Agosto, hace casi 20 años, en Arantzazu, después de haberme entregado a la Virgen, Ella quiso venir a mí con el gesto de una postalita (con mi imagen preferida de María) que me dio un fraile viejecito entrando en el coro excepcionalmente. Allí me hizo “saber” Dios, que va a hacer con todos lo mismo que con Ella, ese es su Plan, hacernos “Santos e Inmaculados por el Amor ante Él”… y eso… no se puede ni imaginar, ni describir, ni agradecer suficientemente. Y a mí, me parece casi “injusto” o imposible al mirarla a Ella…pero Ella se alegra, se alegra mucho y es lo que más desea…¡¡Es tan buena!!

Me siento muy “mala hija” a veces, que no tengo detalles con Ella, ni la recuerdo ni le agradezco como debiera… pero a Ella le encanta estar siempre oculta…”escondida con Cristo en Dios”, y amar, amar, amar…¡¡Feliz la que ha creído que lo que dice el Señor se cumple!!…

¡¡GRACIAS, MAMÁ!!

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