Una vida totalmente otra, totalmente nueva (VI)

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (1,1-11)

Sal 46,2-3.6-7.8-9
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,17-23)

Conclusión del santo evangelio según san Marcos (16,15-20)
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

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Las lecturas de este domingo de la Ascensión nos iluminan sobre este misterioso hecho que nos introduce en los planes de Dios, en su designio sobre Jesús y sobre nuestra vida, que solo nos puede ser revelado si, como dice la carta a los Efesios, Dios nos lo concede. Vamos a intentar acercarnos a este misterio a partir de los textos.

En primer lugar se nos dice que Jesús se aparece a los discípulos después de su resurrección y les encarga que proclamen el Evangelio. Esta proclamación del evangelio irá acompañada de algunos signos (algunos frutos, diríamos en el lenguaje del evangelio de Juan que vimos el quinto domingo de pascua). La respuesta adecuada a la proclamación del evangelio es la fe, no una fe privada e intimista, sino una fe que se somete al Señor y se traduce en un cambio público de vida: el que crea y se bautice se salvará. La salvación viene del creer, de un creer que se vincula a la muerte y la resurrección del Hijo (esto es el bautismo, la vinculación al misterio salvador de Dios que estamos celebrando todo este tiempo de Pascua).

Y a los que crean, les acompañarán signos de los que no se puede dudar que vienen de Dios: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos. Si es un hecho portentoso el que alguien que vivía conducid@ por su ego se vincule a Jesús y viva en adelante en comunión con él, ese signo irá además acompañado por otras señales que indican que la persona vive unida a Dios. Estos signos –para nosotros, más portentosos que la fe… tendremos que revisar nuestra mirada- manifiestan a Dios porque de hecho son los signos que Jesús ha realizado en medio de nosotros: echar demonios en nombre de Jesús, hablar lenguas nuevas, sanar y todos los que ves en el comienzo de este párrafo son acciones que Jesús ha realizado y que realizarán los que viven unid@s a él.

Igual te sale esa desconfianza cínica que dice algo así como “¿Cuándo ha sido eso? Yo no lo he visto”. Pero eso solo quiere decir que tú no lo has visto. Quizá porque tu fe no alcanza a verlo, quizá porque no miras con fe. El principio número uno para acercarse al evangelio, a toda la biblia, es no desconfiar de las palabras de Jesús. Incluso el modo de interpretarlas, necesario, viene después. Así que a estas palabras de Jesús hay que acercarse, primero, con fe. Luego, veremos.

Después de decirles estas palabras, Jesús sube al cielo y sigue con nosotros desde el lugar a la derecha de Dios que le corresponde. Ellos, por su parte, hacen lo que el Señor les ha dicho, y el Señor coopera, dice, confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Esto es lo que nos dice el evangelio, no solo de la ascensión de Jesús que hoy celebramos, sino de lo que los hechos que la precedieron, según Marcos.

Lucas, en su evangelio, nos lo cuenta de otro modo que en esencia es el mismo: después de la pasión se presenta durante cuarenta días a los discípulos dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, les habla del Reino de Dios y les dice que permanezcan en Jerusalén hasta el momento en que venga el Espíritu. En ese momento, seréis bautizados con Espíritu Santo. Y añade qué sucederá entonces: Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.

Jesús les enseña acerca del Reino, y les prepara para esperar el don del Espíritu que hará de ellos testigos, como habíamos visto el tercer domingo de pascua que estaban llamados a ser. Una vez que les enseña todas estas cosas, asciende al cielo, de donde descendió para encarnarse entre nosotros. Ahora, dice un ángel a los que contemplan la ascensión de Jesús, no es hora de mirar al cielo, como no sea para esperar su vuelta definitiva un día. Él volverá. Y entretanto, el Espíritu Santo prometido descenderá sobre ellos para hacerlos lo que hay que ser después de haber conocido a Jesús y haber sido enseñados por él: testigos.

El texto de Efesios también nos habla de la Ascensión de Jesús desde otra clave: nos desea, en primer lugar, que recibamos de Dios espíritu de sabiduría y revelación sin el cual no podremos conocer nada de esta realidad, ni de las otras que se refieren a Dios. Pero si él nos ilumina, comprenderemos, al mirar a Jesús que asciende, la plenitud de la vida prometida: cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, … por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

La Ascensión de Jesús es el modo como el Padre entroniza y eleva al Hijo obediente, al Hijo entregado, a su querido Hijo, y lo pone por encima de todo, no solo para este tiempo, sino para siempre.

Palabras enormes, es cierto, que señalan realidades más enormes. Esas que nos quedamos contemplando, esas que nuestro corazón no puede alcanzar, esas que solo se pueden vivir esperando la promesa del Espíritu que nos transformará al modo de Jesús.

Mientras suplicamos su venida sobre la Iglesia, sobre toda la tierra, permanecemos adorando a Jesús, que asciende al lugar que le corresponde y no deja de permanecer a nuestro lado, para siempre.

Imagen: Vladimir Chuchadeev, Unsplash

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