En estas entradas leeremos el capítulo 24 del evangelio de Lucas. De las muchas cosas que podemos aprender en cada uno de los textos, hay una que es esencial: escuchar esta palabra como Buena Noticia que es, de manera que ilumine y configure nuestra vida al modo de Dios.
En esta entrada y en las que siguen, leeremos la Palabra así, como Buena Noticia.
Comenzamos felicitándonos calurosa, adorante y gozosamente la Pascua, en la que Jesús ha vencido.
El primer día de la semana, de madrugada, fueron al sepulcro llevando los perfumes preparados. Encontraron corrida la piedra del sepulcro, entraron, pero no encontraron el cadáver del Señor Jesús. Estaban desconcertadas por el hecho, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos brillantes. Y, como quedaron espantadas, mirando al suelo, ellos les dijeron:
—¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad lo que os dijo estando todavía en Galilea: Este Hombre tiene que ser entregado a los pecadores y será crucificado; y al tercer día resucitará. Ellas entonces recordaron sus palabras, se volvieron del sepulcro y contaron todo a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María de Santiago.
Ellas y las demás se lo contaron a los apóstoles. Pero ellos tomaron el relato por un delirio y no las creyeron. Pedro, en cambio, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Se asomó y sólo vio las sábanas; así que volvió a casa extrañado por lo ocurrido. Lc 24, 1-12
En este texto en el que la fe se hace absolutamente imprescindible para creer a Jesús, caemos en la cuenta de la necesidad plena de la fe para acoger lo que el Señor Jesús nos dice. Las discípulas creían en Jesús, pero no lo suficiente para haber acogido sus palabras tal como las pronunció cuando estaba entre nosotros, y esto nos hace caer en la cuenta de que lo que la fe significa no es un “dar crédito” a lo que la persona me cuenta sin dejar lo mío, sino una certeza y un asentimiento (que solo cabe darle a Dios) tan totales que todo lo demás pasa a segundo plano.
Porque esto no sucede, cuando estos hombres con vestidos brillantes (que ya indican una presencia de otro mundo), se dirigen a ellas y les dicen No está aquí, ha resucitado, les recuerdan unas afirmaciones que Jesús había hecho estando en Galilea, que ellas no habían atendido porque no tenían “dónde” acogerlas en su esquema mental ni afectiva ni experiencial, por lo cual, no las habían registrado. La fe en Dios nos permite acoger la vida como lo que es. Ellas, en cambio, están internamente en el lugar de la muerte, y solo viven muerte (van a embalsamar, se desconciertan ante el sepulcro vacío, quedan espantadas a estos hombres con vestidos brillantes), y solo cuando ellos les recuerdan las palabras de vida del Maestro y el Señor, ellas se revelan enganchadas en la muerte.
Cuando estos ángeles les dicen esto, van a los apóstoles a recordarles, quizá esperanzadas, quizá sin saberlo interpretar, quizá con deseo de compartir o de anunciar que el Señor Jesús ha resucitado, ellos, los discípulos reaccionan como antes lo han hecho ellas: lo tomaron por un delirio y no las creyeron.
Esto nos da luz sobre todas estas situaciones en las que nosotros, tomando también tomando por delirio las palabras de resurrección, tomamos por “palabras de Dios” aquella ocasión en que me dijeron que “no vales para nada” o “a ti no te va a querer nadie”, y estas son las palabras que nos mueven y nos condicionan.
Así, como vemos, la que nos abre camino es la fe: de lo que se trata es de creer en Jesús, que nos va a presentar a testigos muy acreditados que nos dicen que Jesús ha resucitado y preparan el camino para reconocerlo cuando se abra camino en nuestra vida.
Que el Espíritu haga que esta Pascua te permita creer en Jesús que ha vencido sobre todo mal y toda muerte, y vivas para anunciarlo.
Imagen: Phil Desforges, Unsplash
