Quinto anuncio: Ser guiados a la Verdad completa

Tendría que deciros muchas más cosas, pero no podríais entenderlas ahora.  Cuando venga el Espíritu de la verdad,  os iluminará para que podáis entender la verdad completa.  Él no hablará por su cuenta,  sino que dirá únicamente lo que ha oído,  y os anunciará las cosas venideras.  Él me glorificará,  porque todo lo que os dé a conocer lo recibirá de mí.  todo lo que tiene el Padre,  es mío también;  por eso os he dicho que todo lo que el Espíritu os dé a conocer lo recibirá de mí. Jn 16, 12- 15

Y hemos dicho que los cinco discursos del Paráclito se enmarcan dentro del discurso de despedida de Jesús.  Este discurso de despedida en el que Jesús nos revela  algunos tesoros de su modo de mirar: nos dice por ejemplo su deseo de seguirnos enseñando, de seguir a nuestro lado comunicándonos su vida. Ese deseo de comunicarnos esa vida suya, va a darse de otro modo en adelante: a través del Espíritu de la verdad,  que Jesús nos dará para comunicarnos todas esas cosas que todavía no nos ha dicho. El Espíritu de la verdad vendrá a decirnos todo lo que Jesús no nos ha dicho porque no podíamos entenderlo,  y vendrá a iluminarnos para que podamos entender la verdad completa.

Comenzábamos esta serie de entradas referidas a los cinco anuncios el Paráclito cayendo en la cuenta de la forma “débil” que la verdad tiene en nuestro tiempo… y  he aquí que llegamos a este quinto y último anuncio del Paráclito y nos encontramos con que la promesa no es solo una verdad más o menos grande,  más o menos estable,  más o menos universal o luminosa.  La promesa es  llegar a conocer la verdad completa.

Sin duda, esto es demasiado para nosotros.  Nosotros,  por  mucho que anhelamos el todo,  lo pleno,  lo definitivo,  lo total,  solo podemos manejarnos en medidas pequeñas  y limitadas,  que son las que se corresponden con nuestra medida.  No obstante,  esto es lo que nos ofrece Jesús.  Y por tanto,  también aquí vamos a dejar caer nuestro modo de mirar para que, en el espacio vacío que se genere por este reconocimiento humilde,  podamos acoger la verdad que viene de Dios.

Por todo lo que llevamos dicho  en las entradas anteriores, podemos avanzar a qué se refiere la verdad completa: la verdad completa es la verdad en lo que se refiere a Jesús.  En Él se contiene toda la verdad del universo, toda la verdad de Dios.  Cuando venga el Espíritu de la verdad,  nos iluminará para que podamos entender,  no  solo todas las cosas que Jesús ha venido a decirnos,  sino para que podamos entenderlas en su pleno sentido y profundidad.  Esta verdad de todo lo que Jesús ha venido a decirnos es la verdad completa.

La verdad completa  no es algo que  pueda contener una generación ni  un pueblo,  ni todos los pobres de la tierra,  ni  todas las religiones,  ni todas las maravillas de la naturaleza,  ni todos los místicos de la tierra,  ni toda la tradición de la Iglesia, ni  las certezas de todos los que han consagrado su vida a servir al Señor, ni todos los hombres y mujeres que han amado a Jesús y le han servido con su vida puedan conocer de modo particular, ni todos los proyectos fecundos de nuestro mundo a lo largo de la historia, constituyen la verdad completa.  La verdad completa,  que es Jesús,  viene manifestada en todas esas realidades  y solo por la comunión que se realiza en Dios y que en todas estas realidades que le sirven,  incluso en aquellas otras que lo manifiestan ambiguamente,  se realiza la verdad completa.  La verdad completa por tanto,  nos llama a comunión,  nos hace tomar conciencia de que en Dios somos pueblo y de que esa riqueza suya,  que atraviesa todo el tiempo y lo desborda en eternidad,  esa riqueza manifestada de tantos y tantos modos a   largo de los lugares y de los siglos,  que procede de Jesús y remite a él es la verdad completa.

La verdad completa no es, por tanto, algo de lo que un grupo –aunque seamos los cristianos-, una comunidad –aunque estuviera hecha de santos- y por supuesto, ninguno de nosotros –porque este modo de mirar nos enseña a mirar en común y no separadamente- pueda contener en sí. Si creemos lo que hemos dicho en el párrafo anterior, no cabe decir en ningún caso “tengo/tenemos la verdad”, y tampoco “tú la tienes/tú no la tienes” sino que, por el contrario, manifiestas que aspiras a vivir esta Verdad en la medida en que te dejas conducir por el Espíritu de Dios, que es la Verdad y nos conduce, como pueblo, a la Verdad.

Otro aspecto en el que detenernos en relación a la verdad es que no se nos dice que la verdad se tenga, sino que la verdad se conoce, que es el verbo bíblico para hablar de experiencia. No nos referimos a una verdad que captas –por muy plenamente que fuera- con el entendimiento, con la voluntad o con lo que sea, sino que es una verdad que vives, esto es, una verdad que eres o más bien, ese estadio en que la Verdad que Es, es en ti.

El Espíritu de Dios nos iluminará para que podamos entender esta inmensidad que nos desborda. El Espíritu nos iluminará para que podamos entender la verdad completa.

El último anuncio del Paráclito termina haciéndonos volver la mirada,  una vez más a la comunión trinitaria de la que todo procede: el Espíritu de Dios enviado por Jesús y que procede del Padre,  no hablará por su cuenta,  del mismo modo que Jesús tampoco ha tenido otra voluntad que hacer la voluntad del Padre.  El Espíritu dirá lo que ha oído en la intimidad de Dios y nos comunicará las cosas venideras que sólo quien habita en lo eterno puede conocer.  Del mismo modo que Jesús ha glorificado al Padre por su  obediencia, así el Espíritu Santo glorificará a Jesús porque no quiere ser otra cosa que lo que recibe de Dios. Esta receptividad suma  por la que Jesús solo quiere recibirse del Padre,  ser una sola cosa con Él y compartir  todo lo suyo  es la misma receptividad por la que el Espíritu recibe todo lo que Jesús es, todo lo que ha recibido del Padre y nos lo comunica.

Nuestra vida de creyentes consiste en recibirlo  según el modo de esta receptividad trinitaria,  y entregarlo todo al modo de esta efusividad trinitaria, desbordantemente amorosa.  Los creyentes hemos sido  recreados por el Espíritu para manifestar la imagen del Hijo y la comunión amorosa de Dios en medio del mundo,  según el plan que Dios ha querido para salvarnos, y que se ha  revelado en Cristo.

Son palabras muy grandes…   tanto, que  solo el Espíritu de Dios puede realizar en nosotras.  Suplicamos ardientemente acoger este don inmenso de Dios que es la vida divina que Él ha querido realizar en nosotros por el amor del Padre,  la entrega del Hijo,  la difusión del Espíritu.

¿Qué promesas tan grandes son estas? ¿Qué vida inmensa se nos promete -y no a ti ni a mí ni a un puñado de privilegiados, sino como oferta hecha a todos, empezando por los pobres-, según esta vida a la que el Espíritu de Dios mismo nos va a conducir?
Igual ahora no te sale hacer comentarios, sino adorar y maravillarte… pero antes, ¿los has hecho? Seguro que nos ayudan a “ver” esta Vida que no se ve.

 

La imagen es de Hawjin Hami, Unsplash

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